El miércoles pasado, apenas cuatro meses después de haber asumido como Ministro de Relaciones Exterior, Ernesto Talvi presentó su renuncia. A nadie se le escapa que no es un hecho de poca importancia.
El que acaba de salir del gabinete fue el candidato a la presidencia por el Partido Colorado, el mayor de los “socios menores” del Partido Nacional. Por eso mismo, era considerado sin discusión como el principal socio del presidente Luis Lacalle Pou en la coalición de gobierno. Corresponde analizar causas y consecuencias, de modo de responder, aunque sea tentativamente dada la fluidez del escenario político, la pregunta del título.
Empecemos por tratar de entender las causas. Hay dos grandes enfoques posibles. El primero centra la explicación de la ruptura entre Talvi y Lacalle Pou en el “temperamento de los personajes” (José Mujica dixit). No hay que ser un experto en psicología ni estar demasiado informado para comprender que por ahí pasa una parte no desdeñable de la explicación.
En los manuales de ciencia política solemos asumir que políticos y electores son racionales. Desde ese prisma analítico, muy popular entre muchos de mis colegas por muy buenas razones, la acción política se explica a partir de los incentivos de las instituciones. Volveré sobre este punto un poco más adelante.
Pero, en los hechos, en los comportamientos políticos siempre hay un componente emocional poderoso. No hay compromiso político genuino sin pasión. No hay política, política verdadera, sin afectos y broncas, sin amores y sin odios. La política no es solamente cerebro. Es, en buena medida, corazón, estómago, piel.
Para entender la grieta que acaba de hacerse pública entre Talvi y Lacalle Pou hay que tomar nota de este elemento de orden psicológico. No sé si alguna vez hubo un entendimiento profundo entre ambos. Sospecho que no. Fue, como ocurre frecuentemente en la política, un matrimonio por conveniencia (no muy distinto al de Tabaré Vázquez y Danilo Astori, quince años atrás).
No puede asombrar que haya habido poco feeling entre el presidente y su ex ministro. Diría que no es sencillo para los políticos de raza, como Lacalle Pou, entenderse con académicos de pura cepa, como Ernesto Talvi. No es imposible, desde luego. Lacalle Pou ha construido durante la última década relaciones profundas de confianza con Azucena Arbeleche y Pablo da Silveira, que integran su círculo más cercano pese a no ser políticos profesionales. Pero, volviendo al punto, no podía ser sencillo para un profesional como Talvi, acostumbrado a construir sus propias verdades a partir de herramientas científicas, habituado a hacer y deshacer en Ceres con altísimos grados de autonomía, adaptarse a las reglas de la política uruguaya.
La política, siempre, pero muy especialmente en este país, implica escuchar, negociar, renunciar. Lacalle Pou lo sabe desde la cuna y lo asume con naturalidad. Ernesto Talvi, en cambio, lo vive con fastidio y rema contra la corriente.
Twitter Ernesto Talvi
Hay otro enfoque posible de esta ruptura. Ya no pone el foco en las personas sino en las estructuras políticas. Para entender la salida de Talvi es, al menos, tan importante como el anterior. La política tiene una parte de piel, de emoción, pero otra parte de cerebro, de cálculo.
Me referí hace un par de semanas a este asunto cuando examiné los dilemas estratégicos de los “socios menores” en las coaliciones. Todos los socios de la coalición precisan que el gobierno sea exitoso para que la ciudadanía vuelva a confiar en este bloque dentro de cuatro años.
Pero los “socios menores” tienen que lograr persuadir a la opinión pública de cambiar el liderazgo. Tanto Talvi como Manini Ríos consideran, y tienen todo el derecho del mundo de pensar así, que ellos pueden dirigir mejor que un presidente del Partido Nacional los destinos multicolores.
El desafío, en términos estratégicos, está lejos de ser simple: cooperar para asegurar el éxito del proyecto común, pero, al mismo tiempo, tomar distancia para hacer posible, llegado el momento, el anhelado enroque. Desde este punto de vista, tampoco es difícil explicar la salida de Talvi. Quiere dejar de esta a la sombra del presidente. Quiere tener las manos libres para apoyar y criticar, mirando el 2024.
No es sencillo explicar lo que pasó. Tampoco es tan simple evaluar las consecuencias. Para mi gusto, tentativamente, diré que hay daños importantes.
La salida de Talvi no implica la ruptura de la coalición multicolor. Pero constituye, sin dudas, su primera crisis significativa. La salida del canciller tiene costos altos. Generó daño en la imagen del gobierno. Erosionó también la imagen internacional del Uruguay, justo en el momento en el que, gracias a los aciertos en la gestión de la pandemia, el prestigio del país venía creciendo.
Sospecho que afectará la popularidad de ambos, del presidente y del ministro saliente. Talvi, en particular, tiene por delante un desafío muy complicado.
Si sube el tono de sus críticas al gobierno corre el riesgo de perder apoyo dentro de su propio partido, y de hipotecar sus chances de volver a ser candidato a la presidencia. Las encuestas dirán su verdad. Pero no creo que haya muchos votantes de la coalición multicolor conformes con lo ocurrido.
Adolfo Garcé es doctor
en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad
de Ciencias Sociales,
Universidad de la República
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