Faulkner (1897-1962) es de esos escritores que, como James Joyce, solo admite dos sentimientos: se lo ama o se lo detesta. Por suerte son más los primeros que los segundos, lo que ha permitido que su obra se siga reeditando regularmente y que se vaya ampliando con nuevos documentos, cartas, notas perdidas, o fotografías inéditas como las que se publican en estos días conmemorando los 50 años de su fallecimiento.
La suya fue y es una literatura única, sin influencias directas que se puedan rastrear más allá de los gustos personales que confesó el autor, que iban desde la lectura obligada de El Quijote de la Mancha al Antiguo Testamento, pasando por varias de las obras de Shakespeare, Dickens, Conrad y la creación mágica de su compatriota Herman Melville, Moby Dick.
Hijo pródigo del sur profundo de los Estados Unidos, de ese sur que perdió la guerra civil y la gloria, fue testigo y plasmó en memorables y espesas novelas la decadencia de una raza de terratenientes blancos que fueron dueños y señores de esas calurosas y ricas tierras productivas.
Tierras fértiles que sin embargo se transforman en lodo, bajo la mirada de Faulkner, en barro sucio que enchastra los zapatos y el alma de cada uno de sus personajes.Faulkner registró como nadie esa “voluntad de vivir”, ese latir que distingue y eleva al ser humano, y creó para ello un estilo de escribir que muchos definen como sublime, compuesto de monólogos interiores, saltos en el tiempo y múltiples puntos de vista, todo encadenado férreamente por su prosa imponente, criptográfica y rica, hipnótica y sorprendente por su fuerza arrolladora.
A pesar de tanta palabra y detalle, Faulkner tiene también momentos de lucidez extrema e insólita profundidad para sondear el alma humana. Logra imágenes de tal intensidad que lo elevan por sobre sus contemporáneos.
Es raro como a veces necesita de 100 páginas para delinear un personaje y sin embargo, en otro momento, es capaz de centrarse y definirlo perfectamente desde otro ángulo con tres adjetivos en un párrafo, o describiendo lo que transmite su mirada.
También logró, inspirado por aquel Ulises moderno que tanto le gustaba, hacer del tiempo algo tangible y lo convirtió en espacio, casi en personaje. Forjó así una mitología apoyada en un territorio inventado por el mismo: Yoknapatawpha, donde conviven 6.928 blancos y 9.313 negros en unos 6.000 kilómetros cuadrados.
Sus personajes, sus tramas y temas, tienen siempre algo violento, una brutalidad ancestral que emana del pasado o de la tierra misma, y que se refleja siempre en la conducta de los hombres y mujeres que pueblan su complejo universo literario.
Los asesinatos, las violaciones, el incesto, la traición, el odio, son comunes en sus novelas, y le complicaron la vida a Faulkner, que debió enfrentar la condena o la indiferencia de una sociedad eminentemente puritana. Tal fue así que el escritor no logró una estabilidad económica hasta que ganó el Premio Nobel en 1949, a pesar de que antes había colaborado como guionista para Hollywood en películas como Tener y no tener y El sueño eterno que le habían reportado algún dinero.
Novelas como El sonido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), ¡Absalón, Absalón! (1936), Las palmeras salvajes (1939) o El villorio (1940) lo convirtieron en un narrador ineludible.Escritores como Gabriel García Márquez o Juan Carlos Onetti, le profesaron su admiración y lo tomaron de modelo. Macondo y Santa María son, si no copias, espejismos de Yoknapatawpha, reflejos de esa idea.
Los dos escritores admitieron que aprendieron de este hombre más que de cualquier otro del oficio, y Onetti llegó a decir que después de leer cinco páginas de ¡Absalón, Absalón! pensó en dejar de escribir.
Finalmente, a 50 años de su muerte, solo quedan sus libros; libros como ya no se escriben, titánicos, grandiosos. Faulkner vivió aferrado a una botella de whisky gran parte de su existencia (como Fitzgerald, como Hemingway, como toda esa generación de alcohólicos) y su vida privada no fue para nada extraordinaria.
Aun así, aquel pequeño americano con pinta de inglés y ridículo bigote, se las ingenió para ser inolvidable con finales como este: “No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la ceremonia dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena”.