11 de julio de 2014 20:54 hs

Cuando al menos los grandes conflictos de Medio Oriente parecían tender a estabilizarse y que Barack Obama podría salvar su legado de contención –habiendo puesto fin a las guerras que heredó de George W. Bush–, nuevos conflictos y la guerra sectaria en esa región han dado al traste con las políticas de Obama y puesto al desnudo sus grandes contradicciones.

Las políticas de Washington hacia Medio Oriente desde la época de la guerra fría (y en general, las de Occidente hacia esa región desde la primera guerra mundial) siempre se habían basado en un polémico sistema de alianzas para mantener el equilibrio en una región convulsionada, garantizar la seguridad de Israel y asegurar que el petróleo siguiera fluyendo con normalidad hacia los países occidentales.

Esa estabilidad se basaba en apoyar a una serie de dictadores seculares y monarcas de la región: Hosni Mubarak en Egipto, Hafez el Asad en Siria, Saddam Hussein en Irak, el reino de Jordania y los reinos sunitas del golfo Pérsico, con Arabia Saudita a la cabeza.

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Pero por debajo de ese suelo aparentemente en equilibrio, subyacían con potencial sísmico los viejos enconos sectarios entre sunitas y chiitas, el extremismo islámico y el odio hacia Israel.

El delgado equilibrio se empezó a resquebrajar después de los atentados del 11 de setiembre de 2001. Las guerras de Bush vinieron a trastocar todo el mapa de fuerzas en la región, potenciaron la popularidad del extremismo islámico, se expandió el terrorismo; y la debilidad de los dictadores en vez de dar lugar a nuevas democracias se convirtió en un caos emergente de guerras sectarias, radicalismo religioso y yihadismo en varios países.

La situación que le dejaron era compleja, pero las políticas de Obama no ayudaron a recobrar la estabilidad de Medio Oriente. Primero no supo leer bien las consecuencias de la llamada primavera árabe. Apoyó la revuelta en Egipto y la caída de Mubarak, creyendo que así se instalaría en El Cairo un gobierno democrático de base popular. Pero en las urnas se terminó imponiendo el régimen islámico de la Hermandad Musulmana, al que Obama apoyó pero nunca decididamente. Y cuando este cayó, a manos de un golpe de Estado respaldado por los sectores seculares que inicialmente habían promovido la revuelta contra Mubarak, la condena del presidente estadounidense nunca fue lo bastante explícita. Hasta que ahora finalmente parece haber pactado otra vez con el gobierno dictatorial de Abdel Fattah al Sisi, para el que ha dispuesto hasta ayuda militar. Podría decirse, entonces, que las políticas de Obama hacia Egipto han dado un giro completo de 360 grados, para volver al mismo lugar de relaciones con una dictadura.

En Siria le pasó algo similar, con consecuencias más catastróficas. Apoyó decididamente a los rebeldes sirios contra el régimen de Bachar al Asad. Luego quedó descolocado al constatar con quiénes realmente se había metido, cuando se hizo evidente que entre las fuerzas rebeldes había una cantidad de grupos extremistas y terroristas, algunos de los cuales respondían a la propia Al Qaeda. Fue entonces que Obama se limitó a trazarle a Al Asad una “línea roja”, que este no debía cruzar, en el uso de armas químicas.

El problema se le presentó cuando el sirio efectivamente traspuso esa línea. Obama declaró inminente una intervención militar, de la que a último momento terminó dando marcha atrás con la mediación de Rusia. Esto trajo consigo la paradoja de dejar a Vladimir Putin ante el mundo como un gran pacificador, algo de lo que el líder ruso se llegó a vanagloriar por esas fechas incluso en un artículo publicado en el New York Times que dirigió al pueblo estadounidense.

De ahí surge todo el problema de la guerra sectaria que se desbordó luego a Irak, capítulo aparte que escribe volúmenes sobre la manera en que Obama zanjó la retirada de las tropas de ese país. Pero en el ínterin, promovió unas negociaciones de paz entre israelíes y palestinos que la Casa Blanca anunció –de forma bastante ingenua– como un gran paso hacia el establecimiento de dos Estados en la tierra que padece el conflicto más largo del mundo. Los hechos recientes han demostrado palmariamente el casi nulo predicamento de Washington en ambas partes, con la violencia desatada en uno de los momentos de mayor recrudecimiento en la historia del conflicto.

Y por último lo de Irak, aunque, como se verá, todo está relacionado. Allí, Obama dejó instalado el gobierno sectario del chiita Nuri al Maliki, proclamado primer ministro tras unas elecciones de las que se marginó a la población sunita del país. Ello profundizó las divisiones y exacerbó los odios sectarios, hasta la reciente irrupción en territorio iraquí del Estado Islámico de Irak y el Levante (luego renombrado solo Estado Islámico), un grupo radical sunita que nació en Irak durante la ocupación de Estados Unidos pero que creció en Siria combatiendo al régimen de Al Asad.

Ahora Obama, tras constatar el error de dejar a Al Maliki en Bagdad, pretende radiarlo de una solución al problema del avance del Estado Islámico en Irak. O, por lo menos, restarle importancia a su liderazgo sectario a fin de no seguir crispando los ánimos sunitas en ese país. Pero en la práctica le resulta imposible combatir a los yihadistas sin apoyar al gobierno instalado en Bagdad, al que ya ha enviado a sus asesores militares. Al mismo tiempo y por la misma razón, Obama ha debido pactar con el gobierno de Irán. Pero este es un firme aliado del régimen de Damasco, contra el que Obama acaba de aprobar ayuda para surtir de armamento a los rebeldes sunitas que operan en Siria.

Si a usted le cuesta trabajo seguir todo este razonamiento es porque no se trata de otra cosa que un gran galimatías de Washington. Ninguna política hacia Medio Oriente puede prosperar en medio de todas esas contradicciones. Que la situación es volátil y compleja, desde ya. Que la guerra sectaria y el extremismo islámico se han ganado el espinazo de Medio Oriente, no cabe duda. Que buena parte de ello fue heredado por Obama sin comerla ni beberla, tampoco se puede negar. Pero que sus políticas, lejos de garantizar la estabilidad en la región, han contribuido a la escalada de los conflictos parece ya bastante claro.

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