Julio María Sanguinetti, Tabaré Vázquez y Luis Alberto Lacalle escucharon con atención. “Podrán aspirar a ser candidatos a presidente, pero si esto no se arregla no van a tener país para presidir”, les advirtió Jorge Batlle. Corría la noche del 1° de agosto de 2002 y la conversación en la residencia de Suárez y Reyes acababa de comenzar, según contó el periodista Claudio Paolillo en su libro Con los días contados.
Los líderes partidarios habían sido convocados por el presidente para informarlos de primera mano acerca del Fondo de Estabilidad del Sistema Bancario, un proyecto de ley que se había acordado en Washington y cuya aprobación era condición sine qua non para que Estados Unidos otorgara un préstamo puente de US$ 1.500 millones que permitiera reabrir los bancos.
El diálogo esa noche –el único conjunto a ese nivel en todo el gobierno de Batlle– refleja lo crítico del momento, y que más allá de las diferencias los partidos políticos asumieron su responsabilidad y permitieron que el barco no se hundiera.
Vázquez había sido el más votado en octubre de 1999 pero perdió con Batlle en el balotaje debido al apoyo que Lacalle le dio al candidato colorado. Pese a la enemistad histórica, los blancos trillaron el país pidiendo el voto por el colorado, lo que configuró la nueva coalición.
Los blancos
El acuerdo dio a los nacionalistas seis ministerios y varios puestos en los directorios de las empresas públicas, aunque no arrancó bien.
Desde el comienzo, Lacalle –presidente del directorio– se sintió ninguneado y para marzo de 2002 –con la crisis a punto de estallar– la relación ya venía cascoteada, principalmente por diferencias con la conducción económica colorada a cargo de Alberto Bensión (MEF) y César Rodríguez Batlle (BCU).
El principal crítico en la interna nacionalista era el senador y exintendente de Paysandú, Jorge Larrañaga, quien ya en abril comenzó a impulsar la idea de dejar los cargos, algo que se materializó en octubre cuando la salida estaba en marcha.
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Reunión del directorio del Partido Nacional
El 29 de abril, el directorio blanco tuvo un intenso y acalorado debate promovido por Larrañaga en el que discutieron sobre la posibilidad de abandonar el gobierno. La idea fue descartada, aunque Lacalle habló de “pensar en descolgar los cuadros” si no había grandes reformas en la Rendición de Cuentas, lo que fue un presagio de lo complicada que iba a estar la relación en los próximos meses.
En mayo, Larrañaga se opuso a votar un segundo ajuste fiscal enviado por el gobierno, y el 11 de julio durante una interpelación a Bensión votó con el Frente Amplio una moción en minoría que pidió cambios a la conducción económica.
Los puestos del ministro y el presidente del BCU pendían de un hilo y Batlle organizó una reunión con Sanguinetti y Lacalle en Suárez para analizar la posibilidad de hacer cambios. Los dos expresidentes estaban convencidos de que había que dar un golpe de timón y que los tiempos técnicos debían dejar espacio a los políticos, pero el mandatario no estaba convencido. Hubo llamadas el fin de semana y en la mañana del lunes, un vaivén que irritó a Lacalle.
El líder nacionalista decidió entonces hacer una catarsis colectiva en el directorio. La reunión comenzó a las 10:05 de la mañana. Bensión tenía pasajes para viajar a Washington esa tarde como jefe de la delegación uruguaya que iba a negociar con los organismos multilaterales el préstamo de salvataje.
Alberto Bensión renunció tras la quita del apoyo del PN
No llegó a subir al avión. Tras tres horas de discusión, los blancos decidieron retirarle el apoyo y debió renunciar.
Pocos días después, los nacionalistas levantaron sus manos para aprobar el Fondo de Estabilidad del Sistema Bancario.
La salida de la crisis empezaba a asomar, pero las diferencias continuaron y los blancos terminaron yéndose del gobierno en el medio de críticas internas y acusando a Batlle de incapacidad para decidir.
La oposición
El Frente Amplio sacó partido del descalabro aunque actuó con lealtad institucional para evitar males mayores.
La izquierda expuso sus diferencias entre radicales y moderados durante todo el proceso, pero también entre los tres líderes del momento: Líber Seregni, Tabaré Vázquez y Danilo Astori, que tuvieron varios cruces públicos y reproches en privado.
El FA interpeló dos veces a Bensión en el primer semestre y no apoyó la ley de acordada en Washington para reabrir los bancos, aunque Astori llegó a decir que si su mano era necesaria iba a levantarla pese a la disciplina partidaria, lo que le valió una dura crítica de Vázquez.
Vio con buenos ojos el nombramiento de Alejandro Atchugarry en el MEF porque venía de ser un respetado negociador en el Parlamento.
Tabaré Vázquez era el presidente del FA
Una de las discusiones internas refirió a la argentinización de las protestas – había quienes querían, como el tupamaro Jorge Zabalza, incentivar las protestas en las calles– algo que fue rechazado por los principales dirigentes. Durante los saqueos, Vázquez le comunicó a Batlle que iba a mantenerse en silencio para no “incendiar la pradera”.
Expresó que no había que hacer leña del árbol caído porque ese árbol era el Uruguay. Pidió por la unión de todos y remar juntos para salir lo antes posible.
Más allá del apoyo, el presidente de la coalición de izquierda pidió en 2003 ir al default y no pagar las deudas, una posición en la que también estaba el socialista Reinaldo Gargano, que tenía la bancada parlamentaria más numerosa, algo que fue fervientemente rechazado por Astori desde Asamblea Uruguay.