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De mendigar a dirigir una escuela: la historia de una "hija de la educación"

Se crió en la miseria pero transformó su vida para “ayudar a otros” por medio de la educación

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16 de diciembre de 2018 a las 05:00

Mientras el frío se impregnaba en los huesos y sus pies descalzos se ensuciaban en las calles de tierra del barrio El Dorado cercano a la ciudad de Progreso, Juanita Pérez, siendo una niña, saciaba su hambre con las frutas podridas que los feriantes desechaban. Ahora es directora de una escuela en Progreso (Canelones) y vestida con una túnica reluciente, sonríe para la foto que le toma El Observador en la escuela de la zona donde se crió. Sonríe con la alegría de sentirse como en su casa, porque ante la miseria de su realidad y la indiferencia de sus padres, el aula se convirtió en hogar. Con tiza en mano, frente a una pizarra y a metros de un busto de José Pedro Varela, lo explica mejor: “Soy una hija de la educación”.

Juanita Pérez tiene un nombre mucho más común que su historia de vida. Es la séptima de diez hermanos que se criaron en una casa que ocupaban, porque su madre no trabajaba y su padre –que un momento trabajó en un tanque de OSE- lo hacía “cuando lo consideraba necesario”. 

“En casa no había baño, había como un excusado afuera. No había agua, la cargábamos con mi hermana de una canilla pública. El agua caliente no existía. En casa nunca hubo luz, yo hice todos mis estudios sin luz eléctrica. Tanto fue así, que perdí la vista en el ojo derecho. Estudié toda mi vida con un ojo solo”, recuerda.

El hambre que le producía el comer solo una vez al día, en el comedor de la escuela N°166, la llevaba a recorrer panaderías donde pasaba a pedir “algo”. El vivir mendigando para ella era algo cotidiano. “Nosotros lo naturalizábamos mucho porque nuestros padres nos decían que no nos tenía que dar vergüenza pedir, que vergüenza era robar”, recuerda sentada en el sillón de su casa actual.

La escuela era para Pérez un lugar diferente a todo lo que estaba acostumbrada. Allí tenía todo lo que en su casa faltaba: un plato de comida asegurado, un baño limpio y una mesa para apoyarse y escribir. Pero más allá de cubrir esas necesidades materiales, la escuela en su vida es sinónimo de contención, apoyo y estima.  

“La escuela era para mí un lugar feliz, donde me sentía querida por mis maestras. Ellas depositaron en mí una confianza que no tenía en mi familia”, cuenta. “Siempre me hicieron creer que yo era capaz, que podía salir adelante”, agrega.

Cuando quien hoy es directora habla de sus maestras de la infancia pone un énfasis especial. También lo hace cuando menciona a personas de la “escuelita dominical” (la reunión para niños en una iglesia evangélica) que la ayudaron mucho.

“Fueron muy fuertes los referentes que tuve en la iglesia, porque creo que los individuos que vivimos en vulnerabilidad necesitamos eso: referentes que nos muestren que hay otra cosa, otra forma de ver la vida, que hay otra realidad. Esos referentes cristianos que tuve, me sacaban los piojos, me cortaban las uñas, me permitían ir a su casa a comer, me daban una ducha caliente y no me pedían nada a cambio”, recuerda Pérez.

Y esas influencias generaron en ella una convicción inamovible de que la educación era importante. “Yo tuve clarísimo siempre que yo quería estudiar. Que yo no quería eso para mi vida. No quería pobreza, no quería frío”, dice a metros de la estufa a leña que tiene ahora en su casa.

Pérez terminó la escuela creyéndose “el cuento de que era una chica capaz” y decidió emprender el camino de la Secundaria, aún sin el apoyo de sus padres, convencida de que ser maestra era lo que quería para su vida. 

“Estaba decidida a estudiar en el liceo de Progreso, porque Progreso suena a eso que quería: progresar”, recuerda.

Caminaba cinco kilómetros de ida y cinco de vuelta  para llegar. Cruzaba campos aún bajo la lluvia. Creía que el liceo era el mejor lugar en el que podía estar.

El bachillerato lo hizo en la capital del departamento, a donde iba en tren. A veces pagaba el abono con el dinero que había juntado trabajando en el verano y a veces viajaba “colada”, “encerrada en el baño del tren”. Luego, otro educador que marcó su vida, el ex diputado del Partido Nacional, Agapo Palomeque, decidió voluntariamente pagarle todos los abonos.

 “A los 18 años tuve que irme de casa, me fui a lo de una amiga de la iglesia”, cuenta y se frena en la conversación. El silencio es desolador. Sus ojos quedan vidriosos, su voz se entrecorta.

“En mi casa a los 18 o había que traer un hombre, es decir, ingresos a la casa, o irse”, dice. “Decidí irme porque quería estudiar y luego formar una familia. No quería repetir la historia”, explica.

El 21 de diciembre de 1984, Juanita Pérez, desafiando las limitantes de su contexto y superando las barreras que en toda su juventud le estorbaron el camino, se recibió de maestra. 

“Yo me siento hija de la educación”, dice con la voz quebrada porque recuerda que en su graduación no estuvieron sus padres. “La educación es capital que reditúa”, asegura haciendo referencia a las palabras de José Pedro Varela.

Pérez fue maestra en aulas y secretaria, hasta que finalmente se convirtió en maestra comunitaria de la escuela  Aprender (de contexto crítico) a la que ella mismo asistió cuando era niña. Les enseñaba a niñas que, como ella, saben de primera mano lo que es pasar frío y comer lo que otros desechan.  “Es como volver a mi casa, volver a vivir lo que yo viví”, dice. 

“Quiero demostrarle a los niños que uno puede salir adelante, que uno no tiene que ser como los demás deciden, sino que el ser humano es fruto de sus decisiones. Yo le repito todos los días a los gurises en las aulas que lo que decidan hoy les va a marcar su futuro. Pequeñas buenas decisiones marcan el camino”, asegura.

Desde hace cuatro años es directora y en 2018 aprobó el curso para ser inspectora de Primaria.

“Yo creo en los propósitos en la vida. Y Dios tenía un propósito conmigo para que, por medio de la educación, pueda ayudar a otros”, sostiene.

Cuenta que el año pasado, un hombre que supo reciclar junto a ella cuando era niño y que lo sigue haciendo ahora, se la encontró en la escuela y le preguntó asombrado: “¿Sos directora ahora? ¿Qué te pasó?”. 

Juanita Pérez, la niña que mendigaba y ahora es directora, le respondió con orgullo: “Yo decidí sentarme a estudiar”. 

Maestra comunitaria
Juanita Pérez fue maestra comunitaria en la escuela N°166, la misma escuela de contexto crítico a la que ella fue cuando era niña. Asegura que aunque ahora es directora, “siempre sería maestra comunitaria” y lo considera "uno de los cargos más importante que tiene Primaria".
El Programa Maestros Comunitarios, instalado en 2005, atiende a niños en situación de vulnerabilidad social que tienen bajo rendimiento escolar, problemas de asistencia, antecedentes de repetición y dificultades de integración en grupo.
El maestro comunitario es un docente que tiene formación específica en la construcción de alianzas y la recomposición de vínculos. Su función reside en trabajar directamente con los niños que presentan dificultades y sus familias. Los objetivos principales de su trabajo son: restituir el deseo de aprender de los niños y recomponer el vínculo de la familia y escuela.
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