7 de diciembre 2019 - 5:03hs

Una escritora italiana llamada Elena Ferrante (Nápoles, 1943) se convirtió en un auténtico fenómeno mundial gracias a su novela La amiga estupenda (2012), primer volumen de una saga que completarían, incrementando el suceso, Un mal nombre (2013), Las deudas del cuerpo (2014) y La niña perdida (2015), todas ellas publicadas en español por el sello Lumen. El conjunto propone un viaje a las estrechas calles napolitanas en compañía de una voz narradora extremadamente cercana con el lector. Ferrante consiguió así algo poco frecuente en estos tiempos: combinar el éxito en ventas con cierto espesor literario, una suerte de complejidad narrativa clásica con una prosa atrapante. Desde entonces el distinguido barrio de Vomero, en el que transcurre gran parte de la saga, ha visto pasar numerosas expediciones turísticas que promocionan el tour Ferrante.

Este mes ha traído novedades desde el universo Ferrante: en Italia se anunció la publicación de su nueva novela, titulada La vita bugiarda degli adulti (que traducido al español sería algo así como La vida mentirosa de los adultos), de próxima traducción al español, mientras que en nuestro idioma acaban de ver luz sus ensayos bajo el título La invención ocasional (Lumen).

A la atracción meramente literaria se suma otra de carácter biográfico: Ferrante irrumpió en el escenario de la literatura mundial sin dar a conocer ni una sola fotografía suya y con apenas un par de entrevistas concedidas en las que no aportaba mucho acerca de su vida personal. Los lectores se iban multiplicando en todos los idiomas, y las ventas han sobrepasar las 30 millones de copias en el mundo mientras se expandía una misma pregunta formulada tanto en chino como en inglés o español: ¿quién es Elena Ferrante?

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Entonces, justo en el punto máximo de la ferrantemanía, el periodista de investigación italiano Claudio Gatti quiso responder aquella pregunta que todos se formulaban. Para responderla, cruzó datos de la cuenta bancaria de la editorial de Ferrante –Edizioni e/o– con una serie de compras de inmuebles distribuidos en Roma y Toscana, y concluyó que Elena Ferrante era un seudónimo y que la persona que se escondía detrás era la escritora y traductora italiana Anita Raja, empleada, justamente, de Edizioni e/o. La investigación de Gatti fue otro hit, casi a la altura del literario: Il Sole 24 Ore, Frankfurter Allgemeine Zeitung, The New York Review of Books y Mediapart fueron los medios que la publicaron en exclusiva, revelando lo que se vendía como el desmantelamiento del misterio literario más grande del siglo XXI.

El fervor fue tal que incluso la Universidad La Sapienza de Roma sometió la obra de Ferrante/Raja a un algoritmo que la cotejaba con el estilo de varios colegas contemporáneos del país. El estudio llegó a la conclusión de que se parecía mucho a la obra de Domenico Starnone. Curiosamente, Starnone es el esposo de Raja. Y, también curiosamente, en el ambiente literario suelen apodarlo Nino, como uno de los personajes recurrentes de la saga de Ferrante.

El misterio del caso Ferrante, una investigación de ribetes hollywoodenses, como si se tratara de un fenómeno paranormal de difícil avistamiento o de un enemigo público número uno, desembocó en el silenzio stampa por parte de la autora, fuese quien fuese. Si hasta ese momento apenas había dado un par de entrevistas, a partir de entonces dejó de manifestarse públicamente. Y lo más grave: dejó de publicar.  

El regreso de Ferrante se produjo dos semanas atrás, prácticamente cinco años después de su última publicación, y estuvo marcado por su estilo característico: los principales periodistas literarios italianos recibieron un mail de madrugada en el que se les adjuntaban 336 páginas de la nueva novela de Ferrante: La vita bugiarda degli adulti. Según informa Il Corriere Della Sera, el libro cuenta la historia de una adolescente napolitana llamada Giovanna y la compleja relación con sus padres, con el habitual Vomero de fondo. De este modo, Ferrante abandona, al menos de momento, el universo de Lila y Lenú, las dos amigas de su famosa tetralogía, aunque sigue recorriendo las calles napolitanas en primera persona.

La última novela de Ferrante está siendo actualmente traducida a múltiples idiomas y se espera que esté disponible en librerías uruguayas a través del sello Lumen en el correr del año próximo.

Nada de fotos ni entrevistas, por favor

El FerranteGate sirvió, más que para revelar la verdadera identidad detrás de una autora de éxito internacional, para mostrar los límites inestables de la privacidad en la actualidad. El hecho de que Ferrante decidiera ocultar su cara y nombre verdaderos para que fuera su obra la que se llevara toda la atención resultó ser un gesto demasiado extravagante en tiempos en los que suele ocurrir lo opuesto y los escritores exitosos –léase Joel Dicker, entre otros– se encargan de vender ante todo su imagen y después su obra. Ferrante llamó la atención por algo que debería ser cosa de todos los días.

Sin embargo, Ferrante no fue la primera ni será la última. Los escritores alérgicos a la exposición pública –a las entrevistas, a las fotos, a las ruedas de prensa, a los festivales– son una especie que tiene sus representantes más célebres en los estadounidenses JD Salinger y Thomas Pynchon. Es un efecto paradójico: cuanto más se empeñó Salinger en ocultarse, después del éxito arrollador que supuso la publicación de El guardián entre el centeno (1951), más se empeñaron los lectores –y los medios de prensa– en descubrirlo, en un juego de cazadores y ocultamientos que por momentos se parecía más a la búsqueda del yeti que al reportaje literario. El caso de Pynchon es el más extremo: si Salinger decidió ocultarse solo después de alcanzar la popularidad, Pynchon se hizo famoso, justamente, por sus intentos sistemáticos de pasar inadvertido –además, claro, de sus méritos literarios–. Quien googlee el nombre de Thomas Pynchon apenas encontrará unas pocas fotos en blanco y negro. En Wikipedia, como en las solapas de sus libros, la información biográfica es limitada y en muchos casos especulativas. El colmo: en una época la prensa estadounidense empezó a sospechar que Pynchon era en realidad un seudónimo de Salinger.

El ocultamiento autoimpuesto de Salinger y Pynchon –y de B Traven y Cormac McCarthy, entre otros– ha dado lugar a un nuevo deporte nacional estadounidense: el de los cazadores de escritores ocultos. Así, en 1998 circuló una foto de un Salinger entrado en años dándole golpes al vidrio del auto de un paparazzo que había estado vigilándolo pacientemente durante semanas como quien espera para cazar alguna especie exótica. Y en enero de este año ocurrió algo similar con Pynchon cuando National Enquirer consiguió la primera foto del autor en más de 60 años.

Más cerca de nuestras latitudes, y en nuestro mismo idioma, hay más casos de escritores ocultos. El más famoso es el del mexicano Juan Rulfo, autor de la novela Pedro Páramo (1955), antecedente fundacional para el boom latinoamericano de García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar. Incluso en Uruguay tenemos nuestro propio representante del club de los huraños: Juan Carlos Onetti no parecía disfrutar de conceder entrevistas y es sabido que pasó buena parte de su vida –el tramo final– recostado en una cama en un apartamento de Madrid leyendo novelas policiales.

Al margen de esto, se trata –como en el caso de Ferrante o como se llame– de grandes autores cuyas obras son o deberían ser suficiente. 

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