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Uruguay es un país pequeño pero no por ello debe resignarse a sueños mediocres, a jugar en mitad de la tabla; hoy por hoy, una nación educada puede dejar su marca como lo hace Finlandia 

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15 de septiembre de 2019 a las 05:00

El pasado martes 10, en el marco de la ceremonia de graduados de la Universidad ORT, su rector Jorge Grünberg hizo una más que interesante aportación a los tiempos que corren en época de elecciones en el país. Si bien el discurso se dirigía a los alumnos que se graduaban este año, las reflexiones del Ing. Grünberg se dirigían por elevación al gobierno y a los candidatos en carrera para las elecciones de octubre.  

Tomando como referencia los enormes esfuerzos que realizó el país para lograr la instalación de la segunda planta de celulosa de UPM, Grünberg señaló que esos esfuerzos representan una “mala visión para los que aspiran a un país innovador, tecnológico y emprendedor”. E hizo referencia que las aspiraciones de progreso no “puede ser volver a la década del 50” cuando se desarrollaban industrias manufactureras. Y clavó una bandera para instalar la idea que “Uruguay tiene una gran oportunidad de desarrollo en la sociedad del conocimiento”. “Podemos prosperar con nuestra inteligencia y nuestra creatividad. Podemos producir y exportar conocimiento, tecnología e innovación que son las grandes fuentes de riqueza del siglo XXI”.
“Si esa es nuestra visión –continuó–, el enorme esfuerzo (por) atraer a nuestro país gigantescas plantas industriales, que son la forma de desarrollo del siglo pasado, es controversial. No porque sea una mala inversión, que yo no sé, pero son una mala visión para los que aspiran a un país innovador, tecnológico y emprendedor”.  

Grünberg dijo que esos esfuerzos “son resultado de una carencia de imaginación” y de conformarse “con ambiciones limitadas” y agregó que Uruguay deber ser “un país pequeño pero con sueños grandes”.  

El rector de la ORT puso los puntos sobre las íes. No está mal la gigantesca planta de celulosa que se instalará en Durazno, pero el esfuerzo de instalarla muestra una visión antigua del país, como productor de commodities con una mayor elaboración industrial que la exportación de madera pero no llegando a la producción de papel. Y muestra, sobre todo, una falta de ambición para encarar los desafíos del siglo XXI. 

En el mismo sentido escribía también el martes 10 en su habitual columna semanal Dardo Gasparré. Allí señalaba que los uruguayos debíamos cambiar el chip y apuntar muy alto y con mucha ambición. Y ponía como ejemplo que Uruguay podía posicionarse como un centro médico de alto nivel en América del Sur. Poe ejemplo, un centro de alta especialización médica en Punta del Este que diera actividad al balneario durante todo el año. Ello sí sería apuntar a la sociedad del conocimiento. Atraería muchos visitantes pero también médicos y profesores de gran nivel. Y potenciaría la preparación de uruguayos para desarrollar esas tareas. Toda una revolución educativa para estar a la altura de lo que se ofrece. 

Con este tipo de iniciativas en el área de la salud o de la educación, Uruguay podría aspirar a cosas grandes que tendrán un gran desarrollo en el siglo XXI y donde el aporte humano no podrá ser sustituido por robots. Son actividades donde lo que vale es la creatividad y no la automatización, el trabajo en equipo, el desarrollo de valores, la cultura del trabajo bien hecho. Serán una marca de calidad registrada como tiene Suiza en la fabricación de relojes.

Y Uruguay dejaría de depender de la evolución de los precios de las materias primas, que nos dieron un gran empuje a principios de este siglo pero que no han generado un camino de crecimiento sustentable. 

En ese sentido, fue muy acertada la frase del Ing. Grünberg de que Uruguay debe ser “un país pequeño pero con sueños grandes”. Uruguay es un país pequeño pero no por ello debe resignarse a sueños mediocres, a jugar en mitad de la tabla. Hoy por hoy, una nación educada puede dejar su marca como lo hace Finlandia, que exporta plantas de celulosa, pero ello  porque tiene una base educativa fenomenal en sus 4 millones de habitantes.  

Industria, agro y conocimiento no son incompatibles. Cada país puede potenciarlos pero el conocimiento es la clave de todo. Es quien amalgama y potencia la industria y el agro. Es quien puede aumentar la producción industrial y quien puede duplicar la producción agropecuaria de un país que tiene allí sus raíces. Y conocimiento implica mejorar radicalmente nuestra educación primaria y secundaria. Algo que está perfectamente a nuestro alcance si nos lo proponemos en serio. Hasta ahora han abundado los diagnósticos pero han faltado las concreciones. Y si la educación no mejora, es imposible pensar en grande y reconstruir la fractura social que aflora en nuestro país por mucho que nos pese.

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