Herman, el hombre que mira tras la lente y encuentra lo preciso nació el 6 de marzo de 1923 en Allentown, Pensilvania. Era el tercer hijo de Joseph Leonarivich y Rose Morrison, dos rumanos judíos que probaron y consiguieron fortuna en los Estados Unidos. Leonarivich, después de cambiar su apellido por Leonard, fundó una empresa de confección de ropa femenina y basó su fortuna en tres pilares que consideraba ineludibles: iniciativa, horas y horas de trabajo y aprovechar lo bueno y lo malo que brindaba la educación formal de occidente.
Eleonora, la mujer de ojos brillantes y sonrisa apenas esbozada, que prende el cigarrillo y luego de dos pitadas fuertes lo apoya en el cenicero, nació el 7 de abril de 1915, en una cama del hospital de Baltimore que hubo que pagar anticipada. Para eso, su madre, Sadie Fagan, de 13 años, baldeó el piso, vació orinales y arrastró el carro de la comida de la sala de maternidad durante todo el embarazo. Su padre, Clarence Holiday, de 15, repartía diarios, juntaba las propinas de algún que otro mandado y, en los ratos libres, trataba de terminar la escuela.
El hombre que enfoca su 4X5 Speed Graphic y busca la luz detrás de la luz viajó, con apenas 7 años, por Sudamérica, y, con 12, a Palestina y Egipto. Fue en ese segundo viaje, junto a su madre, que llevó la primera cámara de fotos de su vida. Era un regalo de su hermano mayor, casi un pedido, una certeza. Todo lo descubrió a través del objetivo. Y sus “clicks” vencían esa timidez que lo dejaba mudo a la hora de conectar con lo desconocido. El mundo se presentaba, como siempre, endiabladamente complicado. La cámara era su modo de acercarse y comprender. Y fotografiando para sí mismo, comprendía lo incomprensible.
La mujer que termina de acomodar nuevamente su pelo en un rodete y se retoca la pintura de los labios para hacerlos más vibrantes aún, como si fuera posible, vivió en una vieja casa de mala muerte de la calle Durham (la calle con más ratas de todo el raterío de Baltimore). Su madre siguió trabajando de sirvienta en las casas más pobres de la zona para capear de alguna manera el temporal que significó la ida al ejército de su marido. Clarence, que tenía el sueño de ser trompetista, fue uno de los que respiraron los gases tóxicos destinados a hacer más cruel la crueldad de la guerra y se quedó con el sueño alojado en los pulmones infectados. Su esposa, Sadie, diría –como para corroborar la “buena suerte familiar”–, que, si Clarence hubiera querido tocar el piano, le hubieran machacado las manos a balazos. Para tratar de comprender lo incomprensible, Eleonora cantaba, bajito, casi en un susurro, para ella misma.
Herman fue el fotógrafo oficial del instituto en el que estudiaba. Allí, todo quedaba en sus fotos: las caras de sopor en los pesadísimos actos académicos, las risas bordeando la histeria de las reuniones sociales donde nadie decía lo que pensaba de la persona que tenía enfrente, barros y sudores de las competencias deportivas con las que sus compañeros en ebullición buscaban abrir las puertas de los cuerpos espléndidamente a punto de sus compañeras. Mientras todos los demás fotógrafos se escondían en su propio trabajo o en la posibilidad de llegar a la primera línea de fuego con una cámara en lugar de un fusil, Herman estudiaba. De la escuela pública de Allentown en 1940 a la universidad de Ohio, y de allí a la licenciatura en la única escuela de fotografía de todos los Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial lo envió a Birmania, pero no como fotógrafo: no supo qué contestar cuando le preguntaron la fórmula química del revelador que debía utilizar para las copias. Nunca lo supo, aunque lo usó mil veces y una vez más. Como ayudante del equipo médico militar, cargaba su máquina y lograba los primeros planos de un drama que se reflejaba en los ojos mucho más que en los estallidos.
Eleonora transcurrió su infancia entre los golpes de su prima Ida y la hidropesía de su bisabuela de noventa y pico que, sin saber leer ni escribir, conocía la Biblia de memoria. La medicina de entonces determinaba que, si la vieja se acostaba, moriría. Y entonces recitaba una historia tras otra de las Escrituras hasta que se quedaba dormida en su silla mientras Eleonora le cambiaba los trapos con los que le envolvía las piernas. Una noche, cuando terminó con la historia, la bisabuela le pidió que la dejara tumbarse un rato para descansar. Y allí fueron las dos, abrazadas sobre una manta en el piso, al calor de un nuevo relato bíblico. Cuando Eleonora despertó, la bisabuela la apretaba mucho más fuerte y más fría que de costumbre. Hubo que romperle el brazo para que la muerta la soltara. Pasado un mes entero de shock, donde no sabía ni cómo ni por qué ni para qué era todo lo que sucedía, empezó a lavar pisos y fregar palanganas en el burdel de la esquina de su casa. Muchas veces le pedía a la matrona Alice Dean, a cambio de su paga y rogando que no se lo contaran a su madre, que la dejara escuchar a Louis Armstrong y a Bessie Smith en la victrola del primer piso. Y cantaba bajito, para ella, siguiendo las piruetas de Satchmo y los blues de Bessie. Poco tiempo después la violaron. Tenía 10 años y fue a parar a un correccional. Allí, recibió un rústico uniforme azul y blanco, golpes y –como todas las internas, para que se les fuera el demonio del cuerpo– el nombre de una santa. Y entonces, por unos años, dejó de ser Eleonora, dejó de ser Billie, y fue Teresa.
Terminada la guerra, Herman volvió a Ohio. Siguió estudiando y fotografiando. Una tarde, en el laboratorio de química, uno de los dos flashes que usaba para sus tomas no se disparó. Una vez revelada, la comparó con las otras y descubrió que la luz dejaba de ser uniformemente plana y generaba la ilusión de hallarse frente a una imagen tridimensional. Supo que esa foto no saldría en el anuario de la universidad, que los editores la considerarían defectuosa. Pero supo, además, que había encontrado aquello que tanto tiempo había estado imaginando y buscando imaginar. Y también supo que su aprendizaje debería seguir por otros rumbos. Viajó a Canadá para pedirle al fotógrafo Yousuf Karsh que lo tomara como discípulo. Un año entero pasó retratando sin que nadie lo supiera a los personajes que posaban para que los retratara el maestro canadiense: Winston Churchill, Albert Einstein. Con Karsh aprendió que mucho de los mejores planos tenía que ver con la influencia que el fotógrafo ejercía sobre el estado de ánimo del fotografiado. Cuando el maestro se separó del alumno, cuando Herman tomó su Rolleiflex para dirigirse a abrir su estudio en Nueva York –Sullivan 220, Greenwich Village, sin ningún cartel a la vista–, Karsh sabía que ya eran dos iguales. Y de igual a igual le regaló una frase: “Decí siempre la verdad, pero hacelo desde la belleza”.
Eleonora había dejado atrás su nombre y ya era Billie. Se había cansado de limpiar pisos y había empezado a trabajar de prostituta; después se había cansado de trabajar de prostituta y buscó con desesperación algo que le permitiera pagar el alquiler. Llegó recorriendo los bares de la 7ª avenida hasta Pod’s and Jerry’s. “Soy bailarina”, dijo, y uno de los patrones (Pod o Jerry, ¿qué importa?) estuvo dispuesto a tomarle una prueba. El resultado fue tan desastroso que Pod o Jerry, entre risas, le preguntó si sabía cantar. “Claro –respondió–, eso no es nada del otro mundo”. Y Billie cantó.
–Nunca escuché a nadie cantar tan lenta y cansina y genialmente. Nunca escuché a nadie arrastrar así la voz. No es exactamente nostalgia o melancolía. Pero quizás lo sea. No sé qué es, pero hay que oírla –dijo Pod o Jerry a Jerry o a Pod.
Conociendo su pasión por la música, en 1947 le ofrecieron a Herman ser el musicalizador de un programa de radio de la emisora de la universidad. Herman vio la oportunidad de escuchar todo lo que le gustaba y, además, de ganar algo de dinero para seguir adelante con sus fotografías. Entonces, dijo sí. Su debut fue en uno de los conciertos Jazz at the Philarmonic en Columbus. Después vendrían Charlie Parker, Ella Fitzgerald, Stan Getz, Louis Armstrong, Miles Davis, Dizzy Gillespie, Duke Ellington.
Billie cantó y cantando maravilló a todos. Y para cantar para todos dejó de dormir. Y para dejar de dormir consumió todo lo posible para seguir en el sueño. Y cuando comprendió que estaba absolutamente enganchada en la droga, la dejó. Pero Billie sabía, siempre lo supo, que ser negra, cantante de jazz y ex drogadicta en los Estados Unidos era una culpa eterna. Por eso quizás no se asombró cuando apenas comenzado el año 1949, antes de una serie de actuaciones programadas en el Café Society Uptown de San Francisco, los federales la detuvieron. La prensa la fotografió, esposada, y fotografió también la droga encontrada en la habitación del hotel allanado. A nadie le importó que ella repitiera una y otra vez que ya no consumía nada. Nadie sospechó si la droga había sido plantada o no. A nadie se le ocurrió preguntarle a quienes acompañaban a Billie en la gira. Los titulares no perdonaron su pasado y reclamaron el presente: “Billie Holiday arrestada por tenencia de estupefacientes”.
Billie Holiday salió de la cárcel ese mismo año 1949 luego de un juicio en el que se comprobó su inocencia. Herman Leonard fue contratado por la revista Ebony para hacer una sesión de fotos con la cantante liberada.
Herman tocó el timbre en el modestísimo departamento de Billie en Nueva York. Billie abrió la puerta y sonrió. Llevaba el pelo recogido tirante en un rodete y un delantal para no mancharse mientras le cocinaba un pedazo de carne a su perro Míster. Siguió sonriendo mientras Herman disparaba su 4X5 Speed Graphic: Billie cocinando, Billie acariciando a Míster, Billie arreglando el florero sobre una mesa demasiado pequeña para no recibir a nadie. Y sonrió cuando Herman le dijo que quería una foto de ella cantando.
Billie y Herman cruzaron la calle y entraron al pequeño club de jazz. Billie se retocó la pintura de los labios para hacerlos más vibrantes aún, como si fuera posible. Herman recordó el segundo flash que no disparó en el laboratorio de química y recordó la frase sobre la verdad y la belleza que le confió Karsh. Billie prendió un cigarrillo, dio dos pitadas fuertes, lo apoyó en el cenicero, se plantó frente al micrófono, abrió sus manos y cantó (“claro, eso no es nada del otro mundo”). Herman supo que, detrás de su cámara, estaba descubriendo el jazz (“y era como saborear un caramelo por primera vez”). Entonces, Billie miró lejos. Y Herman la vio.
(Del libro Más que mil palabras, de Miguel Russo. Editorial Planeta)