Una mirada muy a vuelo de pájaro puede develarnos la equivocada impresión de que el medio siglo de la fundación del Frente Amplio encuentra a la coalición en un punto similar al que dio inicio a su camino: desde el llano, acusando al gobierno de turno de aplicar políticas impopulares y con ciertas dificultades para lograr que su mensaje cale en el grueso de la opinión pública.
Eso es verdad, pero cincuenta años es mucho y resultaría tedioso narrar todo lo que padeció y celebró la coalición de izquierda desde su fundación un 5 de febrero de 1971. Basta con decir que el Frente Amplio gobernó el país durante los últimos tres lustros y en las alturas supo de las responsabilidades que conlleva el poder. Y alcanza con señalar que su retorno a la oposición encuentra al país y al mundo inmerso en un escenario de película en el que gobernantes y gobernados son acosados por una pandemia que ha sembrado miles de muertes, acorralando sociedades y paralizando economías.
Para la izquierda, como para todos, estos días son distintos a los que le precedieron como fuerza política. Porque todo cambia, su rol opositor no es, o no debería ser, el mismo que cumplió en la predictadura o en los años previos a su histórica llegada al gobierno en 2005.
Sin embargo, tras una pobre autocrítica que eludió algunos de los principales asuntos que lo llevaron a la derrota en las pasadas elecciones (escaso diálogo con los sectores más pobres, cierta desidia ante las protesta del sector agropecuario, poca empatía para entender los reclamos por los problemas de la seguridad pública), esta izquierda ya cincuentona anda a los tumbos en este casi primer año de regreso al llano.
Es así que la recolección de firmas para tirar abajo decenas de artículos de la Ley de Urgencia del gobierno de Luis Lacalle Pou y sus aliados, fue aprobada por la izquierda con el impulso principal del MPP y del PCU, pero con el desgano y hasta el rechazo de sectores como Asamblea Uruguay, Fuerza Renovadora, la Vertiente Artiguista y el Partido Demócrata Cristiano.
Pese a la decisión tomada, varios dirigentes del Frente reconocen que las demandas populares han cambiado con el paso de los años y que, además, hay asuntos que no suelen despertar el interés de la mayoría de la gente.
Y, sin decirlo públicamente, señalan que decenas de artículos de la LUC cuestionados (como los que permiten cambiar de compañía de celular sin modificar el número, o ponerle un límite al gasto público, o declarar ilegítimos los piquetes que impiden la circulación, o aumentar las penas para ciertos delitos cometidos por adolescentes) resultan minúsculos o incluso agradables para muchos uruguayos.
La coherencia en el accionar de la izquierda estuvo signada en buena parte de su historia por personalidades fuertes como las de los ya fallecidos Líber Seregni y Tabaré Vázquez. Y es lógico que esa orfandad, que no pueden resolver los liderazgos en retirada de José Mujica y Danilo Astori, complique el andar de esta fuerza política cada vez más tradicional pero que quiere seguir mostrándose como la alternativa al otro bloque político que supone heredero de quienes, según cree, son los culpables de muchos de los males que hoy padece la sociedad.
Para peor, la pandemia, que le está complicando la vida al gobierno en sus objetivos económicos, también supone un desafío histórico para la izquierda. Ya atravesó un dilema similar cuando la crisis económica del 2002 la hizo oscilar entre un apoyo crítico y un rechazo casi tajante a la salida propuesta por Jorge Batlle en aquellas horas lamentables.
Desde los partidos tradicionales aún se le cobra al Frente Amplio, por entonces capitaneado por Vázquez, una supuesta apuesta a la teoría del “cuanto peor mejor” para que el gobierno colorado se quedara sin apoyo y sucumbiera a los avatares de la crisis.
Ahora, esta otra crisis provocada por el covid parece estar marcando una nueva línea divisoria en la izquierda que sus dirigentes no han podido difuminar.
Buena parte de la coalición –incluida la intendenta de Montevideo, Carolina Cosse–, está pidiendo medidas más restrictivas de la movilidad aunque estas afecten fuentes de trabajo que, a esta altura de la pandemia, son imprescindibles para mucha gente. Es decir, pensando en la salud o en tomar distancia del oficialismo cada vez que se pueda, la izquierda expresa opiniones ambivalentes en su declarada intención de defensa de los más humildes.
Algo de esto entrevió el intendente de Canelones, Yamandú Orsi, uno de los dirigentes que ya se aventuran como presidenciables en la próxima elección, cuando dijo que el manejo de la pandemia por parte del presidente Lacalle Pou ha sido “aceptable” y “prudente” y llamó a evitar “salir al descampado a pegarle a todo lo que se mueve en un momento tan raro donde los gobiernos se equivocan".
En declaraciones al programa Las cosas en su sitio de Sarandí, Orsi dijo además que este es el peor momento para tomar medidas más restrictivas. “La gente está cansada y la plata ya escasea. Para mucha gente quedarse en casa es un lujo porque no tiene cómo salir a buscar el pan para su familia", recordó.
Hablando en plata
Por otro lado, el Frente Amplio encara este aniversario con sus arcas menguadas por la caída de los aportes monetarios de militantes y dirigentes que perdieron sus cargos en el Estado.
Por eso lanzará una campaña de finanzas denominada “Al Frente Amplio lo financia el pueblo”, retornando a los días en los que la izquierda andaba ayuna de todo cargo público. Los aportes, en armonía con estos tiempos modernos, se podrán hacer por medio de débito automático, con tarjetas de crédito o a través de redes de cobranza.
Medio siglo después de su creación, el Frente Amplio sigue siendo una buena noticia para un sistema político que, hasta la década de los 70, se había convertido en un recurrente pase de mano entre colorados y blancos. Y los frenteamplistas pueden festejar varios logros alcanzados por sus tres gobiernos, logros que incluso son reconocidos por algunos de sus adversarios.
Pero si se pone la mirada en este febrero de 2021, la izquierda debería preocuparse u ocuparse por el presente además de soplar velitas. El Frente Amplio sobrevivió a la feroz dictadura que intentó destruirlo, creció en la oposición, logró llegar al gobierno, mandó durante tres lustros y aún mantiene un altísimo respaldo popular. Pero perdió las últimas elecciones, y las perdió, entre otras cosas, porque una franja nada despreciable de los sectores más desprotegidos de la sociedad no le renovó el crédito. Para un partido ya veterano en estas batallas de la política, y que se siente depositario de la voz del “pueblo”, significaría un signo de madurez hacer un alto en los festejos y preguntarse seriamente por qué la mayoría de los uruguayos le dio la espalda.