Macondo es una nación ribereña del Mar Caribe. No tiene fronteras bien definidas, pero sí tiene muy claro quiénes son sus vecinos en el continente americano: por el sur limita con Santa María y Lavanda y por el norte con el Condado de Yoknapatawpha y la ciudad de Comala.
Hay quien sostiene que Colinda, incluso, con territorios más remotos en otros continentes, como Combray o Región, pero esto último no está totalmente comprobado.
La gente de Macondo es de natural pacífico, pero de tiempo en tiempo les da por invadir a otros países y eso es lo que acaba de suceder aquí. Durante todo octubre, los montevideanos han debido soportar un alud de espectáculos, bastante alegrones, charlas y recitales, evocando no solo la vida y obra de su fundador y propietario exclusivo, Gabriel García Márquez, sino su carácter de pensador desde el Sur Global.
Por aquellos días, de primaveras otoñales, el visitante que quería tomarse la fotografía de rigor junto al nombre de la ciudad que preside la Rambla, entre Pocitos y el Buceo, fue gratamente sorprendido con el hecho de que las letras componiendo “Montevideo” se vieron infestadas de unos extraños perfiles verdes de bestias exóticas y de caracteres rojo bermejo que delineaban el nombre “Macondo”. Y la misma contaminación foránea la padecieron la oficina de turismo en la Intendencia, la Plaza del Entrevero y hasta el frontispicio del Teatro Solís, que probablemente nunca había sufrido una afrenta similar. ¿Y qué decir de la selva tropical que copó la explanada del teatro, tan frondosa que hubo niños que se adentraron por sus recovecos, quizás con la esperanza de toparse con los restos de un galeón español?
Dentro del teatro, además, no solo nos impusieron la presencia de unos ruidosos gitanos y una pitonisa ejerciendo sus artes oscuras, sino que instalaron unas cosas muy raras que nunca se habían visto tan al sur del continente: un bloque de hielo que nunca se derritió del todo, una gallera, un bar llamado “La Cueva”, donde seguramente se cometieron toda clase de tropelías…
Como muestras claras de la desmesura que caracterizó este vendaval cultural que estuvo a punto de convertir a la pacifica Montevideo en una Babilonia tropical, el festival abrió y cerró con nombres que se escriben con mayúscula en la república universal de las letras: el primer día estuvo Mircea Catarescu, discípulo aventajado de García Márquez que proviene del país donde hay más lectores suyos per cápita en el mundo. El último día, la mayor poeta viva de la lengua castellana, la gran Ida Vitale, fue agasajada por los macondianos con ocasión de su cumpleaños número 100, que está celebrando por estos días. Y en el intervalo tuvimos interacciones directas con grandes como Cristian Alarcón (Chile); Leila Guerreiro (Argentina) y Weildler Guerra (Colombia).
Por fortuna y para tranquilidad de los habitantes de la ciudad, la invasión macondiana a Montevideo llegó a su fin y sus responsables directos, es decir los integrantes de la Comedia Nacional, el Teatro Solís, la Banda Sinfónica, la Orquesta Filarmónica y varios funcionarios de la Intendencia, pueden volver a sus actividades ―más o menos― normales. Así que, por ahora, no habrá más extensas performances de más de 200 personas que no se sabe si son una representación teatral, o un musical, o una combinación de ambos; no más tertulias y conversatorios de gabólogos de todos los pelambres sobre el maestro y su faceta de periodista; no más ciclos de cine ni exposiciones fotográficas, ni gastronomías desconocidas, ni conjuntos musicales tocando esos ásperos aires vallenatos que los colombianos bailan con tanto gusto y que lograron contagiar a más de un uruguayo.
Los más felices con todo esto eran, por supuesto, quienes vinieron a verificar que la invasión se desarrollaba sin tropiezos y presenciaron alelados lo que probablemente constituya uno de los mayores y más completos homenajes que se le hayan rendido jamás a la obra y a la persona de García Márquez. Hablo de los representantes acreditados de la Fundación Gabo, encabezados por su fundador y actual director, Jaime Abello Banfi, para quien esta experiencia resultó valiosísima de cara a la preparación de ambiciosas operaciones que se vienen pronto en la propia Macondo: los aniversarios de los 10 años de la muerte del maestro (2024) y de los 100 años de su nacimiento (2027). Habrá que tomar medidas para asegurar que en esos eventos se hagan presentes enviados de la ciudad de Montevideo para que puedan devolver y vengar, en alguna medida, las afrentas sufridas de manos de los macondianos a lo largo de este interminable mes de octubre de 2023.
Como representante de mi gobierno y con sincera emoción, quiero expresar aquí nuestro reconocimiento a las entidades mencionadas atrás por haber hecho posible compartir con todos este auténtico retablo de las maravillas.
Gracias, Montevideo. Y adiós, Macondo.