Es verdad, las redes sociales no son un terreno exclusivo de los más jóvenes. Pero también es cierto que los adolescentes son los que nacieron en un mundo digital y lo dominan a la perfección. De hecho, resuenan en la conversación cotidiana testimonios de padres que cuentan que fueron sus hijos quienes les enseñaron a utilizar varias plataformas en tiempos de pandemia. En efecto, la psicóloga especializada en niños y adolescentes, Pamela Sicalo, cuenta que desde que tuvo que cancelar las sesiones presenciales con sus pacientes notó una perfecta adaptación a las sesiones por Zoom por parte de los adolescentes. “Ellos estaban más preparados que nosotros, nos han enseñado mucho y nos han abierto las posibilidades”, agrega la especialista.
Si bien plataformas como Zoom, Whatsapp u otras redes sociales se tornaron indispensables para la vida laboral y social de varios adultos en tiempos de covid, para los jóvenes, el universo virtual no tuvo un gran cambio de foco. Es que, los roles de las redes sociales para los adolescentes no fluctuaron en tiempos de aislamiento. En todo caso, al aumentar el tiempo de exposición a las pantallas, esas funciones se intensificaron. Y, como advierte Sicalo, esa intensificación puede sostenerse mediante un uso de las redes sano y creativo, o derivar en otro más patológico y perjudicial.
Al atravesar la soledad y el aislamiento, los adolescentes no tuvieron que caer en la experimentación. Simplemente, siguieron habitando esos espacios por los que ya se movían: Instagram, TikTok, Snapchat y los videojuegos. Pero que esa exposición haya aumentando también hizo que incrementara la preocupación de los padres sobre los riesgos del contacto excesivo de los chicos con el mundo virtual.
Las redes son una herramienta que, utilizada responsablemente, es maravillosa. Pero también pueden ser zona de conflictos, de violencia, de bullying, de ciberacoso y de ciberadicción. Y, de forma más silenciosa, también pueden ser un campo minado de prejuicios, frustraciones y falta de autenticidad.
Sin liceo ni eventos sociales, y con la realidad limitada a la pantalla, el campo visual de los adolescentes se ve bombardeado durante todo el día por imágenes de influencers y pares copados que cuidan hasta el más mínimo detalle en sus posteos. En ese universo virtual –que tantas veces se confunde con el real, y ahora más–, las presiones sobre la imagen y el cuerpo, que ya de por sí eran fuertes en el mundo precovid, podrían pesar todavía más.
Buscar la aprobación
El psicólogo experto en nuevas tecnologías Roberto Balaguer señaló que las redes sociales cumplen múltiples funciones en la vida de los adolescentes. Es a través de estas plataformas que logran conectarse con pares conocidos y desconocidos, es donde tienen la posibilidad de ampliar sus círculos sociales, formar parte de diversas comunidades e informarse. Pero además, destaca el especialista, las redes son el espacio en el que el adolescente gestiona su identidad digital, que termina siendo una de las cartas más importantes de presentación que tienen.
Subir una foto a Instagram y esperar el like, compartir un video en TikTok y esperar la aprobación del resto, mirar una y otra vez las historias de ese chico o chica que todos quieren ser. Y así sucesivamente. Suena exagerado, pero es la realidad de muchos –y seamos sinceros, tampoco es algo que solo les suceda a los más jóvenes–. Las redes sociales son, en efecto, un espacio de expresión que, de no utilizarse de forma “creativa, inteligente y sana”, sostiene Sicalo, pueden ser un terreno en el que prime la falta de autenticidad por la necesidad imperiosa de corresponderse con las tendencias.
Como agrega Balaguer, “vivimos en una sociedad donde la imagen tiene mucha importancia y las redes tienen un componente de imagen muy fuerte”. “Instagram, por ejemplo, está muy volcado hacia lo aspiracional, hacia un modelo de presentación muy cuidado. Ahí hay mucho glamur y optimismo, se busca generar impacto”, dice el experto y distingue a esa aplicación de lo que suponía años atrás Facebook –que era más descontracturado y social–. Con redes como TikTok e Instagram, explica el psicólogo, los jóvenes trabajan en línea sobre una identidad con aristas salientes que sean apetecibles para los demás.
En ese sentido, Sicalo advirtió que las imágenes que generalmente se promueven en las redes sociales tienen que ver con los logros y no con lo que son las personas. Entonces, explica, el riesgo se cierne sobre aquellos jóvenes que tienen un concepto desvalorizado de ellos mismos, que no tuvieron buenos vínculos con apegos sanos en su niñez y que no experimentaron el “amor incondicional” –que tiene que ver con el valor basado en quienes son–. “Lamentablemente, las imágenes que se ven en las redes apuntan a cuántos amigos tengo, cómo me visto, qué como, cómo es mi cuerpo, qué tan lindo soy”.
No es nada nuevo. Los cánones de belleza atormentan a los adolescentes (principalmente, a las mujeres) desde hace décadas. Y así como años atrás la televisión, las revistas o el cine fueron espacios de referencia, las redes juegan hoy ese rol. Los adolescentes siguen a personas que admiran. Pero la diferencia entre los ídolos de las telenovelas y los influencers es que, mientras los primeros eran “ideales” lejanos, los segundos se presentan como personas comunes. Cualquiera podría ser ese influencer. Pero no cualquiera es ese influencer. Entonces, puede aparecer la frustración.
Es casi imposible que un adolescente escape de ese constante desfile virtual de modelos perfectos. El problema se presenta cuando se desconecta de sí mismo. “Si por ganar popularidad y likes, está descentrado de sí mismo, esa persona puede generar todo lo contrario a lo que busca en el otro y puede tener ciertas sensaciones de vacío”, indica Balaguer.
El brillo no es siempre brillo. Y las sonrisas para la foto no siempre significan felicidad. La careta puesta para las redes sociales es figurita repetida entre varias personas –sin distinción generacional–. Pero esa falta de autenticidad puede ser todo un palo sobre la rueda para los adolescentes, que están en plena etapa de crecimiento y desarrollo de la personalidad. Para Sicalo, si en tiempos donde el manejo de redes sociales es mucho más amplio, las interacciones no se dan de forma auténtica, lo que peligra en gran parte es la autoestima de quien finge ser algo que no es.
“Cuando la autoestima recluye, se genera un mundo virtual paralelo que no es realista”, explica la especialista y agrega que con ese escenario pueden aparecer conductas evitativas de adolescentes que prefieren no salir porque quieren permanecer en ese mundo virtual. Y eso puede aumentar trastornos como la ansiedad, la fobia social y la sintomatología depresiva.
En contrapartida, Sicalo destacó que el adolescente sano –que al principio de la cuarentena pudo haber disfrutado de tener más tiempo para sí– ahora está cansado del mundo virtual y quiere y necesita del contacto presencial con los demás.
¿Cómo controlar?
A veces, los límites entre lo que deberían o no controlar los padres de hijos adolescentes son difusos. Ningún padre quiere ser ni muy permisivo ni muy controlador. Pero encontrar el equilibro es complejo. En cuanto al uso que los chicos les dan a las redes sociales, los psicólogos indican que es necesario ejercer un control –cuidado, dialogado–.
Sicalo afirma que los padres no deben esperar a la adolescencia para hablar de los riesgos de las redes con sus hijos: “Ellos nacen en lo digital y, al igual que los educamos desde chicos con la comida y el cuidado del cuerpo, tenemos que cuidar el manejo de redes como un hábito de vida que es necesario”. Además, la especialista estimula a que los adultos apuesten a un control inteligente, que habilite al joven a entender el porqué de ese control.
“Cuanto más chicos sean, mayor control. A medida que van creciendo, está bueno que eso se convierta en un monitoreo, una orientación, un acompañamiento. Hay que vichar cada tanto y conversar, porque, en definitiva, es una cuestión formativa. Lo que sucede con las redes tiene que ver con determinado desarrollo de la personalidad y con los vínculos, y la contención y un buen diálogo son claves”, concluyó Balaguer.
¿Saldrán mejor parados que el resto?
Si el confinamiento se hubiese dado hace 20 años, los adolescentes de aquel entonces hubieran padecido el distanciamiento social bastante más que los de ahora. Pero con las redes, el extrañar a los pares se hace más llevadero. Pueden pasar horas hablando mediante videollamada, intercambiar mensajes y audios, y ver en qué andan sus amigos a través de lo que publican.
A priori, podría pensarse que la cuarentena fue una experiencia menos traumática para los jóvenes que para los niños, que quizá requieren de más esparcimiento físico. O que para los adultos, que quizá no manejan con tanta ductilidad el mundo virtual.
Pero, ¿realmente el dominio de las redes ayudó a los adolescentes a sobrellevar mejor el tiempo en casa? Sicalo considera que afirmar eso sería complejo. Aunque dijo que se puede hipotetizar que, considerando que para este grupo etario “los amigos son una fuente de alegría, placer y son antidepresivos naturales”, tener facilidad con esas herramientas pudo haberlos ayudado a manejar mejor el encierro.
Sin embargo, la psicóloga subrayó que el indicador que está más asociado al bienestar o malestar del joven y a cómo pasó la cuarentena tiene que ver con el entorno más cercano, con su vínculo con los padres y con cómo fue el clima familiar durante ese tiempo.