En estos momentos las naves espaciales Voyager abandonan los confines del sistema solar y se internan en los abismos del espacio interestelar. A bordo trasladan un disco de oro que lleva consigo una historia de amor.
Botella al océano cósmico
El soporte físico que se eligió para enviar el mensaje fue un disco de oro idéntico a los de vinilo que se utilizaban en la época pero con instrucciones para ser reproducido a la mitad de velocidad (16 rpm); el mismo contendría más de un centenar de fotografías de la vida en la Tierra, 90 minutos con la mejor música de todas las culturas, saludos en 55 idiomas, un mensaje del entonces Secretario General de la ONU, Kurt Waldheim, y el canto de una ballena.
Según los expertos la información contenida en los discos resistiría la erosión producida por rayos cósmicos y micrometeoritos durante más de mil millones de años. El destino de las naves Voyager era, virtualmente, la eternidad.
Sagan tenía apenas tres meses para recopilar todos los datos antes que los vehículos fueran lanzados al espacio. Para ello reunió un selecto equipo entre los que se encontraba el radioastrónomo Frank Drake, el escritor científico Timothy Ferris y el artista Jon Lomberg.
En la primavera de 1974 Nora Ephron –por entonces periodista del New York Post– organizó una cena en su casa de Nueva York. A la misma asistieron conocidas personalidades de la ciencia, las letras y el periodismo y entre ella estaba Ann Druyan, una jovencita de 23 años que daba sus primeros pasos en el mundo artístico. La escritora recuerda la ocasión como un momento especial y mágico.
El doctor Sagan, ya universalmente conocido por sus libros y su trabajo en la NASA, asistió a la cena y cautivó a Ann. Sus palabras son elocuentes “…recuerdo cuanto me impresionó Carl, con su maravillosa sonrisa y la camisa remangada. Hablamos de deportes y de política, y me asombró hacerle reír de forma tan sincera y espontánea”.
Ese fue el comienzo de un intenso amor que crecería con los años y que se fortalecería con la admiración y el respeto mutuo. Por aquel entonces Ann Druyan estaba comprometida y Carl Sagan en matrimonio con Linda Salzman (su segunda esposa). Sin embargo, ambos siempre encontraban la manera de reunirse y trabajar en los mismos proyectos.
En abril de 1977 Sagan convocó a Ann para integrar la comisión que seleccionaría el material que se incluiría en el disco de la misión Voyager. El trabajo durante esos meses fue intenso y extenuante. En el libro Murmullos de la Tierra el equipo describe los numerosos retos burocráticos que debieron afrontar, los criterios para seleccionar música e imágenes y los permisos para incluir canciones.
Sin embargo, Ann y Carl siempre inventaban excusas para estar juntos. Pero el momento decisivo, el instante en que ambos manifestaron recíprocamente sus sentimientos no fue producto de una situación premeditada sino del más estricto azar
“Durante mi ardua búsqueda del más valioso fragmento de música china –relata– telefoneé a Carl y le dejé un mensaje en su hotel de Tucson. Una hora más tarde sonó el teléfono en mi apartamento de Manhattan. Descolgué y oí su voz. Después de conversar durante varios minutos me preguntó si quería casarme con él”. El matrimonio se concretó pocos años después cuando Sagan se separó legalmente de Linda Salzman.
Amor al espacio
A último momento se decidió incluir en el disco el registro de las ondas cerebrales de un ser humano. En el Centro Espacial Kennedy se hacían los últimos ajustes al explorador Voyager mientras el cohete Titán III-Centaur que lo llevaría al espacio iba rumbo a la plataforma de lanzamiento; el tiempo apremiaba y buscar un voluntario para realizar el encefalograma no era una opción.
Sin vacilar Ann, acompañada por Timothy Ferris, se dirigió al laboratorio del Hospital Bellevue de Nueva York. Numerosos electrodos se conectaron a su cabeza y una computadora convertía en sonido todos los datos. “Mis sentimientos de mujer de 27 años, locamente enamorada, están en ese disco. Es para siempre, será verdadero dentro de 1000 millones de años. Para mí, las naves Voyager son una especie de alegría tan poderosa que me aleja del temor a morir”, declaró.
Instantes previos a su muerte, en el Centro Oncológico Fred Hutchinson de Seattle, Carl Sagan era despedido por su esposa con la misma admiración y amor que sintió 20 años atrás cuando lo conoció en una reunión elegante y bulliciosa, entre copas de champaña y sonrisas compartidas.