Las crisis ponen a prueba al periodismo. Siempre se está a prueba, pero más en una crisis. Porque es cuando hay mayor demanda de información que aporte luz, que ayude a entender, que clarifique, que se note que no tiene un interés escondido.
Así lo sentí en 2002, cuando el espejo argentino y las debilidades acumuladas en Uruguay mostraban que asomaba un escenario de crisis: había que asumir el desafío de la lealtad con el público. No era fácil, pero sí necesario.
Pasado el temporal sentí que había cumplido el rol de la profesión que abrazo, y que me había ganado algunos enojos por incomprensión en algunos momentos, pero que había cumplido bien mi misión.
Di conferencias sobre aquella cobertura, en el exterior y también en universidades locales, y una de las placas decía: “Ni asustar; ni calmar; siempre informar”.
Recordé aquello estos días, porque el periodismo uruguayo (y mundial) está frente a nuevo desafío de otra crisis, y el manual está intacto.
Lo recordé también con la columna de Leonardo Haberkorn en este diario, respecto a algunas confusiones de colegas sobre la libertad de información y el ejercicio de la profesión, cuando habla de gente que sale a inventar cualquier cosa y pretende que los medios recojan su discurso.
Algún periodista del interior se sintió aludido y asumió que eso era extensivo a todos los colegas del interior.
No es así.
Haberkorn habla de mal manejo (yo digo irresponsable) que hacen algunos colegas y medios, aunque no haya mala intención. Cita casos en el interior que han amplificado la campaña del disparate creyendo que correspondía dar pantalla o aire a todo el mundo, pero eso no tiene distinción geográfica. Pasa en la capital también.
Puede generar curiosidad, audiencia, eso de darle marco de seriedad a la fantochada que hacen algunos con sanata absurda sobre la covid-19 y las vacunas, pero al hacerlo —aunque no se busque rating y sea simplemente por hacerlo— se desnaturaliza la profesión, el sentido del periodismo.
Haberkorn plantea un dilema profesional que muchos colegas enfrentan cuando aparecen voces antagónicas sobre temas delicados.
La reacción ha sido que no se puede limitar la libertad de expresión, y claro que no se puede. Eso no significa que el periodismo se haga eco de todo, como si todo mereciera eco.
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Camilo dos Santos
Para los periodistas siempre implica un desafío cómo cubrir una crisis
Responsabilidad, libertad, rigor profesional no pasan por reproducir cualquier cosa. Eso, justamente, no es todo lo anterior.
- Dar cualquier cosa y recoger cualquier eco es irresponsable (porque implica quitarse la responsabilidad de decidir lo que hay que informar).
- Dar cualquier cosa no es libertad, es sentirse preso (porque es dar todo para que nadie te reproche nada o te salte “en redes”).
- Dar todo es ser un mero trasmisor de todo, sin investigar, seleccionar, analizar, procesar, clasificar, separar lo falso de lo cierto.
Rigor profesional implica hacer un proceso de trabajo serio, que supone entender bien, para transmitir un producto que la gente pueda comprender
No es pensar por los demás. Pero eso no significa eludir la responsabilidad del rigor periodístico.
¿Qué es lo de “dos campanas”?
¿Por qué dos y no tres, o cuatro?
Hay una tendencia a creer que se informa bien si se pone una voz de izquierda y otra de derecha.
O dar una voz de oficialismo y otra de oposición.
O una que sí, y otra que no.
Eso me parece lo más alejado a periodismo en serio.
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No hay que acallar voces, no hay que distorsionar los hechos.
No hay que quedarse con la versión del “poder”, sea de lo que sea.
Hay que buscar siempre, y más.
Hay que recoger las miradas y las opiniones diversas, pero no cualquier cosa.
Y el que reproduce una falsedad, porque no se anima a decirle que no al sujeto que quiere que le den eco, es responsable también.
Si sale alguien a estafar gente, diciendo que vende unas gotas caseras que curan el cáncer y es mejor que tratamiento médico, ¿hay que “ayudarlo” a engañar incautos?
¿Habría que hacerle notas y aparte recoger al que salga a decir que está loco?
¿Ahí corre lo de “las dos campanas”?
Es una pena que haya periodistas que se sientan ofendidos con una columna que llama a la responsabilidad, pero seguro es parte de la confusión que generan las crisis. Es cuando más se precisa serenidad para informar, siempre informar, pero no desinformar.
Quizá el alboroto sirva para reaccionar, y también para que directores de medios, periodistas de todos los niveles y otros actores de comunicación comprendan lo grave que es convertirse en un simple caño de transmisión de cualquier cosa.
Otra crisis nos pone a prueba. Es cuando hay que demostrar que se está a la altura de la responsabilidad.