Billy Wilder dejó además de una decena de películas memorables varias frases para el recuerdo. “Si hay algo que odie más que el que no me tomen en serio es que me tomen demasiado en serio”, dice una de ellas, que trasluce esa especie de ligereza bien cimentada que hacía tan efectiva a sus comedias. Con el estreno de Vino para robar, de Ariel Winograd, es agradable ver cómo el cine comercial argentino intenta seguir este consejo, aunque mal no sea haciendo uso de viejas recetas de Hollywood.
Bertuccelli se luce jugando a ser una especie de Audrey Hepburn, con menos glamour pero con ese toque neurótico aporteñado que la actriz explota con gracia como ninguna otra. Hendler cumple en su rol, en el que explora una faceta más moderada y segura de sí misma que en sus papeles habituales. La química entre ellos es buena, aunque a Hendler no le hubiera venido mal una pizca más del chanta simpático, al estilo George Clooney, que permitiera que la relación entre ambos fuera más juguetona.
El filme también se nutre de un muy buen elenco. Son desopilantes algunas escenas, como la de un banquero que exorciza su culpa materialista haciéndose seguidor de Ravi Sankar (Alan Sabbagh, un habitual de Winograd), Leyrado bailando en la bodega con el bastón, o las de otro de los actores fetiche del director, Martín Piyoransky, quien se roba la película en su papel de socio geek de Hendler.
El filme, además, está apoyado en una muy buena factura técnica, con fotografía de Ricardo De Angelis (Un lugar en el mundo), que hace un inteligente uso de la belleza del paisaje y las locaciones de Mendoza, y la buena banda sonora de Darío Eskenazi y Lucio Godoy.
Acaso lo que sí pueda objetársele al filme es su constante preocupación por ponerse en contacto con las películas en las que se inspira, algo que queda claro en los planos, los personajes, los diálogos o incluso en referencias demasiado evidentes, como la remera que usa Bertucelli de North by Northwest (Intriga internacional). Llega un punto en que el juego parece agotarse y Winograd no lo abandona a tiempo. Pero de todos modos, Vino para robar es una película recomendable, que no se toma demasiado en serio pero que sirve como buena referencia para empezar a tomar en serio a su director.