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Del primero al último

La corrupción en Argentina parece no distinguir partidos político ni ideologías

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07 de agosto de 2018 a las 05:00

La corrupción argentina no es ninguna novedad, ni es prerrogativa de un solo gobierno ni de un solo partido político. El presidente Jorge Batlle fue preciso cuando en 2002 incurrió en su verborrágica frase, que si bien demasiado sincera reflejaba una gran verdad. Cometió el error de pedir disculpas, pero seguramente lo hacía por el bien de su país. Algo opuesto a lo que han hecho otros presidentes uruguayos que apoyan dictaduras indefendibles en contra de los intereses orientales.

El presidente Batlle no se refería a los argentinos en su totalidad, como sociedad, sino a su clase política. Tal vez debió aclarar que su calificativo sólo se aplicaba a los políticos, los jerarcas, los grandes empresarios, los contratistas del
Estado, las empresas de obras públicas, los sindicalistas, el sistema de justicia y seguridad y el paquete de subsidios y fomento que ya era un robo en 2002.

Posteriormente, en 2016, Batlle atribuyó esa corruptela a la izquierda regional. Ahí sí comete un error. La corrupción cisplatina nace con el fascismo mussoliniano de fines de los 30 y se consolida con el peronismo de los 40 y 50. La fusión nociva del Estado con empresas estatales y privadas abrazados bajo la bendición del ejército de formación nazi y el sistema de permisos y autorizaciónes que se vendían en un mercado libre.

El mismo concepto mercantilista de la ética que aplicó Perón para cobrarle las visas y pasaportes a los nazis y al mismo tiempo a los judíos perseguidos por ellos. O para hacer su colecta para las víctimas del terremoto de San Juan, que nunca repartió, por lo menos entre las víctimas.

Los cuadernos que conmocionaron a tantos, cuya exactitud ha sido corroborada por los empresarios declarantes, muestran el grado de generalización, impunidad, obscenidad y omnipotencia del kirchnerismo y todos sus socios, desde los grandes concesionarios hasta la cadena de transportadores, falsificadores de facturas, lavadores, cambistas en negros, secretarias, amantes, amanuenses, banqueros, empresas iconos nacionales y varias extranjeras. Pero se trata sólo de una metodología, un mecanismo, como la serie brasileña. La corrupción existía desde mucho antes. El menemismo tuvo su época de gloria en ese aspecto, igualmente secreto a voces. La diferencia era que en ese período los fondos se repartían equitativa y minuciosamente entre todos los funcionarios, porcentajes preestablecidos según el cargo, que distribuían dos o tres cajeros.

En el kirchnerismo, en cambio, había un beneficiario único, dos, y el resto recibía mendrugos, aunque dado el monto colosal del robo los mendrugos eran a veces suculentos. Pero mucho antes de Menem y los Kirchner ya la coima, el reparto, las licitaciones cartelizadas, los sobreprecios, los juicios que perdía deliberadamente el Estado y los ajustes de obra pública que triplicaban los valores licitados eran práctica común.

Hace 40 años ya eran famosos y ricos muchos de los apellidos de privados que circulan hoy. Sólo se fueron agregando nuevos participantes y formatos. Eso vale para el temido Proceso entre 1976 y 1983, para el radicalismo que coparticipaba de negocios a los sindicatos, cuando no vendía Pactos de Olivos reelectorales. El "robo para la corona" del entonces ministro José Manzano, de Carlos Menem, es el "pido para la campaña" de hoy.

Decir que se roba para el partido o para la campaña es una vil mentira. Los políticos roban para ellos, el vuelto va para el partido. También es una mentira lo que alegan ahora los arrepentidos y patéticos empresarios argentinos, de que fueron coaccionados para que hicieran aportes a la campaña. Existió siempre una colusión entre quienes hacen negocios con el Estado y los políticos, voluntaria y mutuamente inducida. Si alguien quiere negarlo, que abra sus libros y muestre y justifique las millonarias ganancias. Y por qué decidió aplaudir como foca en todos los actos públicos a sus supuestos extorsionadores.

Dentro de su política de seudogradualismo, el gobierno de Macri ha tolerado o continuado o permitido la corrupción contenida, tal vez con nuevos formatos o con otras elegancias y dialécticas.

Argentina está fatalmente inoculada con el virus de la corrupción. Esto se agrava con el monopolio de un par de partidos que se turnan para manejar la res pública sin que se pueda penetrar en esa telaraña, una web delictiva infinita y de múltiples cómplices, que ha ido sumando a vastos sectores marginales que terminan siendo coimeados directamente -como varios de los protagonistas de la saga de los cuadernos- o indirectamente, como los millones de subsidiados con limosnas, porque finalmente el populismo es una coima al votante. "Todos ladrones", como dijo el presidente, ahora es casi literal.

El kirchnerismo, particularmente el cristinismo, agregó el negocio de los derechos humanos, nuevo pergeño corrupto monumental, amplió las coimas a niveles populares, consiguió millones de cómplices con una baja paga, incorporó al narco a su negocio o se asoció con él, y se adaptó a las nuevas reglas de transparencia con trampas a veces muy precarias, que sólo servían mientras conservara el poder. Los cuadernos no innovan. Sólo ponen en negro sobre blanco lo que todos intuían y muchos sabían: la corrupción argentina es multipartidaria y multisectorial. No tiene que ver con etnias, ni nacionalidades, ni idiosincracias, sino con el modelo estatista creciente del fascismo, que sigue rigiendo en el país, con nombres y estilos cambiantes pero finalmente con el mismo resultado. El estatismo es el otro nombre de la corrupción.

Y a ella se llega por derecha o por izquierda, como describía Hayek, consultor de cabecera de la columna. Por el socialismo o por el fascismo, el sistema se corrompe cuando el Estado elige a los ganadores y perdedores, cuando se reserva las llaves de la actividad económica, cuando un ente omnipotente se arroga el sí o el no, el sello de goma de la burocracia que vale una fortuna conseguir. La ideología es irrelevante. Y nada más corrupto que el poder político esté sólo en manos de los partidos, siempre pocos, siempre monopólicos, siempre la primera caja, la primera excusa, el primer método de reparto, tácito o explícito.

El kirchnerismo fue explícito. Felizmente. Eso expone crudamente una realidad que en general se trata de ocultar, ignorar o negar: el estatismo corrompe a políticos, empresarios y a la larga, a toda la sociedad.

La pregunta inevitable es cómo continuará esta serie conque sorprende nuevamente Argentina. Los procesos judiciales en el fascismo o en el socialismo, son largos, lentos y se diluyen, o se planchan con la prisión preventiva de algunos chivos expiatorios. Este caso no parece ser la excepción. A menos que aparezcan otros elementos, pruebas de las que se llaman diabólicas, como la evidencia de una correlación directa entre una coima y una adjudicación de obra o de un lavado de dinero concreto, como el caso de los doleiros brasileños. Y en lo político, parece asegurada la libertad de la líder del mecanismo, la señora de Kirchner, herramienta de división del peronismo, tal vez la única alternativa del presidente Macri para reelegirse.

Tampoco parecen claras las consecuencias económicas. Los funcionarios acusados por los cuadernos delatores ya estaban siendo investigados por sus bienes y los empresarios alegan que las cifras de la supuesta extorsión fueron mucho menores que lo que dicen esas narraciones. El efectivo es finalmente fungible y su traspaso no se prueba por testigos. Menos por bolsos cerrados.

Estos inocentes útiles sirven para corroborar espectacularmente lo que una parte de la sociedad ya sabía y la indignaba y otra parte también sabía pero no le importaba. Para exhibir un cambio que habrá que plasmar día a día en la gestión de gobierno, para reforzar la polarización del "no vuelven más", deshilachado por la recesión, para mostrar que la justicia funciona, para atemperar exageraciones. No habría que excederse en el optimismo y esperar mucho más.

Y también sirven como desagravio póstumo a don Jorge, acertado y valiente con su frase del comienzo, como tantas veces lo fue.


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