5 de marzo 2012 - 19:44hs

Es difícil conjeturar cuál fue el chispazo que disparó el fanatismo que Uruguay tiene por Marc Anthony. Quizá tenga que ver con la proliferación de los boliches con música tropical (de la extinta Azuka hasta nuestros tiempos, pasando por los bailes de referencia de la movida como la famosa IASA, el Interbailable o el también desaparecido Euskaro) o de los clubes de salsa, de la histórica difusión radial y televisiva de su música por diferentes programas y canales, o de que muchos de los referentes locales más importantes tomaran sus canciones para versionarlas.

En todo eso era posible pensar desde la primera canción de Marc Anthony, cuando el 95% del estadio Charrúa, repleto con 22.500 espectadores que agotaron las entradas varias semanas antes, comenzó a corear todas y cada una de las canciones del repertorio que el neoyorquino trajo a Montevideo por primera vez desde 1994.

En ese entonces, el ex marido de Jennifer Lopez y ocasional actor de cine era una joven promesa con un disco; ahora es el salsero que más discos ha vendido en el mundo en la historia del género.

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A casi 100 metros de ese escenario, desde el área de entradas generales de pie, por las que la gente pagó la friolera de $1.000 y desde la cual era imposible ver el escenario, la banda de Anthony –con 17 músicos, según lo que se comentó en el estadio– sonaba con la claridad de un disco y recordaba al espectacular paso de Juan Luis Guerra por el Velódromo de hace pocos meses. Eso con la salvedad de que Anthony no es Guerra en cuanto al manejo de escenario y músicos: lo suyo se circunscribe a algo más cercano al estilo de crooner tropical con una lujosa orquesta de fondo, algo que puede verse en varios videos suyos y de artistas similares. Una especie de José Alberto “El Canario” de alcance aun más masivo y con una propuesta algo menos pura o refinada.

Esto último no es necesariamente peyorativo: Anthony tiene la incuestionable habilidad de pulsar las fibras populares como pocos artistas latinos. Se comprobaba al ver a la gente, que todo el tiempo cantó, bailó y se sonrió a pesar del calor.

Sobre el escenario, Anthony desplegó una clase de artista al estilo de los programas como American Idol o The X-Factor: repertorio de movimientos al son de la orquesta, voz clara y perfecta con entonaciones emotivas y -al decir de los jurados- acting reflexivo, como sucedió en el caso de su versión de Y ¿cómo es él?, de José Luis Perales.

Entre constantes alusiones al recuerdo que le producirá ver a semejante muchedumbre en un país que no visita desde hace 17 años y fotos (le sacó tres al público, todas con flash), Anthony disfrutó de tener a la gente en el bolsillo y de hacerla cantar y explotar cada vez que se abría de brazos, cuando la orquesta cortaba la música en el momento exacto en que sus manos se abrían. La cámara siempre estaba pronta para captar en las pantallas su gesto de éxtasis y los momentos en que mostró a la gente las banderas de Puerto Rico y Uruguay.

Un colador
El concierto comenzó sobre las nueve y cuarto. Desde entonces, la inquietud se sintió en ese sector general de cancha por dos motivos: temperatura y visibilidad. La gente –que bien podría haberlo averiguado al momento de sacar la entrada, eso es cierto– tuvo que soportar además el darse cuenta de que compartiría el concierto con bastante más de un colado.

Es que muchos se metieron al Charrúa saltando por los techos del estadio y corrían por la cancha. Ahí cabía preguntarse por qué la seguridad no contenía a los que ingresaban de cualquier forma. Lo cierto es que los pocos efectivos que había allí lo intentaron y consiguieron algunas veces, pero entre ellos y la escasa presencia policial que había destacada en las cercanías, esa tarea era imposible. En el punto en el que se plantea la ecuación de concierto con entradas agotadas y escasa contención y seguridad, esto fue en contra del balance positivo de la noche. Espectadores de otras tribunas se sumaron al malhumor cuando vieron a muchos de los asistentes cansados del hacinamiento del sector cancha general tirar algunos alambrados y saltar los fosos hacia las tribunas en las que estaban otros espectadores que habían pagado lo mismo y hasta más que ellos. Ante la sed se podía hacer poco, ya que en la parte trasera de la cancha solo había un puesto de alimentos y bebidas que a la media hora de concierto ya había agotado las existencias de cerveza y refresco fríos.

Pero es necesario insistir: no había forma de encontrar alguna cara larga. Si asomaba alguna ante el intento frustrado de conseguir líquido allí estaba Anthony y su banda de cine encomendándose a algunos de los éxitos que han hecho explotar su carrera en los rankings y en discotecas : Y hubo alguien, Ahora quién, Contra la corriente o Valió la pena, el tema que abrió el concierto por todo lo alto.

La gente no precisaba nada más, aunque parece que hay que insistir todavía con pedirle a los productores locales que defiendan un poco más la entrada que hacen pagar a esos fanáticos. Gente que de todas formas se habría ido igual de feliz, incluso si la noche hubiera sido aun más complicada.

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