8 de agosto de 2013 18:31 hs

Hay algo en el cine de Ingmar Bergman que lo hace universal y atemporal y, sin embargo, sus historias siempre encontraron una especial resonancia en el Río de la Plata, como si el sur de América Latina estuviera unido a ese país situado en el extremo del hemisferio norte a través de un hilo invisible. Recordado es el estreno en 1952 de Juventud divino tesoro, en el Festival Internacional de cine de Punta del Este y la influencia que ejerció Homero Alsina Thevenet, desde El Cultural de El País, en el elogio a un director que aún no gozaba del prestigio internacional que le llegaría años después.

Quizás por esto no es casual que uno de los trabajos más destacados del sueco, Escenas de la vida conyugal, esté siendo representada en Buenos Aires, con dirección de Norma Aleandro y protagonizada por Ricardo Darín y Valeria Bertucelli, y que una puesta de Álvaro Ahunchain suba a las tablas este viernes en el Teatro Alianza de Montevideo (Ver recuadro).

Bergman concibió Escenas de la vida conyugal para ser una miniserie de seis capítulos de 395 minutos, pero con posterioridad realizó una versión de 155 minutos para el cine, que se estrenó en 1973 y fue protagonizada por Liv Ullmann y Erland Josephson. Luego realizó una adaptación para el teatro.

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El filme cuenta la historia de Johann y Mariane (Juan y Mariana), una pareja sólida, que lleva 10 años de casados, que de a poco van desenmascarando un conflicto que culmina con su separación, luego de que él abandona a su esposa por una mujer más joven. A partir de allí ambos tienen encuentros esporádicos que irán redefiniendo las formas en las que se ven el uno a otro. En la película, Bergman traza con precisión de escalpelo y un talento absoluto las distintas formas en que las rutinas, las responsabilidades, el sexo, el tedio y la familia, van haciendo mella en las relaciones humanas.

Iletrados emocionales

La versión teatral en Argentina, con adaptación de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, representa un hito importante en la carrera de dos actores que han cimentado su fama en la televisión y el cine. La obra fue representada en Buenos Aires entre 1993 y 1994 por Alfredo Alcón y Norma Aleandro, en la que se considera la puesta más exitosa de esta obra en el mundo. La misma culminó en el Teatro Maipo, que reabrió sus puertas en 1994 con esta obra y que en la actualidad es el recinto donde se desarrolla la versión con Darín y Bertucelli.

Algo que sorprende es la veta humorística de la puesta de Aleandro, aunque no tanto si se tiene en cuenta a los actores, quienes tienen “la particular capacidad de darle profundidad a una comedia”, según señaló la directora a La Nación. Esta comicidad genera una sensación ambigua. Por una parte, deja de lado el costado más profundo, desgarrado y existencialista de la obra de Bergman, pero por otra ofrece un acercamiento que dista de ser vacuo y genera una empatía notoria con los espectadores rioplatenses, que no dejan de reír durante toda la obra y que incluso lanzan frases de indignación por algunas actitudes de los personajes.

Los actores cimientan bien esta relación a través de fragmentos en los que les hablan directamente a los espectadores y con diálogos que reflejan la neurosis psicoanalizada del porteño. A Darín y Bertucelli se los ve cómodos y cómplices trabajando juntos y ambos brindan muy buenas interpretaciones, aunque Bertucelli es la que más brilla, especialmente en los momentos dramáticos, más alejados de su excelente registro cómico habitual. La popularidad de ambos les juega a favor y en contra, porque es difícil olvidarse de Darín como estandarte de la argentinidad o ver a la actriz y no recordar a la Tana Ferro de Un novio para mi mujer. Pero, a la vez, la sensación es la de estar viendo a alguien conocido, lo que incrementa la experiencia voyeurística del espectador, que se potencia por la naturalidad de las interpretaciones y una escenografía y vestuario despojados aunque efectivos.

La obra es muy disfrutable y realiza un trabajo notable en redescubrir desde el humor el patetismo de esa pareja de “iletrados emocionales”, como los definía Bergman, sin abandonar el drama. Pero la sensación cuando se abandona la sala es que si bien se ha pasado un buen momento y se ha visto un excelente espectáculo, uno no se va con el corazón hecho un nudo y la mente convulsionada, como después de ver la obra de este cineasta. Hay algo de la hondura filosófica del sueco, algo de esa sensación de estar solos ante lo inconmensurable, algo de la deriva del individuo en un mundo determinado por la incomunicación que se perdió en el camino.

Funciones: de miércoles a domingo.
Precios: entre 150 y 220 pesos argentinos (entre $ 570 y $ 840)

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