Opinión > HECHO DE LA SEMANA

Dios no juega a los dados, salvo a veces

Las encuestas hablan de un mundo extraño y azaroso

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18 de mayo de 2019 a las 05:01

Albert Einstein, el científico más popular del siglo XX, un hombre carismático cuya sola presencia provocaba algo parecido a la histeria colectiva, gustaba decir: “Dios no juega a los dados”. Con ello sintetizaba su completa fe en el carácter ordenado del Universo. Él venía a decir que detrás de lo aparentemente inexplicable y caótico hay un orden esencial y duradero, una verdad íntima: reglas a veces difíciles de desentrañar, pero que están allí, inmutables, como un Dios puntual.

Ahora parece que Dios ha empezado a jugar a los dados en Uruguay. Algunas encuestas señalan que el precandidato nacionalista Juan Sartori crece como leche hervida y va rumbo a la estratósfera, mientras el Partido Nacional, por sí solo, tendría más votos que el gobernante Frente Amplio.

Claro que todo eso requiere salvedades. Las encuestadoras de este país, en general, trabajan en serio, pese a la consabida escasez de recursos. En segundo lugar, el voto no es obligatorio en las elecciones primarias o internas del 30 de junio, lo que desfigura todavía más unas muestras estadísticas pequeñas. Y lo que puede ocurrir de allí en adelante, hasta las elecciones nacionales de octubre-noviembre, es un enigma tan incomprensible como la teoría de la relatividad de Einstein. 

Es cierto que el arribo de Juan Sartori, un muchacho al que le ha ido bien y ahora quiere ser presidente, es la principal novedad de las elecciones partidarias, junto a la zambullida de Ernesto Talvi en esos lodazales, y el regreso del incombustible Julio Sanguinetti.

Pero en Uruguay las tendencias políticas suelen variar con parsimonia, por aquello de que más vale malo conocido que bueno por conocer.

De no mediar terremotos, Luis Lacalle Pou debería ganar fácilmente la interna del Partido Nacional, aunque está por verse si obtiene mayoría por sí solo. Incluso Jorge Larrañaga puede vencer a Sartori, pese a los juegos de espejos de hoy. Los aparatos partidarios deberían pesar más que la propaganda y los choripanes cuando el voto no es obligatorio.

Las elecciones nacionales, en tanto, serán reñidas.

Las encuestadoras que aprietan a sus entrevistados hasta el final, como Radar o Factum, que los arrinconan hasta extraerles una identificación partidaria, colocan el actual registro del Frente Amplio en torno al 40%; por debajo de su promedio en las últimas cuatro elecciones nacionales (46,9%), pero todavía como primera fuerza. 

En parte, la antigua “mayoría silenciosa” de los colorados hoy vota Frente Amplio. 

La izquierda debería crecer tras una resuelta ofensiva electoral, aunque nadie sabe si le dará para ganar en segunda vuelta. 

Los blancos, mientras tanto, marcan un poco por encima de su promedio histórico de los últimos 25 años, los colorados no terminan de renacer, y los partidos menores parece que tendrán más importancia que antaño. 

Después de tres lustros, la izquierda en el gobierno sufre desgastes varios, y paga el precio de acomodos masivos y fracasos en tareas esenciales. Pero ganarle no tiene por qué ser sencillo. La mayoría de los uruguayos no gusta innovar en las elecciones.

Es cierto que los procesos hoy son más rápidos. Pero la historia indica que en Uruguay sólo hay un recambio histórico en el gobierno, en democracia o en dictadura, cuando un ciclo económico y político agoniza bajo el peso de una grave crisis, eventualmente unida a un shock externo. Así ocurrió en 1933, en 1959, en 1967, en 1973, en 1985, en 2005.

La actual debilidad relativa de la izquierda sigue a la debilidad de la economía, que en los últimos cinco años crece muy por debajo del promedio histórico de los últimos 50 años, que tampoco fue bueno. Pero aún no se puede hablar de crisis (salvo de la seguridad pública). Es probable que sólo más desempleo y una crisis fiscal y de deuda pública, que no están lejos, puedan desalojar al Frente Amplio del gobierno.

Si el ascenso de la izquierda fue lento, escalón por escalón entre 1971 y 2004, su salida del gobierno también debería serlo, como salió el Partido Colorado, que también ganaba casi siempre y ahora pena por volver a Ítaca.

Si Dios fue colorado y de Peñarol, se sabe que ahora es frenteamplista (y todo indica que, desgraciadamente, aún es de Peñarol).

Dios a veces hace bromas pero no es malicioso, decía Einstein también, cuando las teorías no cerraban. Entonces el físico danés Niels Bohr, amigo y rival científico, harto de escuchar que Dios no era pícaro ni jugaba a los dados, un día le replicó: “¡Einstein, deje de decirle a Dios lo que tiene que hacer!”.

Tal vez Dios al fin sí juegue a los dados, y deje algunas cosas libradas al azar, hasta en el muy cauto Uruguay, y permita subir al podio a nuevos candidatos glamorosos, aunque no sepan el himno nacional, y hasta desaloje a antiguos gobernantes atrincherados en la burocracia y los sindicatos. 

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