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Aquellos huracanes

Sobreviví a ocho temporadas de ciclones en esa misma costa atlántica de Estados Unidos por donde pasó Florence

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15 de septiembre de 2018 a las 05:00

En este preciso momento en que escribo, en la mañana del miércoles, Florence se encamina sin prisa y sin pausa hacia la costa atlántica de Estados Unidos. Es un espiral eléctrico que contiene vientos sostenidos de 220 kilómetros por hora y ráfagas aún más violentas. El conjunto avanza a unos 20 kilómetros por hora y amenaza las costas de tres estados: South Carolina, North Carolina y Virginia.


La furia de los vientos, que parecería que quisieran llegar al infinito en un abrir y cerrar de ojos, contrasta con la parsimonia con la que se mueve todo el conjunto, que les da tiempo a los expertos, la prensa y los residentes en las áreas en riesgo a hacer todo tipo de conjeturas y tomar las medidas que entiendan pertinentes.


Es posible ver el infierno que se acerca desde el cielo minuto a minuto y realizar apuestas en las que nadie gana y muchos pueden perderlo todo. Otro contraste brutal es la fascinación que ejerce y el daño que produce.


Viví ocho años en esa costa atlántica de Estados Unidos, en el extremo sur: Miami. Cada temporada de huracanes era una aventura. Con mi esposa nos comportábamos como esos personajes de las películas de terror que por una razón incomprensible se exponen sin temor al desastre que se avecina y que el espectador ve con toda claridad.


El primer huracán que nos tocó fue Frances. Vivíamos en South Beach, el extremo sur de la isla Miami Beach. Estábamos en el centro de lo que los expertos denominan el “cono de incertidumbre”, el área donde es más probable que el centro del huracán toque tierra.

Es posible ver el infierno que se acerca desde el cielo minuto a minuto y realizar apuestas en las que nadie gana y muchos pueden perderlo todo


Las autoridades y los comercios se lo tomaron en serio. Cerró todo y se instalaron cerramientos especiales de metal o de madera que dejaron a toda esa zona paqueta, llena de boutiques, de restaurantes y hoteles como si fuera una zona de depósitos.


Pasaban a cada rato los ómnibus que tenían Evacuation como destino. Le preguntamos al intendente del edificio qué le parecía que debíamos hacer. Era Eduardo, un colombiano muy pintoresco. Nos dijo: “Yo fui contratado después de Andrew para despegar gatos de las paredes de los edificios”.


Andrew fue un huracán categoría 5, la máxima fuerza de los vientos, que pegó de lleno donde estábamos nosotros. La anécdota era difícil de creer pero se entendía la idea con una claridad alarmante.


No nos fuimos a ningún lado. Ni siquiera estábamos muy al tanto de cómo evolucionaba el fenómeno. Al caer la noche del día H salimos a dar un paseo y pasamos por el bolichito de la calle 1, que nos gustaba mucho.


Estaba todo cerrado con maderas pero tenía escrito con pintura negra: “We are open”. Fue una de las grandes alegrías de mi vida, si me permiten la exageración. Adentro se desarrollaba, como no podía ser de otra manera, la fiesta del huracán, el fin del mundo a todo rock and roll.


Resultó que el huracán torció su rumbo a último momento y pegó más al norte, en una zona menos poblada. 


El segundo huracán que recuerdo fue Katrina, que pasó por el sur de la Florida con categoría 1, la mínima para que se digne llamarse huracán, con vientos de 120 kilómetros por hora. Ese sí nos pasó por arriba y lo vivimos mirando por la ventana, las altas palmeras doblándose hasta tocar el suelo pero sin quebrarse.


Katrina fue famoso una semana después de que atravesó Florida, cruzó el Golfo de México y tocó tierra con categoría 4 en Luisiana, donde derribó los diques del río Mississippi, inundó Nueva Orleans y produjo una catástrofe que cambió la ciudad para siempre.


Un día llegó Wilma y un amigo nos ofreció pasar la noche en su casa, que estaba en tierra más firme. Declinamos la invitación y resultó que los vientos se enfurecieron con su casa y no con la nuestra, pero por suerte no le pasó nada más que un gran susto.


Días antes de que Florence  toque tierra, espero que modere su ira y que encuentre a quienes se crucen con ella mejor preparados que nosotros en su momento o que hayan evacuado la zona, como manda el sentido común y también la letra del himno de Huracán Buceo: “Hay que aprontarse que la cosa viene brava”. 
 

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