14 de diciembre 2013 - 21:54hs

De estar todo el día en la calle rompiendo los huevos, de un día para el otro tenés un trabajo y eso te salva”, dice Maicol. Hípica Rioplatense Uruguay (HRU), la empresa que administra el Hipódromo de Maroñas, lo contrató hace un año, en el marco de un convenio con el Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente (Sirpa). Maicol había sido procesado por narcotráfico, pero hoy esa historia quedó atrás. “Yo quiero seguir trabajando acá hasta que me muera”, asegura.

Maicol sonríe todo el tiempo. Tiene 16 años y no disimula su alegría. “Ahora llegan las fiestas y uno sabe que tiene su plata”, dice, mientras piensa qué regalarle a sus padres con el dinero que ha ganado en buena ley.

El año pasado, a la salida del liceo, recuerda Maicol, se encontró con un hermano que era adicto a la pasta base y vivía en la calle. Él tenía entonces 15 años y su hermano 18. Cuando la Policía los detuvo para requisarlos y encontró las lágrimas de pasta base, Maicol dijo que la droga era suya, para evitar que su hermano fuera a prisión.

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Un juez de Adolescentes le ordenó prisión domiciliaria al menor. Su hermano, en cambio, quedó libre. Cuando cumplió la pena, el Sirpa le ofreció hacer un curso de auxiliar de caballeriza. Lo hizo y luego HRU lo contrató. “Cuando aprobé el curso, mi madre quedó contenta. Con 15 años, ya estaba trabajando acá. Era algo que nadie se lo iba a esperar”, relata.

En el curso conoció a Brian, su ladero dentro del hipódromo. La historia de Brian es bastante diferente a la de Maicol, aunque tiene algunos puntos en común. Los dos abandonaron el liceo cuando cursaban primer año, descarrilaron, pasaron por juzgados, pero hoy están bien, trabajando, contentos y con dinero como para darse los gustos.

En 2011, cuando tenía 15 años, Brian rapiñó un comercio, la Policía lo descubrió y estuvo un año internado en hogares del Sirpa. “Pensás mucho, pensás en tu familia, por qué hiciste las cosas”, recuerda sentado en un banco del hipódromo de Maroñas. “Cuando estaba privado de libertad, conté que me gustaban los caballos, me dijeron que había un curso para hacer, y les dije que me anotaran”, cuenta. El año pasado aprobó el curso de auxiliar de caballeriza y la empresa HRU lo contrató. Con el dinero que pudo ahorrar, compró a Luna, una potranca rosilla que cría en el fondo de su casa, en camino Maldonado.

“Yo cruzaba todos los días por la esquina y estaba siempre atada, y un día le pregunté al dueño si la vendía, me dijo que sí, junté la plata y me la compré”. La potranca se llama Luna. “Me subo alguna vez en pelo, pero se para de manos y tira patadas”, cuenta.

Los dos adolescentes destacan que el ambiente laboral en el hipódromo es muy bueno, que sus compañeros les enseñan a trabajar y que el apoyo que reciben de sus familias es fundamental para salir adelante. Brian comenta que algunos de sus amigos “no tienen dónde vivir, no tienen familia y no les dan trabajo. ¿Qué opción les queda? No tienen otra opción (que robar). Pero ese no es mi caso”, advierte.

Brian y Maicol trabajan todos los fines de semana. En el curso les enseñaron a limpiar las caballerizas y bañar a los caballos, pero ahora su tarea es ayudar a desensillar tras las carreras y guardar los números de los competidores. Los dos esperan poder trabajar también entre semana. Y sueñan, claro está, con ser jockeys. “Nosotros jodemos, nos pesamos en la balanza, nos probamos las cosas”, confiesa Maicol.

Aunque el trabajo tiene algunas amarguras. “Ser jockey te trae tus riesgos. He vivido abundantes cosas desde que estoy acá. Hay gente que se ha roto, los caballos se quiebran. Si los caballos se quiebran los matan de one (de una). Yo he estado en las gateras y lo he visto”, cuenta Maicol. El mes pasado, el jockey que ha ganado más carreras en este año, Julio Méndez, se cayó del caballo y se fracturó cuatro costillas, informó Burreros.com

Ese es el riesgo. Brian y Maicol están dispuestos a correrlo. Como otros 130 adolescentes que cometieron infracciones y trabajan en el marco de los convenios laborales que ha firmado el Sirpa, buscan en el trabajo “salvarse”, ayudar a sus familias y encontrar un camino que llene sus vidas. Entre semana, cuando no trabajan, Brian y Maicol se aburren pero como dos purretes, los pingos les devuelve la esperanza cada fin de semana.

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