El presidente Donald Trump tiene una característica muy similar a la que se autoreconoce el expresidente uruguayo José Mujica: “como te digo una cosa, mañana te digo la contraria”. De modo que no todas sus declaraciones o expresiones pueden y deben tomarse al pie de la letra. Pero hay expresiones y expresiones. Hay cosas que tienen una enorme importancia institucional para Estados Unidos y para el mundo. Y son cosas con las que no se puede jugar a “hoy te digo una cosa, mañana otra”. O “veremos”.
Me refiero a unas declaraciones formuladas el pasado miércoles por el presidente americano al ser interrogado acerca de si habría una transición pacifica de poder en caso de que Joe Biden ganara las elecciones del 3 de noviembre próximo. La pregunta concreta fue: “¿Se compromete usted, hoy y aquí, a una transferencia pacífica de poder después de la elección?” y Trump respondió: “Bueno, tendremos que ver qué pasa. Usted sabe que yo me he estado quejando fuertemente acerca de las boletas de votación, y las boletas son un desastre (en referencia al voto por correo)”. Y culpó al Partido Demócrata por esa situación, algo ya muy habitual en él y sobre lo que no suele cambiar de opinión. Sobre el Partido Demócrata Trump tiene ideas claras, precisas e invariables.
El terremoto que levantaron las palabras de Trump, poniendo en cuestión la transferencia pacífica de poder (salvo si gana él, en cuyo caso no habría “transferencia” sino “continuidad”), y poniendo por tanto en duda el principio fundamental de la democracia de la transferencia pacífica del poder en elecciones libres y limpias, solo se amortiguó un poco por la intervención de varios senadores del Partido Republicano.
En primer lugar Mitch McConnell, que es el líder de la bancada republicana en el Senado, escribió en Twitter: “El ganador de las elecciones del 3 de noviembre asumirá el 20 de enero. Habrá una transición ordenada tal como ha sido cada cuatro años desde 1792”. En 1792, el presidente George Washington fue reelecto para un segundo período y desde entonces la presidencia fue de un partido a otro, de un candidato a otro sin solución de continuidad aún en épocas de guerra civil o de conflicto exterior. La transición pacífica de la presidencia en los Estados Unidos es algo que nadie ha puesto en duda desde aquella oportunidad, y ojalá que nadie lo haga por el bien de los Estados Unidos y del mundo que no quiere ni imaginarse una lucha de poder (que incluye el control del botón nuclear) en la principal potencia democrática de Occidente, cuna y ejemplo de muchas otras.
Y el senador John Thune, número dos del Partido Republicano en el Senado, fue más enfático que McConnell al señalar que los republicanos resistirían cualquier intento de Trump de complicar la transición. “Los republicanos creemos en el estado de derecho, creemos en la Constitución y ello es lo que determina lo que ocurre en el proceso electoral”.
Para ver cómo se ha envenenado la política en estos últimos años, y no solo por parte de Trump, es bueno recordar lo ocurrido en las elecciones del año 2000. Entonces George Bush ganó estrechamente sobre Al Gore en el Colegio Electoral gracias a una sentencia de la Suprema Corte que validó votos del estado de Florida que estaban en discusión. En ese momento, Estados Unidos no tuvo presidente electo por un mes. Recién el 12 de diciembre la Suprema Corte revirtió una decisión de la Suprema Corte de Florida, y Bush quedó como ganador de ese estado. Lo más notable fue que Bush ganó los 25 votos electorales del estado de Florida, decisivos para su elección como presidente, por apenas unos centenares de votos.
Y más notables aún fueron las palabras de Al Gore cuando conoció la decisión desfavorable de la Suprema Corte. En una breve alocución dijo: “Si bien estoy en profundo desacuerdo con la decisión del tribunal, la acepto”.
Este es el espíritu de la democracia: aceptar sin dudar, aunque luego de ejercer los recursos jurídicos a su alcance, la decisión del Tribunal Supremo. Y en los Estados Unidos, que no tienen tribunal electoral como nuestra Corte Electoral, la última palabra cuando hay duda la tiene la Suprema Corte. Podrá equivocarse, pero es la última palabra. De lo contrario, se volverá a la ley de la selva.
En lugar de sembrar dudas sobre lo que ocurrirá en noviembre si pierde, Trump debería concentrarse estos dos meses que faltan para el 3 de noviembre, y que incluirán tres importantes debates televisivos (de esos tan difíciles de organizar en nuestro país porque el que va ganando no quiere debatir), en realizar una campaña destinada a convencer a los electores de las ventajas de su reelección. Después de todo, en 2016 iba detrás en las encuestas pero terminó ganando en el Colegio Electoral. Y no cuestionar lo que ni él ni Hillary Clinton cuestionaron entonces. Saber ganar y saber perder es fundamental para el buen funcionamiento democrático. Y, además, es una lección de honestidad personal.