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Donald Trump camino a la cuerda floja

La palabra impeachment sobrevuela como buitre la ciudad de Washington

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12 de diciembre de 2018 a las 05:04

Y una mañana el mundo despertó con la noticia de que a Donald Trump lo querían correr de la Casa Blanca, pero Trump no se quería ir. Pocas veces en la historia de la humanidad se vieron desalojos tan escandalosos como este. Los periodistas hispanos no encontraban la palabra exacta para traducir el concepto de impeachment, para el cual los diccionarios presentan varias opciones lexicales, “juicio político”, “destitución”, “impugnación”, “enjuiciamiento político”, etc., aunque todos en el mundo informativo entendieron de lo que se trataba: de reportar la posible salida del presidente antes de la finalización de su mandato. La situación puede resumirse con una analogía: es algo así como ver al juez de un partido de fútbol recurrir al VAR antes de emitir el veredicto definitivo. Si hubiera VAR en política, Trump las tendría todas en contra; debería prepararse para que le muestren tarjeta roja. Doble roja. Pero como Donald tiene un don especial y es una especie de gato con varias vidas extra, aparte de las nueve que la cultura anglosajona les otorga a los felinos domésticos (dos más que la hispana), va a resistir en su trinchera hasta el final, en caso de que el proceso de destitución comience algún día que puede ser más pronto de lo esperado.

Días atrás Trump llegó a la cumbre del G20 con cara seria, como si tuviera hemorroides o un problema en la próstata relativos a su edad. Y puesto que ni siquiera de su salud se conoce mucho, o se sabe tan poco como de sus impuestos, nadie dijo si en verdad se trataba de un problema de salud, o el gato había llegado con gato encerrado. Vino y se fue rápido, sabiendo que al regreso sus abogados lo esperaban con noticias que no iban a ser las mejores para sus intereses. Trump, tuitero más en serie que en serio, siguió la lógica del ajedrez que le encantaba utilizar a mi ex novia vasca, convertida luego en exitosa ejecutiva de una multinacional: “no hay mejor defensa que un buen ataque”. En tuit de antier de tarde, Trump escribió (sic): “AFTER TWO YEARS AND MILLIONS OF PAGES OF DOCUMENTS (and a cost of over $ 30,000,000), NO COLLUSION!” (Después de dos años y millones de páginas de documentos (y un costo de cerca de US$ 30 millones), ¡NO COLUSION!) Y horas antes, refiriéndose a lo mismo, al informe de Robert Mueller, el fiscal especial, tuiteó: “Totally clears the President. Thank you!” (Totalmente exonera al presidente. ¡Gracias!).

Ni una cosa ni la otra son verdad, ya que es alta la probabilidad de que haya habido colusión, además, el reporte de Mueller no lo ha exonerado, pues simplemente todavía no se ha dado a conocer. Al tiempo que Trump delira y exhibe sin pudor su desvarío en Twitter, las bolsas de valores se desploman. Detrás del vidrio magnificado de la sorpresa, los estadounidenses, por primera vez desde la llegada del billonario al poder, comenzaron a temer una crisis gubernamental de amplias proporciones, una como no se veía desde los tiempos de Richard Nixon, quien terminó dejando la Casa Blanca de apuro, por la puerta de atrás, encima de un helicóptero parecido al que usaría años después Fernando de la Rúa.

 

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