Una noche en Buenos Aires con Suede, uno de los grupos seminales del Britpop de los noventa que en el Luna Park reactivó la energía glamorosa de hace 20 años
Brett Anderson, de Suede, durante un concierto este año
El lunes pasado, a la hora 21 en punto, haciendo elogio de la puntualidad en los conciertos, se presentó la banda inglesa Suede en Buenos Aires. ¡A las 21.13 horas ya habían tocado cuatro hits inoxidables: She, Trash, Filmstar y Nitrate! Nada más atinado para el éxito de un concierto irrepetible que hacerlo un día de semana para no perdérselo.
El concierto fue una impecable misa del mejor pop rock con el carisma y entrega del cantante Brett Anderson como exclusivo protagonista de la velada y con el público prendido fuego, cantando todas las canciones y haciendo coros hasta en las partes instrumentales. Brett Anderson es una de las últimas estrellas de rock que disfrutan del escenario y de cantar y de ser, precisamente, una estrella de rock.
Fueron 18 canciones impecables. Como elogio de la cursilería, sus actos de demagogia fueron pequeños y sentidos: parecía sinceramente conmovido por la acogida del público (o lo actuaba realmente genial, lo que para el caso es lo mismo). Y cómo no estar así, si la audiencia enardecida cantaba todas y cada una de las canciones, y hasta afinaban al momento de hacerlo.
Curiosamente Suede tocó en su gran mayoría sólo temas de sus tres primeros CDs (no faltó ninguno sus hits: Mickey, So young y Beautiful ones, entre otros), y es que ya son una banda vintage. Una de repertorio clásico. La reposición de una obra de teatro de los años de 1990, condenados a repetirla por toda la eternidad, o por lo menos por los próximos 30 años. O mientras Brett Anderson parezca una estrella de rock. ¿De eso se trata la vida cuando se va la inspiración, se acaba el talento? ¿Y lo mismo le pasará a Pulp? ¿O de esto se trata el rock: un suspiro adolescente condenado a repetirse y reiterarse a lo largo de medio siglo?
Párrafo aparte merece la audiencia del concierto. La mayoría del público era masculino de mediana edad y heterosexual. También había bastantes chicas. Es lindo ver gente sensible cantando sin vergüenza en un concierto de pop rock de guitarras fino y elegante sin tener que caer en la histeria de los shows de ídolos pop. Un sincero elogio del hombre sensible, al macho que no tiene miedo a abrir su corazón, que no tiene miedo a la cursilería. Entre tantas bandas unas iguales a otras, todas bien equipadas y arregladitas, bien vestidas y congruentes, o sea, entre tanto comoditie musical, una banda con expresividad y sentimientos es un oasis en el desierto de la abstinencia emocional.
Y el elogio de la cursilería llego a su clímax con los bises: a la lista de temas de esta gira agregaron la hermosa My dark star, un lado B de un simple perdido dedicado a la argentina Carola Bony, amiga, ¿groupie? de la banda en aquellos dorados noventas del britpop en Londres. Al final, cerrar con la también hermosa Saturday night, y todo un lunes.