Espectáculos y Cultura > Entrevista a Fabián Severo

De cómo la frontera uruguaya llegó a la New Yorker en forma de versos

El autor artiguense Fabián Severo, autor de la premiada novela "Viralata", publicó uno de sus poemas en la prestigiosa revista estadounidense

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08 de diciembre de 2019 a las 05:05

De la frontera salió y la frontera trascendió. La obra del escritor artiguense Fabián Severo (38), cronista de las penurias y los sinsabores más bellos al costado del río Cuareim, rompió los bordes del país y fue a parar a Estados Unidos. No lo hizo, igual, recién; hace un tiempo ya que sus poemas giran por allí traducidos del portuñol al inglés, pero ahora Severo dio un pequeño gran batacazo: publicó, hace muy pocos días, el poema Sincuentioito Sixty, traducido– en la revista estadounidense New Yorker. En las mismas páginas en las que John Cheveer, Raymond Carver y tantos otros mostraron sus armas al mundo, Severo presenta la frontera que lo vio crecer y su mirada, cargada de dolor y poética, se replica en otras que quizá nunca imaginaron leerlo. A dos años del premio Nacional de Literatura que le dio su magnífica primera novela Viralata y con su siguiente título, Sepultura, en vías de publicarse, el autor reflexiona sobre sus pasos y, claro, sobre este último reconocimiento que le saca las palabras de la boca y las recarga en su puño, que no puede esperar a ponerse a escribir otra vez.

En la New Yorker publicaron Carver, Cheveer, Didion, Shirley Jackson y decenas de autores más. Ahora usted. ¿Cómo lo toma?

Como trato de tomarme todas las cosas que me pasan con la escritura: con la satisfacción de que a la gente le parece que lo que hago tiene valor o calidad, pero con el absoluto desconocimiento de por qué suceden esas cosas. Trato de no marearme con los aplausos, me halaga y también me genera cierta presión. Pero trato de no paralizarme, porque además estoy convencido de que lo que sucede alrededor de lo que escribo ya no depende de mí. En el momento en que publiqué el texto, deja de pertenecerme y cobra vida propia. Y por eso mismo excede mi capacidad de análisis. ¿Por qué están pasando estas cosas? La verdad es que no lo sé y tampoco quisiera saberlo. Tengo miedo de ocupar más tiempo pensando en eso que en la escritura.

Hablando de escritura, ¿cómo escribe en general?

Escribo a mano. Tengo varias libretas. Anoto frases, imágenes, palabras. Viajo siempre con mis libretas y voy anotando expresiones, algo que veo que luego podría llegar a servirme. Construyo el texto a mano. Escribo todos los días y cuando identifico que allí hay una novela o un libro de poemas, cargo las energías. Recién comienzo a trabajar en la computadora cuando tengo algo armado, pero hace poco tuve un intento de arrancar algo ahí directo. Es un diario de profesor, un diario de clases que escribo en los recreos. Y también empecé a pasar apuntes de una novela que vengo escribiendo desde hace tiempo en ómnibus. Viajo mucho y nació ahí arriba.

¿Las historias surgen donde sea, entonces?

Sí. En general de alguna imagen, algo que me cuentan o una canción. Mi proceso de trabajo se basa mucho en canciones. Escucho una, leo un fragmento de algún libro y me pongo a escribir. El otro día escribí un texto y para hacerlo escuché unas diez canciones que referían al tema. Creo que tiene que ver con el hecho de cómo llegó la poesía a mi vida, que fue a través de la radio, de las canciones que escuchaba. La lectura llegó tarde porque en mi casa no había libros.

Volviendo a la publicación: ¿el mundo les está prestando más atención a las letras latinoamericanas?

No inventamos nada si decimos que el mercado maneja nuestros gustos e inclinaciones. Hoy sabemos más del último premio literario de un país europeo que de los escritores contemporáneos más importantes de Paraguay o Brasil. Pero me parece que, justamente a partir del mercado, la mirada ha vuelto hacia nuestra literatura. Han salido un par de artículos importantes sobre este nuevo boom latinoamericano de escritoras sobre todo argentinas y chilenas, y ha pasado que algunos escritores uruguayos, con lo difícil que es salir de acá, han logrado publicar en Europa. Está comenzando algo que podría llegar a ser, quizás, un nuevo boom. En Uruguay además sucede que hay un grupo de nuevas voces que están en efervescencia. Después habrá que ver que queda de todo esto, porque además estamos viviendo en un momento en que se publica mucho, en el que todo el mundo saca libros, que es genial pero que como lector te exige una guía. En ese contexto, la prensa especializada tiene el rol de guiarnos entre todo esto. 

Su obra está escrita mayoritariamente en portuñol. ¿Hay militancia en su utilización?

No. He tratado de mantenerme al margen. Hay movimientos y escritores que están embanderados en la defensa del portuñol y lo respeto porque me parece una causa importante. Pero trato de cuidar lo que escribo, porque no es que el portuñol me necesite, yo lo necesito. Cuando me emociono o me entristezco me vienen las palabras de mi madre y mi abuela entreveradas y ahí lo preciso. Pero no me gustaría que lo que escriba tenga valor solo por estar en portuñol. No es una cualidad que una obra esté en un idioma u otro. Busco que sea un vehículo y no un fin. Y lo que siempre trato de cuidar es que el lector no se dé cuenta de las costuras y los remiendos del texto. Porque la escritura es como un acto de magia. Si el lector ve el truco, se rompe el encanto. 

¿Y cómo lo logra?

Trato de no creerme el escritor. Y el factor primordial para lograrlo es el tiempo. No tengo ningún apuro por publicar, porque no escribo para eso. Escribo porque me hace bien.

En Viralata queda bastante de manifiesto. Uno lo lee y siente que ahí hay sanación.

Me salió así. Lo escribí para sobrevivir a la muerte de mi madre. Sepultura también gira sobre eso, sobre no comprender la muerte, no saber cómo parase frente a ella. Frente a la muerte de mi madre y sus circunstancias quedé sin entender nada. Empecé a escribir y me di cuenta de que me iba sanando. No tenía tantas pesadillas, no soñaba con ella metida en el CTI llena de tubos y máquinas. Pero no pensaba en un libro o una novela, eran fragmentos sueltos. Resulta que después de tener quinientas páginas de fragmentos me di cuenta de que ahí podía haber algo. Seleccioné algunos, inventé otros, fabriqué la costura. 

Y le salió, además, una historia que retrata la frontera de forma descarnada. ¿Cómo es su relación con ese espacio hoy?

Descubrí la frontera en Montevideo, cuando me vine en el 2004 e intenté adaptarme a la ciudad, a quererla y odiarla. Ahí empecé a extrañar la frontera. Pensé en todo lo que me había dado, lo que había aprendido allí, la forma de mirar, los olores, los sonidos, las palabras. Y ahí fue que empecé a escribir en portuñol, y cada vez que escribía regresaba a ella. Tengo muchísimas cosas que contar de la frontera; cada vez que voy no me da la libreta de tantas cosas que anoto. Es mi universo literario. Allí aprendí a escuchar a los narradores orales, aprendí la poesía de mis vecinos, todo. Pero no me cuestiono si voy a escribir siempre sobre ella. Sepultura es sobre la frontera, pero lo de los escritos del ómnibus, no. Y es en español.

¿Se siente parte de una tradición de escritores que retratan al interior del país?

Mi gusto por la palabra viene de la radio y de mis vecinos. Fui llegando a la literatura de viejo, un poco tarde. Cuando lo hice, me pasó que en la literatura uruguaya no encontraba un universo literario que fuera mío. Leía a Benedetti y no encontraba a mis vecinos. Leía a Quiroga, a Espínola y menos. Me fascinaba la poética de Morosoli, pero sus personajes y el contexto tampoco eran los míos. Y un día, a los 18 años, llegué a Onetti. Ahí descubro que ese tipo escribía sobre Artigas, Paso de los Toros, Tacuarembó, sobre Lascano y Río Negro. Me deslumbré con Onetti, es el escritor uruguayo que más leí. Hablaba de la tristeza que yo veía, la angustia, la soledad, el sinsentido, esas vidas que yo conocía. De ahora me gustan mucho Gustavo Espinosa, Damián González Bertolino, Luis dos Santos. Ellos también logran retratar el universo del interior. Y después también me deslumbró la poética de Circe Maia. Con ella aprendí que podías tocar las cosas más profundas del universo a partir de una imagen cotidiana. Un repasador, un vaso apoyado en una mesa, un malvón en el patio.

Su obra tiene mucho de belleza cotidiana y de la belleza de la tristeza. ¿Cómo lo trabaja?

Las pequeñas tragedias cotidianas de mis vecinos merecerían estar en cualquier libro. Y contar eso sin que sea un golpe bajo es difícil. Pero creo en la belleza de las cosas simples, en la felicidad de un niño colgado del camión de la basura en Navidad. O como en Viralata, que el narrador está enamorado de la Tania y la describe como en una oda elegíaca y ella solo está barriendo la vereda. La clave es encontrar la belleza en esa cuadra de Artigas que es mi universo, y decirlo de una forma bella sin caer en el juego de "ah, mirá que escritor que soy". Viralata es un libro muy triste, que nació de la tristeza, pero mucha gente lo ve como un libro luminoso. Pero está hecho de las tragedias cotidianas que vi y viví. Sepultura, en cambio, es un poco menos triste, pero habla más de la muerte. Allí los muertos hablan y la idea está por todos lados. La muerte es el tema de mi vida, es lo que me preocupa, es sobre lo que leo constantemente. Me interesa la relación de la gente con la muerte, he observado el comportamiento del ser humano frente a ella muchas veces. Escribí Sepultura para reconciliarme con la muerte, para encontrar una relación distinta con ella.

¿Y lo logró?

Creo que sí. 

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