El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
23 de octubre 2020 - 5:00hs

El 31 de agosto, cuando el gobierno argentino logró la restructuración de la deuda externa, el presidente Alberto Fernández creyó que el país empezaba “a salir del laberinto en que estaba encerrado”. Pero desde entonces, solo hemos visto al mandatario argentino adentrarse más y más en un oscuro e inescrutable laberinto donde dos más dos son cinco, y cuya salida parece resultarle cada vez más imposible de encontrar.

Todo obedece a una seguidilla de errores no forzados e imperdonables. La última perla en ese largo collar de infortunios es que el dólar se le terminó de salir de madre. Esta semana el precio del paralelo superó la barrera de los 180 pesos, lo que implica que la brecha con la cotización oficial se amplió a 135%. Algo insostenible. Y el argentino medio es capaz de soportar muchas cosas de un gobernante, menos que no pueda controlar el dólar.

El expresidente mexicano José López Portillo inmortalizó la frase “presidente que devalúa, presidente devaluado”, salvo que en el caso de Fernández, esa caída estrepitosa en el precio de su imagen ya parece haberse producido. Con lo cual las alternativas no son nada halagüeñas. En privado, y aun en algunos comentarios de redes sociales, muchos argentinos se preguntan si el presidente llegará a fin de año o se verá forzado a renunciar. Un interrogante que en los medios argentinos no se puede formular abiertamente porque de inmediato saltan las alarmas de lo que no está permitido decir, y acusan de golpista o “destituyente” al transgresor.

La única que hasta ahora se atrevió a hacerlo en público (tal vez por falta de tablas) fue Juanita Viale, la nieta de Mirtha Legrand, y la crucificaron; hasta tuvo que salir a pedir perdón. Es curioso, esta es una sensibilidad que solo aflora cuando gobierna el kirchnerismo. Cuando el presidente es de otro signo político, no hay problema. De Macri, sin ir más lejos, la conclusión de su mandato era algo que se ponía en tela de juicio todo el tiempo. Incluso, hasta se recurría al ayudamemoria de que nunca un presidente no peronista había llegado al final de su mandato constitucional –lo hacía hasta el expresidente Mujica desde estas orillas— y nadie se rasgaba las vestiduras.

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Tal vez por eso el periodista Marcelo Longobardi habla prácticamente todos los días en su audición de Radio Mitre de que “la gente está como esperando algo”, “como esperando un desenlace”. Insiste con esta palabra: “desenlace”; y le plantea la pregunta a casi todos los entrevistados o analistas de su programa. “¿No te parece que la gente está como esperando algo, como que está esperando un desenlace?”, inquiere el comunicador una y otra vez. Nadie se da por aludido, pero el desenlace que insinúa es claramente la renuncia de Alberto Fernández. Eso es lo que la mayoría de los argentinos tiene hoy dando vueltas en la cabeza. Tan es así que en los últimos días otros periodistas lo han seguido en el eufemismo del “desenlace” y de ese “algo inevitable que se espera”.

Y es que pareciera que, efectivamente, Fernández no tiene resto; por ningún lado se ve una reacción del presidente. Sería triste el desenlace aludido, incluso, traumático; pero no señalar la posibilidad, y las especulaciones de la gente en ese sentido, sería solo darle vueltas al elefante en la habitación.

En el embrión de esta crisis hay sin duda un quebranto de confianza, que no se ve por dónde el presidente, con lo que ha mostrado hasta ahora, pueda restañar. Es muy poco lo que tiene para exhibir por logro. Si decíamos que ahora no hay reacción, antes tampoco hubo acción; ni un plan económico fue capaz de presentar en todos estos meses.

Y no es solo un problema de quién gobernaba, si él o Cristina Kirchner; porque en el día a día gobernaba el presidente. No es que estaba todos los días al teléfono con Cristina a ver qué hacía ante cada asunto de gobierno. Y su día a día fue de una medianía insoportable, cuando no, de una parálisis absoluta. Intentó cobijarse, y excusarse, en una cuarentena imposible; al principio creyendo que “el bichito” del coronavirus iba a “terminar con el capitalismo” (¡se lo creyó en serio!, no era para la tribuna) y que luego de ello se podría barajar y dar de nuevo.

A esa quimera se aferró y así le fue. Y luego, sí, las urgencias de Cristina terminaron de minar la imagen del presidente. Ante la inacción del Ejecutivo, las medidas de ella aparecían como bajo una lente de aumento; y por cierto, no eran nada simpáticas: expropiación de la cerealera Vicentin, una reforma judicial diseñada exclusivamente para garantizarle impunidad a la señora, rompimiento con el jefe de gobierno porteño, su agenda de venganza y confrontación…

Y en ello se inscribe desde luego una política exterior desastrosa: con constantes idas y vueltas sobre el tema de los derechos humanos en Venezuela, con desplantes a sus socios del Mercosur y una actitud un tanto pueril y desconcertante de competencia con otros países por las cifras del coronavirus, que, dicho sea de paso, se le han vuelto como un búmeran envenenado.

Siempre sale como quejoso el presidente argentino, o peleándose con alguien, y con un talante bastante majadero. Por todo ello, no solo está ahora en un laberinto. Además, está solo.

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