Para retomar el análisis de la semana pasada –en mi artículo sobre los nombramientos al gabinete de Joe Biden–, a priori se antoja muy poco probable que su gobierno vaya a crear algún tipo de ambiente hostil hacia el régimen de Arabia Saudita, que dirige con mano de hierro el príncipe heredero MBS; o hacia el jeque abudabí MBZ, que gobierna de facto los Emiratos Árabes Unidos.
Ambos generosísimos donadores a campañas políticas, firmas de lobby y fundraisers norteamericanos, de ello se ha servido buena parte del establishment de Washington, del cual los demócratas, ciertamente, no han sido la excepción. Como mucho, se podrá esperar del gobierno Biden un leve tirón de orejas al saudí, por la brutal muerte de Yamal Jashogyi hace un par de años; y en todo caso, pour la galerie.
El que según varias versiones de prensa no estaría muy tranquilo es el egipcio Abdelfatah El-Sisi, a quien Donald Trump llamaba su “dictador favorito”. Tony Blinken, el elegido de Biden para el Departamento de Estado, ha sido estos años un duro crítico del régimen de El Cairo, al que en numerosas ocasiones ha fustigado por violaciones a los derechos humanos. Y aunque durante la campaña el hoy secretario de Estado en ciernes también tuvo duras palabras para con MBS y su conflicto en Yemen, en los últimos meses, y en particular desde su nombramiento, ha callado en siete idiomas. Todo indica que el cartón ligador ahí podría ser El-Sisi, a quien Blinken volvió a condenar duramente hace pocos días por el arresto de unos activistas de derechos humanos en El Cairo. Aunque habrá que ver también cómo maniobra el egipcio, que hasta ahora ha demostrado ser dueño de una gran muñeca diplomática.
Lo que sí suena un poco más probable es que les retiren a los saudíes el apoyo militar para la guerra en Yemen porque es algo que Biden prometió; sobre todo, que puso en negro sobre blanco en su artículo de Foreign Affairs.
Pero la realidad es que en este momento no hay lineamientos claros y la política exterior de Biden no deja de ser una gran incógnita. De hecho, a estas horas hay poderosas facciones dentro de su propio partido en una disputa silenciosa por llevar la voz cantante en la agenda internacional de su gobierno. Y aún queda por definir al jefe –o jefa– del Pentágono, donde Biden sigue teniendo problemas para imponer a su elegida, Michele Flournoy, duramente resistida por el ala progresista del partido. Más de una incógnita se va a despejar cuando por fin se defina ese cargo clave.
Otro tanto sucede con la otra interrogante que quedó pendiente del artículo anterior, el asunto que más directamente nos impacta, aquí en el sur del continente y en toda América Latina: la relación de Estados Unidos con China.
En este caso, la discusión se extiende a ambos partidos, y de hecho a todos los actores políticos relevantes del establishment de exteriores: Congreso, partidos, think tanks, comunidad de inteligencia, industria de defensa y los grandes medios; en particular, The New York Times, The Washington Post y Foreign Affairs, en cuyas páginas de opinión se debate el grueso de lo que habrá de ser la política exterior de Biden.
Qué hacer, se preguntan: ¿Dar un giro copernicano a la línea dura de Trump con Pekín y regresar a la política de cooperación preexistente? ¿Mantener en los hechos la política de confrontación total, pero suavizando los bordes, manteniendo un diálogo amable y dando la apariencia de colaboración? (Una suerte de geopolítica trumpista de buenos modales). ¿O adoptar un híbrido, una política de compromiso pero manteniendo la alerta competitiva a todo nivel, sin regresar a la cooperación ciega e indulgente de la era Obama?
Esta última opción, que en realidad es bastante más agresiva de lo que parece, es la que suscita mayor consenso en Washington; tan es así que ya tiene nombre: es la “competencia estratégica”, como si se postulara la doctrina de Washington para contener el ascenso chino en los próximos años.
El caso es que no todos están convencidos de que ese sea el camino, especialmente entre algunos demócratas. Pero la mayoría parece tenerlo claro. Al comentar en el Washington Post la nota de felicitación que enviara a Biden el presidente Xi Jinping, donde este le decía que hacía votos para que el nuevo equipo tuviera “un espíritu de no confrontación, no conflicto, respeto mutuo y cooperación ganar-ganar’”, Josh Rogin disparó que ese era el típico “doble discurso del Partido Comunista Chino para mantener a Washington callado sobre sus agresiones externas y represión interna”. Y recordó con humor un chiste que desde hace al menos 15 años circula entre los Washington insiders: cada vez que un funcionario chino habla de “cooperación ganar-ganar” significa que China gana dos veces.
Como sea, si tuviera que apostar hoy, pondría mis fichas a que la política de Biden hacia China será menos confrontativa y más previsible. Nadie espera una guerra abierta, arancelaria, tecnológica e ideológica como la que libró Trump contra Pekín. Pero que habrá una feroz competencia, al menos términos comerciales y en high-tech, póngale la firma. Y la cooperación a ciegas con la guardia totalmente baja quedará como una anécdota del pasado.