El comportamiento en la vida cotidiana > Comportamiento / Roberto Cava de Feo

Despertar la buena curiosidad

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13 de abril de 2018 a las 04:30

Hace tiempo, mientras daba clase en Facultad, noté cierto cansancio en los alumnos. Acudí al
anecdotario y sin mucho pie ni cabeza, les hablé de una persona que era extraordinariamente
grande. Fue al médico. Le prescribió "baños de asiento". Sin embargo, por su tamaño, se los
debía dar de a cuatrocientos, de a seiscientos. Pero ninguno conocía la existencia de ese
medio curativo y eficaz. Sirvió simplemente para distraerlos un poco. Años después, visité uno
de los grandes museos de New York y, con asombro, encontré el artefacto llamado "hip bath".
Es un recipiente de latón que permite sentarse y recibí así los buenos efectos del agua caliente
en un "baño de asiento".

Con los "baños de asiento" es posible despertar cierta curiosidad. Vivimos en una ciudad
inmensa que tiene historia. Comprendo que para los niños y los jóvenes resulte un poco difícil
de conocer. Por eso, si me detuviera junto a la escollera Sarandí podría contarles muchas cosas
sobre nuestro puerto marítimo. Les hablaría entre otros temas, del "Graf Spee" aquel
acorazado legendario que fue volado a la vista de millares de personas en marzo de 1939.
Podríamos pasar por la "Ciudad Vieja" y de allí a la plaza Independencia con el monumento a
Artigas. Con sencillez les diría que debajo están los restos de nuestro prócer en una urna de
madera lustrada y con una cruz. Después y yendo calle por calle, llegaríamos al Solís, nuestro
teatro añoso de 1856. Pero los niños y los jóvenes no saben que detrás de cada casa, de cada
construcción, hay una historia.

Ellos desconocen que en el antiguo Cabildo sesionó nuestro Parlamento en el período patrio.
Recién el 25 de agosto de 1925 se inauguró el actual Palacio Legislativo, con tres inmensos
mástiles que custodian tres banderas. Allí está nuestro pabellón y las banderas de Artigas y la
de los 33 orientales. En la Ciudad Vieja está el Museo Romántico en la casa de don Antonio
Montero. Encierra mucho de "lo nuestro". Podemos llegar también hasta el "Museo del
Gaucho y la moneda" en pleno 18 de julio. Comprendo que pueden resultar visitas un poco
tediosas. No obstante, sé que se decía de una persona culta que era hasta capaz de explicar los
matices de una humilde pintura del novecientos. En una caminata imaginaria es posible
asomarnos a la plaza Zabala con su enrejado. Sólo el gusto exquisito de Eduardo André, un
francés paisajista, logró otorgarle la gracia que perdura.

Podría nombrar innumerables sitios porque intento despertar curiosidad. Nuestra rambla, por
ejemplo, es espléndida. Allí está nuestro mar. Algunos argentinos porfían en llamarlo "río"
pero es el "mar de Solís". Es verdad que en la escuela y en el liceo hemos aprendido a querer
la obra de Zorrilla de San Martín. Al pasar frente a la que fue en principio su casa de veraneo,
se anuncia como "Museo Zorrilla de San Martín". Allí está su ombú y está Zorrilla. Vale leerles
a nuestros jóvenes acompañantes, el lema del escudo familiar. Me conmovió cuando lo leí por
primera vez. Dice así: "Vivir se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte".

Montevideo tiene sus barrios. En esta nota los recuerdo con el corazón y sé que allí bulle la
vida con el trabajo cotidiano de millares de personas. Como dato anecdótico y como un
descanso, están de los antiguos "biógrafos" de la Aguada. Era los tiempos en los cuales se
distinguían "las vistas" y "las pruebas". Estas últimas tenían lugar en los circos. Los tranvías de
antaño unían los barrios y los vuelvo a ver con sus anuncios publicitarios recorriendo
nuestras avenidas y calles.

Hemos aprendido de niños la historia de la llegada de los primeros pobladores a Montevideo.
Vinieron de las Canarias y de Buenos Aires. Hoy me detuve en nuestra capital aunque podría
haber optado por las que denominamos ciudades del interior. Son muchas y quizás los jóvenes
de hoy no las conozcan. Dicen que el cariño es el buen afecto que se tiene a una persona o cosa. Por eso, cuando paso por Plaza Cagancha se me va el corazón a tantos sitios de nuestra República. Desde allí precisamente parten las rutas que nos unen.

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