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¿Por qué nos sigue fascinando Lady Di?

Un repaso a la figura y al impacto de la "reina de corazones" británica ante su aparición en The Crown

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14 de noviembre de 2020 a las 05:02

“Déjenme sola”, dijo la princesa. “Déjenme sola”, rogó, antes que le pusieran la mascarilla de oxígeno. “Déjenme sola”, pedía Diana Spencer mientras las cámaras de los paparazzis seguían sacando fotos, click click click click click, como habían hecho cada vez que podían desde que se convirtió en una figura pública.

“Déjenme sola”, fue lo último que dijo la Princesa de Gales mientras la sacaban del auto en el que viajaba, que había quedado destrozado en el túnel de l’Alma, en París, y fueron sus últimas palabras en vida, después de un accidente automovilístico que no le dejó heridas visibles pero que por dentro ya le había destrozado el cuerpo: tenía, por ejemplo, el corazón en el lado derecho del pecho.

Los paparazzis fueron, según los informes posteriores, parte culpable en la muerte – trágica y repentina – de Diana de Gales. Los fotógrafos, a quienes la exprincesa daba pistas de su locación o sus actividades para que la fuera a retratar, o ante quienes se tomaba la molestia de repetir alguna acción para que tuvieran la imagen necesaria, perseguían el auto en el que Diana y su pareja Dodi Al-Fayed viajaban.

La incesante cacería provocó que el chofer, Henri Paul, manejara de forma descuidada. A eso se le suma que llevaba en su sangre el triple del límite de alcohol que permitía la ley francesa, y que iba al doble de la velocidad máxima del túnel, y que nadie llevaba puesto el cinturón de seguridad. Nadie, salvo el guardaespaldas de Al-Fayed, el único sobreviviente del accidente.

Que la mandaron matar los servicios de inteligencia británicos. O la Reina. Que había un Fiat Uno blanco que los hizo chocar, y que nunca se encontró, cuyo chofer era un agente secreto. O un simple taxista vietnamita que terminó involucrado por accidente. Las teorías conspirativas afloraron casi enseguida, como en toda muerte trágica de una figura joven, poderosa y admirada (el caso más célebre es el de John Kennedy), pero de lo que no hay dudas es que esa inesperada muerte la pasó de ícono a mito. Grabó para siempre a Lady Di en la memoria colectiva, no solo británica, sino también mundial.

Veintitrés años después de la muerte de Diana Spencer, su historia llega a la serie The Crown, la superproducción de Netflix que cuenta la vida de la actual monarca británica, Isabel II. Aunque ya hay algunos antecedentes audiovisuales sobre Diana, como la película que lleva ese nombre protagonizada por Naomi Watts, o The Queen, que tenía a la muerte de Lady Di como uno de sus ejes, aunque su aparición estaba limitada a material de archivo, la cuarta temporada de la serie de Netflix, que se estrena este domingo 15, propone un recorrido con más profundidad por su historia, su figura y su vínculo con la familia real británica.

Interpretada en esta cuarta temporada por la joven actriz inglesa Emma Corrin, que pasará la posta a Elizabeth Debicki para la quinta entrega, la serie ha machacado con la aparición de la princesa en sus avances y adelantos, eclipsando incluso a Margaret Thatcher, la otra gran figura histórica en sumarse a la serie, y hasta a la propia Reina, en un paralelismo con la realidad.

La campaña de promoción de la serie enfatizó el elemento de “cuento de hadas” de la primera parte de su historia con los Windsor, en el período inmediato a su matrimonio con el príncipe Carlos, el hijo mayor de la reina, en una ceremonia televisada que atrajo a 750 millones de espectadores, una cifra que palidece ante los 2.500 millones que sintonizaron su funeral, el de Elton John y su Candle in the wind.

Reina de corazones

La monarquía británica encabezada por Isabel II había sido una de las instituciones encargadas de apuntalar la reconstrucción del Reino Unido luego de la segunda guerra mundial, pero para la década de 1980, era una institución que ya lucía telarañas. La aparición de Diana fue un shock de juventud y renovación que encendió nuevamente el vínculo del público con la familia real.

Lady Di modernizó y acercó la corona a los súbditos, de una forma que sin dudas influyó a sus hijos, William y Harry, y la construcción de la imagen pública que edificaron como adultos, hasta que el menor de los dos y su esposa Meghan Markle renunciaron a la vida monárquica, debacle pública incluida.

Diana consolidó a lo largo de sus quince años como parte de la familia Windsor una imagen de cercanía que se notaba hasta en gestos que a primera vista no son tan perceptibles, como el hecho de no usar guantes, al contrario que su suegra, para tener contacto directo con la gente al momento de sus apariciones públicas.

En 1995, dijo en una entrevista que su intención era la de convertirse en “la reina de los corazones de la gente, estar en el corazón de la gente”. Y a su muerte, el por entonces Primer ministro Tony Blair la bautizó “reina de corazones”. Una de sus principales herramientas para cumplir ese objetivo era el de embanderarse con múltiples causas benéficas y sociales.

En tiempos en los que el VIH era la gran amenaza sanitaria, y no había tanta información sobre el virus como hoy, se mostraba abrazada a pacientes. Protección de animales, campaña de desarme de minas terrestres, lucha contra el cáncer, niños con lepra: las causas en las que se involucró fueron muchas y variadas, pero no faltan las voces que señalan que era una forma de manipular la imagen pública, y hasta de jugar con la desgracia ajena para mejorar la visión que los súbditos tenían sobre ella.

La princesa no hablaba de la misma forma que sus parientes políticos. Aunque venía de una familia aristocrática, no usaba la misma pronunciación que las clases altas británicas, la llamada recieved pronunciation, sino que recurría a una dicción más llana y popular. Con ese acento se plantó ante las cámaras de la BBC para revelar que su esposo le era infiel con su posterior esposa y viejo amor, Camilla Parker-Bowles, y que ella también había tenido su affaire, otra instancia que también se señaló como un manejo de su parte para aparecer como víctima en el inminente divorcio.

De nuevo, Tony Blair: “Era manipuladora, como yo”. El libro Diana: in search of herself, de Sally Bedell Smith, la pintaba como temperamental, agresiva, egocéntrica e impredecible en sus actitudes. Otro texto, Deber Real, escrito por Paul Burrell, mayordomo de Diana, la establece como una mujer que buscaba el poder, sabiendo que podía adquirirlo a través del cariño popular, y allí donde no pudiera acceder por su cuenta, a través de otros.

Burrell señala, por ejemplo, que luego de su divorcio intentó mudarse a Estados Unidos, país donde vivía el financista Teddy Forstmann, con quien tenía una relación. Diana le veía a su pareja neoyorquina potencial para llegar a la Casa Blanca, y se imaginaba como “la nueva Jackie O”, en referencia a la primera dama de Kennedy. También se soñaba como la regente de su hijo William, a quien pensaba como heredero de su abuela.

Había una vez

Con solo 20 años, Diana Spencer fue lanzada de lleno al mundo de la realeza. Se prendieron todos los reflectores sobre ella y de repente era la mujer más fotografiada de la Tierra. Era la protagonista de un cuento de hadas, la historia de un romance entre una princesa que andaba en rollers por el palacio y un príncipe que no era muy azul, pero si era un heredero a uno de los tronos más poderosos de las monarquías que han llegado a nuestros días. Los Windsor, incluso, la recibieron de brazos abiertos.

Pero de a poco, el color rosa se fue diluyendo de la imagen, en buena parte por los crecientes choques entre Diana y sus nuevos parientes, a quienes apodaba “los alemanes”, en referencia al origen territorial del clan. Por un lado, una suegra a quien buscaba encantar y a la que buscó como consejera cuando las cosas con Carlos dejaron de funcionar, y se encontró con un muro de hielo. “No sé qué tendrías que hacer. Carlos no tiene arreglo”, le respondió la monarca.

Por otro lado, un esposo cada vez más frustrado con su popularidad. La periodista Tina Brown, autora del libro Las crónicas de Diana, señala que con el paso del tiempo, Carlos comenzó a sentirse eclipsado, sobre todo en las apariciones públicas de la pareja. “Se sintió ignorado, herido, dejado de lado. No tenía la confianza en si mismo o la seguridad natural de su masculinidad para entender que Diana, para siempre, iba a taparlo”, dijo a la cadena estadounidense ABC en 2007.

Parte de ese eclipse venía también determinado por el hecho de que Lady Di era, cada vez más, un ícono de moda, algo de lo que podría escribirse un texto aparte. Su pelo rubio corto, sus joyas, los vestidos y trajes que usaba eran mirados e imitados. Los diseñadores como Versace le mandaban toneladas de estilismos que usaba con orgullo, y que contrastaban con la rigidez del vestidor Windsor.

Pero atrás de ese exterior encantador y fresco, había también una retahíla de enfermedades e inseguridades que fueron afectando a la princesa. Desde bulimia y ansiedad ya desde el inicio de su relación con Carlos, hasta padecer depresión post-parto luego de tener a William, los retratos de la princesa de Gales hechos luego de su muerte también la presentan como alguien que sufría y cargaba con dolores propios intensos en su vida privada.

Ese sufrimiento es parte también del encanto de su historia y su figura. Una cuestión de sobreposición a un entorno que la rechazaba y un padecimiento provocado por un mundo que no estaba preparado para lo que representaba. Esa figura a la que los fotógrafos siguieron incluso, y de forma literal, hasta las puertas de la muerte, pero que una vez que los flashes se apagaban convivía con su propia oscuridad.

Una figura que se terminó convirtiendo en un mito, canonizada ante su muerte, y prácticamente martirizada, cuando su hermano dijo en su funeral que Diana, nombrada por la diosa romana de la caza, había pasado de cazadora a cazada.

Y ahora que ya pasó un “tiempo prudencial”, ese mito pasa a la ficción, un paso más en la consolidación de esa figura idealizada que sigue encantando, y que adaptó a la modernidad las historias de princesas.

Una rareza uruguaya
El artista y cineasta uruguayo Martín Sastre estrenó en 2005 un cortometraje llamado Diana: The rose conspiracy, en el que la muerte de la princesa se revelaba como un encubrimiento, y que Lady Di estaba escondida con una identidad falsa en el barrio 40 semanas, en Montevideo. Estrenada en la Bienal de Venecia, está protagonizada por una profesora de inglés brasileña en el rol de Diana, y por la periodista y actriz Victoria Rodríguez.

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