Rosario Piñeiro, madre de José Enrique Rodó, una mujer que tuvo siete hijos y ninguno se casó, lo que de alguna forma habla de su poder e influencia sobre su prole.
Manolita Piña, esposa y compañera inseparable de vida del artista plástico Joaquín Torres García, y madre de Augusto y Horacio Torres, dos pintores de enorme talento, que continuaron el legado de su padre.
María Lelia Oliva, hija del cónsul italiano en Tacurembó y amante circunstancial del coronel Carlos Escayola, madre de Carlos Gardel, según una de las teorías.
Juana Varela, madre del caudillo futbolístico uruguayo Obdulio Jacinto Varela, quien eligió explícitamente el apellido materno como forma de homenaje a una lavandera de Villa Española que siempre fue el sostén emocional del capitán de Maracaná.
Locura antigua
Pocos recuerdan a Rosalía Rafaela, la primera mujer oficial del prócer José Artigas, de quien era prima hermana. Rosalía era hija de José Villagrán y María Francisca Artigas, tía de José y había nacido en octubre de 1775. A principios del siglo XIX era costumbre castiza, como un resabio bíblico, que los varones desposaran a sus primas solteras. En 1805 ó 1806, el blandengue Artigas le pide permiso al rey Carlos IV de España.
Rosalía se casó de forma tardía para la época, a los 30 años, y fue madre de tres hijos, dos de los cuales muerieron pequeños. Solo uno de ellos, José María Artigas llegó a la adultez, peleó en alguna de las muchas guerras de independencia y murió en 1847 poco tiempo antes que su padre en su exilio paraguayo.
No se sabe si esto o la ausencia casi constante de su marido de Montevideo, ciudad de donde ella nunca salió para acompañar a su esposo, la llevaron a un estado mental que entonces se denominó como “locura” (y que la canción de El Cuarteto de Nos interperta como “retardo”).
La historiadora Ana Ribeiro recuerda que Artigas habló de ella con pena. Murió muy pobre, ya que se pidió una donación a los vecinos de la ciudad para su funeral, en 1824, durante la dominación brasileña.
La literatura se ha ocupado de algo de ella, a través de Marcia Collazo y Nelson Caula, pero no mucho más, porque se cuenta con muy poca información.
Amor en una foto
La familia Batlle era catalana, del pueblo de Sitges, llegada a Montevideo a través de José Batlle y Carreó a principios del siglo XIX. José Batlle es el padre del primer Batlle presidente de Uruguay, Lorenzo, quien un día de julio de 1855 se casa con Amalia Ordóñez Duval, quien un día de mayo del año siguiente será la madre de José Pablo Torcuato Batlle y Ordóñez, más conocido luego como “don Pepe”, presidente por dos períodos y gran reformador de las estructuras culturales y de gobierno del país.
Poco se sabe de doña Amalia. Ella estaba preocupada durante la juventud de José de que este fuera a ser poeta, pues tanto Amalia como Lorenzo pretendían para él un destino de líder político.
Lo que sí es claro es el gran amor que le tuvo el presidente, quien a sus dos hijas bautizó como Amalia Ana y Ana Amalia. Además, hasta el último día de su vida conservó una fotografía de su madre en un mueble a los pies de su cama.
El último parto
En 1849, en una Montevideo sitiada luego de una década durante la Guerra Grande, se casan José Rodó y Janer, un comerciante catalán, y Rosario Piñeiro y Llamas, una mujer de alcurnia montevideana.
Entonces ella tenía 20 años y a lo largo de su vida tendrá siete hijos, el último de ellos bautizado como José Enrique. Tenía 42 años cuando quedó embarazada del futuro escritor y filósofo autor de Ariel, y ya habían muerto varios de sus hijos por diferente enfermedades.
Los estudiosos de la obra de Rodó consideran que la influencia de lo oriental y lo uruguayo le llega al niño y joven Rodó a través de su madre.
Cuando se murió el padre, la familia quedó en la miseria, pero recibieron una herencia de un hermano de Rosario, diputado colorado.
La mujer debió tener un poder de influencia grande sobre sus hijos y e hijas, ya que ninguno de los que sobrevivientes se casó. Rosario murió en 1920, pasado los 90 años de edad, tres años después que Rodó, fallecido en Palermo, Sicilia, en 1917.
Compañera de viaje
La selección no pretendió favorecer a Cataluña, pero esa región de la península ibérica vuelve como un boomerang a estas mujeres. Manolita Piña, esposa de Joaquín Torres García, nació en Barcelona en 1883.
Conoce a quien sería su marido, uno de los mayores artistas plásticos de la historia del Uruguay, en 1905. Según la biografía de Piña en la página oficial del Museo Torres García, conoce a Joaquín cuando este fue a su casa a impartirle lecciones de pintura a su hermana Carolina. Se casaron en 1909 y en 1911 nace su primera hija, Olimpia.
“Acompañó a su esposo por sus periplos artísticos por Europa y Estados Unidos, por donde fueron naciendo sus hijos. Durante 1912 viaja a Francia y Roma y vuelve a Barcelona, donde nace su segundo hijo Augusto. En 1915 nace su hija Ifigenia y viven allí hasta 1919. Durante 1920 viaja con su familia desde España a Bruselas y París, y el 20 de julio del mismo año parte para Nueva York. Regresando a vivir a Génova y luego Fiesole en agosto de 1922. En Livorno, en 1924 nace su último hijo Horacio”, consigna la biografía citada.
Manolita acompaña a su esposo a París, Madrid y Bruselas. En 1934 regresan a Montevideo, donde vivirán hasta el fin de sus días y sus hijos Augusto y Horacio se transforman en grandes pintores bajo su mirada materna. Al morir Joaquín, Manolita tiene la idea de crear un museo que conserve y difunda la obra de su marido. El Museo Torres García funcionó primero en el Ateneo y desde 1990 en su actual sede de la calle Sarandí. Manolita murió en 1994, con 111 años.
La cuna del zorzal
La tan discutida historia del nacimiento de Carlos Gardel en una estancia de Valle Edén tiene como protagonista olvidada a una adolescente llamada María Lelia Oliva, quien con solo 13 años concibió un hijo del coronel Carlos Escayola, jefe político de Tacuarembó.
María Lelia era hija del cónsul italiano en la esa ciudad del norte del país. Su madre, Juana Sghirla, era amante de Escayola.
Sghirla hace casar a Escayola con su hija mayor Clara, quien al poco tiempo de desposada muere. Entonces le ofrece a su hija del medio, Blanca, con quien Escayola se casa. Pero le atrae, la más pequeña, María Lelia, a quien deja embarazada. Blanca no soporte la novela familiar y se suicida. La familia decide regalar al niño.
Apellido materno
Obdulio Varela, el “Negro jefe”, el gran capitán de la hazaña de Maracaná lleva el apellido materno. Su madre negra se llamaba Juana Varela y era lavandera del barrio de Jacinto Vera. Su padre era un gallego rubión de apellido Muiños. Obdulio Jacinto Muiños Varela (Jacinto le decían en la familia) nació en 1917.
“Él patentizó el apellido Varela por la admiración hacia su madre, de la que se emocionaba ante el solo recuerdo”, dice a El Observador el periodista Franklin Morales, autor del libro Los laberintos del carácter sobre la gesta de 1950.
Obdulio renegó del apellido Muiños porque su padre era hurgador y los abandonó.
“Al margen del sostén del hogar a Obdulio le fascinaba la transparencia de su madre”, agrega Morales.
Una anécdota tomada de la revista Estrellas Deportivas de El Diario (1977) la pinta de cuerpo entero. Cuando su hijo pasa de Wanderers a Peñarol recibe bastante dinero. “Me hice el loco y con esa guita compré de todo. Pollo al horno, lechón, vino y ¡qué se yo cuántas cosas más! Me tomé un taxímetro y llegué a mi casa. Miré a la vieja y me dijo: ‘¿M’ hijo , qué hiciste?’ ‘Nada, mamá. Firmé contrato para jugar al fútbol, me dieron $ 200 y empecé a gastar plata’.
La vieja no lo quería creer. Se fue a la comisaría a averiguar si había afanado a alguno”.
Morales llama la atención sobre un detalle jurídico. “Desde el punto de vista legal, si Brasil protestaba el partido porque no había ningún Obdulio Varela en la selección uruguaya, ganaba el partido”, argumenta.
No deja de sorprender que quizás el mayor símbolo de hombría del inconsciente colectivo uruguayo se sostenga sobre un apellido que provenía del seno materno.