23 de enero de 2014 17:03 hs

El hacer y el representar. En la diferencia entre ambos, en esa distancia, radica que el arte sea mejor que la vida, dice Sergio Blanco en Tebas Land, obra que se repuso este mes en el Teatro Solís luego de estrenarse a mitad de 2013 en la sala Zavala Muniz. No obstante, el dramaturgo radicado en Francia, que volvió a dirigir en Uruguay después de 15 años, intenta con Tebas Land acortar esa distancia, entenderla, deconstruirla. Deja como resultado un trabajo muy interesante, que se siente como un juego de muñecas rusas sobre el proceso creativo del autor, a la vez que reflexiona sobre la temática del parricidio.

“Si Tebas es la tierra de las violencias edípicas de la saga de los Labdácidas, es al mismo tiempo esa tierra sin fronteras precisas de la creación que Sergio Blanco recorre desde sus comienzos como dramaturgo”, escribe Marta Labraga en el programa del espectáculo. Así como Blanco ya se valiera de los clásicos en sus trabajos anteriores (utilizando a William Shakespeare en Calibre .45', el mito de Casandra en Kassandra o El jardín de los cerezos en Kiev), el autor utiliza en esta ocasión a Edipo Rey y Edipo en Colono, y a la figura del parricida como argumento para reflexionar sobre la representación teatral.

Las capas de la creación

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Gustavo Saffores, ese actor que parece haberse convertido en la voz de los autores del grupo Complot, y que en diciembre fue el narrador de Proyecto Felisberto, encarna a un dramaturgo que es, a todas vistas, el propio Sergio Blanco (incluso en un momento de la obra el personaje, llamado S., muestra su libreta de anotaciones, la cual es en realidad la libreta de Blanco para la obra).

El personaje de Saffores quiere escribir la historia de un parricidio y por ello visita en la prisión a Martín (Bruno Pereyra) un joven humilde y víctima de la violencia paterna, quien mata a su progenitor clavándole un tenedor 21 veces. Pereyra interpreta a su vez a Federico, el actor que va a personificar a Martín en la obra de S., el dramaturgo.

Los actores se mueven con comodidad entre las distintas capas de lo narrado, con Saffores generando su habitual empatía y Pereyra haciendo un trabajo notable en su doble rol, dotando a sus personajes de gracia y ternura.

Los encuentros entre ambos se dan en una cancha de básquetbol, que encierra la mayor parte del tiempo a los intérpretes en el escenario, mientras por varias pantallas pueden visualizarse imágenes de la obra, del teatro o del exterior (entre ellas hay tomas de una cárcel) y en ocasiones son los propios actores quienes se filman. La puesta en escena resulta perfectamente apropiada, pues recrea, a través del dispositivo escenográfico, el adentro y el afuera del proceso creativo que también se trasluce en el texto.

Es interesante la evolución que va haciendo Tebas Land, desde el foco puesto en la reconstrucción del crimen, que el dramaturgo encara a través de sus entrevistas con Martín (las cuales dejan en evidencia las asimetrías y simetrías de dos mundos diferentes, algo que recuerda a los encuentros de Truman Capote y los asesinos en A sangre fría) a otro que se concentra en la relación entre el actor y el dramaturgo.

Pero a su vez, Blanco lleva los hipervínculos hacia el germen de la creación. Es allí donde entran múltiples referencias culturales que abordan el parricidio, como Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoievsky, Un parricida de Guy de Maupassant y los escritos sobre el tema de Sigmund Freud.

También aparecen referencias a la cultura popular como la canción Amada amante de Roberto Carlos o la imagen del cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi en la final del mundial de Alemania 2006.

Tantas alusiones pueden sentirse excesivas, pero su presencia está justificada en la sinceridad con la que Blanco muestra su proceso creativo, como si fuera una especie de Charlie Kaufman luchando por adaptar El ladrón de orquídeas o un escritor interpelado por la realidad y la ficción como Woody Allen en Los secretos de Harry (cuya traducción literal del inglés sería en realidad “Deconstruyendo a Harry”).

Más allá de su enciclopedismo, la obra transita con asombrosa fluidez entre los mundos de la representación y la realidad, sin olvidar la sombra que late en la constitución misma de las relaciones humanas y que hace a los clásicos todavía tan vigentes. Aquella “zona oscura” que el tema del parricidio pone a flote, pero que forma parte de esa ininteligible tierra de nadie que, con gran acierto, Blanco ha dado en bautizar “Tebas Land”.

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