Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

Cuando nada sabemos y The shining

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17 de noviembre de 2019 a las 05:00

Cuando nada sabemos

Estimado Leslie:

Si yo me caracterizo por convertir casi todos los temas en un elogio de la Filosofía, usted  tiene un talento especial para incitarme a pensar y pensar. Tanto que, llegado el momento de escribirle, lo que más me cuesta –¡y entusiasma!- es conectar las ideas dispersas para “bajarlas a tierra” y responder oportunamente a sus cartas.  Por eso quisiera agradecerle una vez más este estímulo que me dispensa. Es que, discúlpeme la discrepancia, pero yo pienso que la razón crítica es una guía fundamental en cualquier camino hacia la sabiduría. Quizás se deba a que yo sí siento que necesito a la Filosofía, y también a que no concibo a Atenea solo como la diosa olímpica que narran los mitos, sino como una fuerza espiritual que nos sostiene en la incertidumbre y mitiga su malestar. A veces la sabiduría está en reconocer que nada sabemos, e incluso disfrutarlo. Y es probable que, de todas las formas de saber, ésta sea la más difícil ¡por lejos!


Su pregunta respecto al fin y al principio de todo lo existente me condujo a la frase de Antoine Lavoisier, “Nada se pierde, todo se transforma”.  Porque, si bien es cierto que la muerte representa el fin de nuestra estadía, tal como somos, en esta vida, no puedo tener certeza de si es o no el principio de alguna otra. Sin embargo, lo que sí puedo asegurarle es que he tenido experiencias que confirman la sentencia del “padre de la química moderna”. Impresiones de que lo que ya no está persiste en lo que le sobrevino. Esto me pasa, por ejemplo, cuando visito el “Punta Carretas Shopping”, un centro comercial aquí en Montevideo, que hasta hace no mucho tiempo fue una prisión de máxima seguridad. Allende al posible paralelismo entre un shopping y una cárcel como símbolos de privación de la libertad (una analogía que podría ser un manjar intelectual para un pensador como Byung Chul Han), no puedo evitar sentir una sutil pero perspicaz opresión cada vez que voy allí de compras o de paseo. Se trata de una sensación particular, bien diferente a la que puedo experimentar en cualquier otro centro comercial, incluso en los más enrevesados donde uno pierde fácilmente la noción del espacio y del tiempo.  


Lo que antaño fueron lúgubres celdas, ahora son coloridos locales comerciales. Sin embargo, créame cuando le digo que se puede oler un aroma a encierro y melancolía, adusto y gris, infiltrado en el jolgorio típico de un lugar al que se va a gozar de los placeres que nos ofrece esta “sociedad del entretenimiento”.  Como si los calabozos persistieran, aunque ocultos a nuestros ojos incapaces de captar lo que existe más allá de lo manifiesto. Como un espíritu que va adquiriendo diversas formas a lo largo del tiempo, y que entonces no tiene comienzo ni final.  


Quizás deberíamos ser un poco más platónicos, y aceptar la posibilidad de que el ser de las cosas sea algo más de lo que nuestros sentidos pueden discernir y confirmar. Y quizás, también, deberíamos cuestionarnos nuestra concepción lineal del tiempo, donde todo debe tener un principio y un final, y el ser de las cosas es lo que subsiste entre los dos extremos de esa línea temporal. De hecho, le confieso que a veces pienso que esta concepción representa nuestra más profunda desconexión con el orden de la Naturaleza, principalmente cíclico o circular, de donde Lavoisier infirió su veredicto. Una desconexión que, vista de esta manera, no es sólo veleidosamente antropocéntrica sino, más aún, claramente irracional.  


Pero lo peor de todo, Leslie, es que esta representación minimiza la posibilidad de concebirnos como algo más que un cuerpo y un alma que aterrizan en esta vida en el nacimiento, y con la muerte vaya a saber a dónde van. Así,  pienso que deberíamos ponderar la posibilidad de que seamos, además, espíritu que impacta y afecta, dejando un vestigio indeleble en esta existencia perecedera.  Entonces la muerte no es ni fin ni comienzo, sino transformación.  Y el ser invisible de todo lo transitorio se deja vislumbrar en lo que lo que viene después, como el resuello de la cárcel en el shopping, y el espíritu de los padres en sus hijos.  
Pero lo admito; aunque razonable, esto es solo una fascinante suposición. Y por eso le ruego me disculpe, Leslie, ya que acerca de la “existencia real” de un principio y un fin de todo nada sé,  y nada puedo asegurar.

The shining

Estimada Magdalena:

or usar un verbo que le resultará familiar, le confieso que la descripción de un universo que se recicla a sí mismo, como un gigantesco organismo, produciendo distintas versiones contenidas unas en otras como matrioskas infinitas -pero no sucesivas-, me ha estresado por completo. Además, no da usted ninguna pista acerca de si eso obedece a un logos, a una razón superior, o si es una curiosa arbitrariedad autosuficiente, como la planta de residuos cloacales que instaló Bill Gates en Dakar.

Me ha interesado mucho, en cambio, por estar más al alcance de mis limitadas entendederas, lo que cuenta de la antigua cárcel de Montevideo. A ese tipo de caminos no del todo intelectuales me refería yo cuando le decía hace unos días que no sólo con el pensamiento se llega a la verdad.

No piense que la estoy asemejando al pequeño Danny Torrance de la novela de Stephen King, que a medida que recorría el hotel con su triciclo percibía ecos, resplandores de los crímenes horrendos que se habían cometido allí. Pero entiendo perfectamente que un ser humano, sobre todo una mujer como usted, pueda escuchar esos muros carcelarios, su historia, sus historias, su tristeza, su dolor y sus casi siempre defraudadas esperanzas.

Nada de eso desaparece nunca del todo: lo que ha sido pervive en lo que es. Antes de que usted nos contara sus resplandores en la cárcel, el poeta español había escrito: Todo pasa y todo queda

Es absolutamente imposible, en esta vida, tener una idea adecuada de la muerte. No sólo porque la muerte es inadecuada al hombre, sino porque como dijo un sabio, “sólo se puede comprender aquello de lo que se tiene una cierta experiencia”. Todo en la muerte y en el Más Allá es experimentalmente hipotético.

Sólo cuando lo vivamos lo podremos comprender. ¡Esto justifica que haya usted abandonado, por un día, los arduos silogismos con que suele construir sus cartas semanales, y se haya entregado a manos de la poética, para proyectar tiempos no lineales, abandonar perspectivas antropocéntricas y acuarelar los contornos otrora más rígidos de su filosofía! Me detengo en dos hipótesis suyas.

Una: que el quedarse y pervivir de las cosas sería una suerte de proceso circular, no lineal. Dos: que la perspectiva del hombre (antropocéntrica) en este proceso, no se justifica.

Empezando por el final, me pregunto si es físicamente posible hablar con interés de la muerte y del Más Allá abandonando la perspectiva existencial y personal, antropocéntrica. No se trata de una cuestión abstracta, de un cálculo de probabilidades: se trata de que yo voy a morir. Kierkegaard advirtió el interés infinito que para el hombre tiene esta cuestión, por encima de cualquier otra, incluidas las teorías de Lavoisier.

Pienso, además, que ese ser que, según dice Magdalena, “subsiste entre los dos extremos de una línea temporal”, no es una concepción arbitraria que nos aparta del orden de la Naturaleza. Ni siquiera es propiamente una concepción del ser, sino nuestra única manera de conocerlo. Si hay otras, no pasan de ser hipótesis incomprobables, más oscuras aún que la muerte o la vida eterna.

La posición del ser en una línea de tiempo sucesiva, lo hace significativo. El hecho de que el pasado no pueda reescribirse -en contra de lo que proclamaba uno de los principios sagrados del IngSoc en 1984- nos hace dueños y responsables de nuestros actos y nos rescata así de la gran indiferencia cósmico-lavoisierana.

Una vida personal única, primero en el tiempo sucesivo y luego en la eternidad no-sucesiva, es congruente con nuestra experiencia. Durante el tiempo construimos, ladrillo a ladrillo, con el sudor de la frente, nuestro ser. Cuando el tiempo llega a su término, somos lo que hemos construido, para siempre. La muerte es ese instante en que la existencia termina de ser construida y tomamos posesión de nuestra casa.

Como en los besos del epígrafe de mi carta, hay un crescendo que implica linealidad. Hasta llegar a la explosión final, a lo que Tolkien llamaba la Eucatástrofe (literalmente: una catástrofe buena): el definitivo giro de los acontecimientos que salva al protagonista del terrible destino que habría supuesto la muerte, y convierte lo que habría sido el oscuro final en el claro, clarísimo, principio.

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