Por Robin Harding
El sueño de trabajar "afuera" por el coronavirus no destruirá las ciudades
El idilio imaginado del teletrabajo rural no es más que una quimera económica
El idilio imaginado del teletrabajo rural no es más que una quimera económica
Por Robin Harding
Trabajar desde la casa durante el brote de covid-19 ha dado a luz un sueño y una pesadilla.
El sueño es mudarse al campo y seguir ganando un salario ejecutivo; hacer negocios mientras se poda el jardín; conseguir prospectos desde un chalet de esquí; o hacer las cuentas antes de un paseo por la playa. La pesadilla — oficinas abandonadas, restaurantes vacíos y valores de propiedad en colapso — es para aquellos que tienen propiedades en, y dependen de, las ciudades.
La ‘ruina’ urbana ha sido profetizada muchas veces antes — por ejemplo, después de los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York — pero las videoconferencias a través de rápidas conexiones de Internet hacen que parezca más posible esta vez. “La ciudad de Nueva York está muerta para siempre”, según el ex administrador de fondos de cobertura James Altucher.
Pero aunque el miedo es comprensible, ignora las vastas ganancias en salarios y en productividad fomentadas por las ciudades, las cuales surgen en formas que el teletrabajo no puede replicar. Vende tus propiedades y múdate al campo bajo tu propio riesgo. La ciudad volverá a resurgir.
El hecho de que las ciudades aumentan la productividad está bien documentado. Una duplicación del tamaño de la ciudad aumenta la productividad per cápita entre un 3 y un 8 por ciento, dependiendo del país. Eso implica que una persona en una ciudad de 16 millones de habitantes producirá casi un 30 por ciento más que una persona en una ciudad de 500,000 habitantes.
La densidad urbana, así como el tamaño de la ciudad, también tienden a impulsar la productividad. Una mayor productividad laboral conduce a salarios más altos, compensados, en un mayor o menor grado, por el costo de la vivienda urbana.
Sin embargo, la productividad no ha colapsado durante la pandemia de Covid-19, a pesar de que los trabajadores han estado encerrados en sus hogares.
¿Quizás, entonces, la ciudad es sólo una colección de personas altamente educadas y la oficina una forma de coordinarlas? Después de todo, si los miembros del personal pueden verse, hablarse entre ellos y trabajar en documentos compartidos a través del Internet, ¿existe alguna necesidad de proximidad física?
La evidencia acerca de exactamente cómo las ciudades aumentan la productividad sugiere que sí la hay.
Una razón es que los trabajadores aprenden en las ciudades. Los economistas Jorge de la Roca y Diego Puga monitorearon a personas que se mudaban entre ciudades grandes y pequeñas. Aproximadamente la mitad de su ganancia en productividad provino simplemente del hecho de trabajar en una ciudad más grande.
Pero la otra mitad se acumuló con el tiempo conforme el empleado aprendía: si regresaba a una ciudad más pequeña, también conservaba esa parte de la ganancia de productividad. En una ciudad grande, tú puedes trabajar con los mejores, tus errores son señalados por tus jefes y puedes descubrir qué se necesita para ser de nivel nacional o mundial. Trata de hacer eso en Zoom.
Las compañías también aprenden. Un trabajador contratado de tu rival en la misma calle brinda una nueva perspectiva acerca de cómo hacer las cosas. Una ceremonia de premiación con tus competidores te motiva a mejorar.
Es por eso que, cuando un área gana una nueva planta de fabricación, la productividad de los rivales locales aumenta en un 12 por ciento durante los siguientes cinco años, según estimaciones de Michael Greenstone, Richard Hornbeck y Enrico Moretti.
Las ciudades grandes posibilitan una multitud de servicios especializados y una mejor correspondencia entre los trabajadores y los puestos de trabajo, y entre las empresas y los clientes. Un operador de derivados en Louisville, en Leeds o en Lyon seguramente encontrará un uso para sus habilidades, pero es poco probable que sea tan productivo, o bien pagado, de lo que sería en Londres, en Nueva York o en Singapur.
Tampoco se trata solamente de trabajo: para la educación, para la medicina e incluso para el romance, hay muchas más oportunidades en la gran ciudad.
Por último, las ciudades promueven la innovación. Existen varios estudios de las agrupaciones tecnológicas que muestran cómo los inventores tienden a vivir cerca los unos de los otros.
Un estudio reciente de David Atkin, Keith Chen y Anton Popov ha utilizado datos de ubicación de teléfonos móviles para mostrar cómo el hecho de que los trabajadores de Silicon Valley se topen los unos con los otros en cafés conduce a un aumento en las citas de patentes por parte de sus empresas. Las compañías de videoconferencia, en cambio, han hecho todo lo posible por proteger sus llamadas contra los encuentros fortuitos.
Todos estos efectos funcionan con el tiempo. La red existente de correspondencias de trabajo y de conocimiento corporativo no desaparece durante unos pocos meses de trabajo desde la casa. Eso ayuda a explicar por qué la productividad de la oficina se ha mantenido durante la pandemia de Covid-19. Pero el nuevo aprendizaje, la innovación y la correspondencia sólo pueden darse cuando se reanude la vida urbana.
Otras razones para vivir en la ciudad son las comodidades de tener mayor acceso al arte, a la música, a la comida y al teatro. Éstas puede que sufran un mayor daño a largo plazo debido al Covid-19. Como resultado, las personas que viven en las ciudades únicamente por esas comodidades y no por las oportunidades económicas, como los jubilados, puede que opten por irse.
Pero, en la medida en que se vayan, debiera reducirse el precio de la vivienda urbana, atrayendo a los jóvenes que están allí por los empleos.
Finalmente, todo depende del Covid-19. Todos los mecanismos que hacen que las ciudades sean tan productivas siguen ahí, pero están inactivos hasta que de nuevo sea posible ir a la oficina, asistir a una entrevista de trabajo o reunirse en el café.
Si la pandemia fuera la primera de muchas, o si la infección por el coronavirus continuara siendo una amenaza constante, entonces las ciudades estarían en dificultades. Pero toda la experiencia pasada sugiere que, con el tiempo, habrá un tratamiento, una vacuna o la pandemia desaparecerá por sí misma.
Una vez que eso suceda, las fortalezas de la ciudad se reafirmarán y todos regresarán a la oficina. En la ciudad, disfrutarán de una vida productiva y soñarán, ocasionalmente, con lo agradable que sería trabajar desde la casa en el campo.