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Cuidado: la inmigración no es reversible

La creencia de que la mera apertura a una inmigración generosa y enriquecedora es simplemente una tontería dialéctica

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03 de mayo de 2018 a las 05:00

Se está analizando la posibilidad de implantar algún tipo de sistema de visados para la inmigración. Parece una medida imprescindible, pero para encararla, es fundamental empezar por el principio, o sea por diseñar una política poblacional o revisar a fondo la actual, algo de paso muy necesario en este momento global.

Esta columna ha analizado el tema cuando se comenzó a sugerir que la solución del problema del sistema jubilatorio pasaba por aumentar la población vía la promoción de la afluencia de extranjeros al país, que supuestamente engrosarían las filas de aportantes al sistema.

Algo similar a traer extranjeros para transformarlos en contribuyentes que aporten a la financiación del gasto del Estado.

Para eliminar la ideología del buenismo y el solidarismo universales de la discusión –y cualquier acusación superficial de segregación– supóngase en una primera etapa del análisis que por alguna magia, todos los uruguayos que andan por el mundo decidieran regresar y que además, una gran cantidad de chiquilines residentes cumplieran de pronto 25 años. Imagínese que de ese modo aparecieran a lo largo de cinco años 300 mil nuevos orientales en condiciones de trabajar.

La más ortodoxa teoría económica capitalista (la marxista no es una teoría sino un panfleto) dice que esa masa tiene necesidades que deben ser satisfechas, y consecuentemente generan una nueva demanda. Esa demanda de bienes y servicios gatilla a su vez una demanda de trabajo que creará nuevos empleos, más producción y riqueza.

El efecto es entonces una mayor inversión para satisfacer la producción de esos bienes y los jóvenes consiguen empleo, reactivan la economía y salvan al sistema jubilatorio. Listo. Tema resuelto.

Pero el diablo está en los detalles. ¿O Smith? Para que el sistema funcione tal como se ha descripto, los nuevos participantes deberán traer recursos propios –o sea dinero– o en su defecto ganarlo de algún modo, preferiblemente trabajando. Por eso algunos países con menos sensibilidad pero con más inteligencia que los rioplatenses, suelen exigir que los inmigrantes ingresen con cierta suma de divisas, para asegurarse el comienzo del ciclo virtuoso. Como el ejemplo se refiere a orientales, vamos a omitir el requisito de que aporten algún ahorro para ingresar. Queda entonces como única alternativa que esos nuevos residentes se pongan a trabajar para vivir. Con perdón.

En un mercado laboral abierto, en primera instancia esa decisión aumentará la oferta laboral y los recién llegados competirán con los actuales empleados bajando los salarios y aceptando condiciones menos favorables, lo que redundará en una baja general de costos laborales. Y como con el dinero que ganen generarán una demanda adicional, aumentará la producción y con ello la demanda de mano de obra, con lo que no se producirá desempleo y todos los salarios terminarán reacomodándose nuevamente al alza, en breve síntesis.

Pero como el mercado laboral local no es abierto ni flexible ni móvil ni libre, sino todo lo contrario, nada de eso ocurrirá. Como tampoco ocurrirá la inversión que se precisaría, por la falta de un ambiente fiscal propicio. Se dirá que la teoría ha fracasado, cuando en verdad lo que habrá fracasado será la realidad. En ese escenario, la mayoría de esos nuevos protagonistas recién llegados sólo conseguirán malos y escasos trabajos marginales, informales y miserables y por supuesto, la economía no crecerá por su sola presencia, con lo que terminarán engrosando el gasto del Estado en subsidios y planes, lo que concluirá a su vez empeorando a la sociedad y el nivel de bienestar.

A poco que se analice esta descripción, se notará que no admite opinión alguna: simplemente ocurrirá eso por una cuestión de lógica elemental. Salvo el caso excepcional de que alguno de los recién llegados tuviera una habilidad especial, una capacidad extraordinaria o escasa, en cuyo caso se insertaría exitosamente, y aportaría a la economía general. Porque no tendría competencia en su rubro, o sería muy poca.

Ahora reemplacemos en el ejemplo a los orientales adicionales por inmigrantes de cualquier origen. Rigen las mismas condiciones, las mismas limitaciones y los mismos resultados. Pero en el caso de los extranjeros, el Estado no tiene la obligación moral o constitucional de crearse un problema que no tiene. Por eso, países que siempre se usan de modelo para todo, como Canadá o Australia, tienen reglas precisas y a veces obsesivas en la admisión de migrantes, que van desde la selección limitada a profesiones que el país necesita, al requerimiento de exhibir una suma de dinero para poder ingresar, a la obligación de que alguna empresa local certifique que el inmigrante tiene alguna habilidad especial que no se encuentra en plaza, (Estados Unidos) hasta la inimaginable exigencia australiana de que cada extranjero que se radique deba rendir examen a los cinco años para demostrar que ha adquirido la cultura de los naturales.

Con tales elementos de juicio, y sin entrar a analizar características positivas o negativas de determinadas nacionalidades (de las que Uruguay tiene algunos tristes ejemplos recientes) parece quedar claro que la creencia de que la mera apertura a una inmigración generosa y enriquecedora es simplemente una tontería dialéctica. Con el agravante de que tiene además serios costos económicos y sociales, porque el mismo sistema que dice defender la libertad de circulación y radicación para las personas, no está dispuesto a garantizar libertad en las contrataciones laborales, contrasentido carísimo.

Por eso es que cualquier política poblacional debe contener requisitos mucho más precisos y excluyentes que los actuales para la radicación, que se relacionen con la formación, patrimonio, capacidades o habilidades de los postulantes y sus futuros aportes a la sociedad uruguaya. Salvo que se quiera importar un alto porcentaje de marginales directos, lo que suena suicida.

A esta altura de la argumentación, suele surgir el comentario de que "estos inmigrantes vienen a hacer el trabajo que nosotros no queremos hacer", que se escucha en cualquier café de Buenos Aires o Montevideo. Pues es hora de que estas sociedades comiencen a aceptar que no están en condiciones de despreciar trabajos y mucho menos de importar informalidad para hacer las tareas que no tienen ganas de hacer. Basta dar un vistazo a los coeficientes de empleo público y privado, a las tasas de participación o actividad y a las de desempleo y a los montos de los correlativos planes de ayuda, para advertirlo.

Se dirá que, entonces, lo que habría que hacer sería liberar y flexibilizar el mercado laboral, en vez de restringir la entrada de inmigrantes, suponiendo que vengan a trabajar. Sería totalmente acertada la objeción. Pero como esa idea no permeará jamás en las cabezas del trotskismo que monopoliza el trabajo oriental, el único camino inteligente que queda es impedir que se fomente o amplíe la entrada de más desempleados directos futuros. Uruguay parece tener suficientes.
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