5 de agosto de 2011 19:10 hs

El club de los 27, ¿coincidencia, maldición o movida comercial? “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”, era la máxima de James Dean, aquel reconocido actor que falleció poco después, en un accidente de tránsito, a los 24 años. De la mano de esta visión nace el club de los 27 (en inglés 27 Club o 27 forever club), formado por artistas que son un eje en la cultura musical actual y murieron a los 27 años.

Más allá de la larga lista de músicos famosos muertos a los 27 años, hay unanimidad en que pertenecen al club: Jim Morrison de la banda The Doors, Kurt Cobain de Nirvana, Brian Jones de los Rolling Stones, Janis Joplin y Jimi Hendrix. Y quedan muchos otros músicos muertos a esta edad y con filas de fans fieles.

La lista, que no es homogénea, va desde el célebre e indiscutiblemente clave Robert Johnson, hasta el potro Rodrigo con su cuarteto, que goza de un respeto dispar. Se suma, hace un par de semanas, la cantante blanca Amy Winehouse. Una muerte que para muchos se relaciona a sus apariciones en público borracha y drogada, pero que aún no fue debidamente aclarada.

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En todos los casos, las muertes se debieron a hechos bastante ligados a la voluntad: abusos en la droga o alcohol, suicidio, asesinato, accidentes de tránsito, etc. Fans y curiosos ante este fenómeno han hecho sus conjeturas: unos dicen que debe tratarse de una maldición, y argumentan que las extrañas formas en que estos músicos han muerto son la prueba.

Una explicación
Ante tan tétrico club nace una pregunta: ¿juega la coincidencia o la maldición? Y hasta, incluso podrían aparecer los que creyeran que algunos de los integrantes del club, ya convencidos de que no querían vivir más, optaran por morir a los 27 para sumarse al grupo. Pero no basta con morir pues hay fans que, situados en el rol de jueces, recuerdan que en todo club “la casa se reserva el derecho de admisión”, o sea: no cualquiera tiene el talento suficiente para sumarse a estas filas. Entre los que creen que tras el club hay una maldición, circula que estas muertes son un pacto con el diablo, que básicamente habría trocado el don especial por sus almas. Esta conjetura nació con la muerte de Robert Johnson, que murió en 1938. Dos de las 29 canciones que dejó como magistral legado, Crossroads o Me and Devil Blues, fomentaron esta creencia, como si Johnson las hubiera compuesto presionado por la fuerza de Satán.

No es raro que una de las explicaciones que circulan se base en Johnson, visto hoy como el abuelo del rock and roll o como el más importante cantante de blues que haya vivido, como diría Eric Clapton, que ha interpretado muchas de sus canciones. Este eje del blues fue uno de los primeros talentos muertos perdidos inexplicablemente en el mundo de la música a los 27. Hay quienes dicen que murió de sífilis, otros creen que murió de neumonía y circula una versión que dice que lo envenenó un marido celoso, dueño de uno de los boliches en los que Johnson trabajaba.

En busca de explicaciones, podría suponerse que la vida en excesos, a gran escala, se quiebra comúnmente a esta edad. Pero incluso esto es relativo pues muchos logran vivir varias décadas en excesos mayores. Sin ir más lejos, los compañeros de Jones siguen fuertes y los Rolling Stones sobrevivieron. En el talento está la moral desde el trabajo.

No es nueva la polémica sobre el estilo de vida de las figuras del arte (o simplemente populares) que ganan seguidores. En la muestra de talento, en la entrega de un trabajo conmovedor e influyente, cimiento de miles posteriores, hay un sentido de conciencia moral del que es imposible escapar. Si el diablo está atrás de esto, más de uno dirá que no está haciendo mal todas las cosas. Como sea, queda sin responder qué es más trágico: si el destino, la suerte o el accionar cotidiano.

Una extraña cofradía de ídolos
El británico Brian Jones, entonces ex guitarrista de los Rolling Stones, murió ahogado en una piscina en 1969, después de mezclar sedantes con alcohol. Un año después, el estadounidense Jimi Hendrix, guitarrista, cantante y compositor imprescindible hasta la fecha, murió ahogado con su propio vómito, luego de combinar vino con somníferos. Días después murió Janice Joplin, la cantante de blues estadounidense, de la misma generación que Hendrix, por una sobredosis de heroína. Al año siguiente, en 1971, murió otro músico estadounidense con 27: Jim Morrison, el cantante y líder de The Doors. Determinaron la causa como una falla cardíaca súbita, aunque nunca le hicieron autopsia.

Pasaron unos años hasta que, en 1994 se suicidó el estadounidense Kurt Cobain, líder de Nirvana. A nadie se le ocurrió dejar fuera del club a Cobain, pese a haberse integrado a la tradición negra más de veinte años después que sus compañeros. Pero la bibliografía que circula inexplicablemente deja afuera al blusero Robert Jonhson por haber abierto el club unos años antes, en 1938. Quizá la explicación es que oficia de padre de los otros, pero parece un miembro olvidado del club sobre el que nadie da explicaciones.

Bien distinto es el caso de la cantante fallecida hace dos semanas con 27 años, Amy Winehouse, sobre quien se discute bastante si debería entrar al club o no. A su favor, se escuchan argumentos variados: desde el peso de su labor en el rescate del soul, hasta la idea de que su fama y la edad a la que murió deberían bastar para el ingreso. En contra se oyen dudas sobre el valor de su legado y comentarios sobre la obviedad de que a esta chica –adicta al alcohol y las drogas– se le avecinaba una muerte temprana.

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