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De un infierno a otro

La muerte de Marcelo Roldán está llena de silencio e incertidumbre

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10 de noviembre de 2018 a las 05:04

Richard Marcelo Roldán fue asesinado. Lo mató y luego decapitó su compañero de celda Víctor Hugo Peryera Da Silva. El desenlace trágico ocurrió en “La Roca” una de las áreas de mayor seguridad del Penal de Libertad. Su cuerpo sin vida fue hallado colgado del techo y su cabeza en un balde.

El tristemente célebre delincuente conocido como Pelado Roldán se despedía así de la vida al tiempo que un manto de vergüenza y deshonra cubre en estas horas a todo el sistema penitenciario nacional, sus autoridades y el Estado uruguayo. 
Roldán nunca supo lo que es ser libre. Su vida fue el delito y el desafío a las leyes. Salvo excepciones, la mayor parte de su vida la pasó privado de libertad y en manos del Estado que debía reinsertarlo en la sociedad. O por lo menos haberlo cuidado para que no lo maten. 
Cobró notoriedad en la década de los 90 por cometer varios crímenes. El primero fue a los 13 años por un caballo que le habían arrebatado a su familia en el asentamiento donde vivía.  Luego cometió tres asesinatos más, todos antes de cumplir los 18 años. Entonces los medios lo tildaron como un “infantojuvenil” convirtiéndolo en el menor delincuente más conocido de la década.  

“Quiero un tratamiento digno para curarlo”, imploró hace seis años en una nota para Subrayado la madre del delincuente. Nadie la escuchó. 
 “En materia penitenciaria Uruguay no está en el siglo XXI, está mucho más atrás”, ha repetido hasta el cansancio el comisionado parlamentario, Juan Miguel Petit. Por ello la noticia de la muerte de Roldán suena como la crónica de una muerte anunciada. No es la primera ni la última muerte violenta en una cárcel uruguaya –en lo que va de 2018 van 30 muertos en el sistema penitenciario uruguayo, 22 de ellos por causas de violencia.  

Por alguna extraña razón relacionada con la psicología de los pueblos, el truculento asesinato del Pelado Roldán cobra otra significancia. Tal vez porque los periodistas Gabriel Pereyra y Patricia Gamio escribieron un libro con su historia, o por haber liderado un motín o incluso por haber sido entrevistado en horario central de la televisión. La gente conocía al Pelado Roldán. Era una figura popular. Su cara y su historia triste era conocida.  

A comienzos de 2018 una delegación de la Organización de Naciones Unidas (ONU) del Subcomité para la Prevención de la Tortura, visitó Uruguay y sostuvo que nuestro país debe mejorar las condiciones de vida de los reclusos, ya que muchas veces son “deplorables e insalubres”. 

“Instamos al Estado uruguayo a destinar los recursos financieros y humanos necesarios para garantizar que los privados de libertad sean tratados en conformidad con los estándares internacionales, en particular las reglas Nelson Mandela y Bangkok”, dijo entonces Felipe Villavicencio, jefe de la delegación. 

Marcelo Roldán tenía 44 años. Estaba en custodia del Estado desde los 13. Hoy está muerto. De no cambiar la realidad del sistema penitenciario, las condiciones de los reclusos y las políticas de reinserción, la respuesta a la pregunta sobre el sentido de la patética vida y muerte de Roldán estará inconclusa. 
Una respuesta, que por más que se busque, se llena con un silencio interpelante y aterrador. 

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