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Dos luces en las tinieblas del odio

Lentamente el gobierno se fue inclinando hacia medidas de corte represivas 

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10 de febrero de 2019 a las 05:00

En más de dos décadas cubriendo asuntos de seguridad pública, me tocó abrazar a una madre cuyo hijo fue asesinado en una rapiña; a otra cuyo hijo de 13 años mató de un tiro a un amigo; estuve en ranchos donde a la miseria solo le faltaba que el padre de familia resultara acribillado vaya a saber por qué asunto; hablé con esposas de policías asesinados y con una de un militar muerto en el exterior, en medio de otra violencia, de otra jungla.

Eso me ha llevado a poner en el que creo es su debido lugar a las expresiones extremas de quienes se quejan de la inseguridad como si vivieran en el infierno. No las minimizo, solo que sí conocí a quienes de verdad la vida se les hizo un infierno, y no me refiero solo a los que perdieron a un ser querido, sino también a quienes viven en zonas donde el riesgo de perderlo puede ser inminente.

¿Me puede pasar? A cualquiera le puede pasar, pero no puedo caer en el cinismo de lamentarme con el mismo énfasis cuando vivo en un barrio donde esa sensación no sería realista.

Las sensaciones y la opinión pública, sin importar si van de la mano del realismo, juegan un papel central en este delicado asunto de la seguridad.

Como la coherencia no es necesariamente una virtud (Claudio Romanoff dixit) y la vida es cambiante, supe compartir plenamente las políticas de seguridad de este Ministerio del Interior.

Pero para un gobierno es muy difícil sostener políticas contra la opinión de un amplio sector de la ciudadanía. Por eso, lentamente, gota a gota, el gobierno se fue inclinando hacia medidas de corte represivo. Marchas pidiendo mano dura, clamor de que los maten a todos, gente aplaudiendo a un exfiscal cuya prédica filo fascista me provoca náuseas porque busca votos sobre el dolor ajeno. Todo eso pareció mellar en parte ciertas políticas que, por una vez, no recorrían el camino histórico de la represión.

Un solo dato: el plan Siete Zonas, que apostaba a recuperar espacios públicos con plazas y lugares de esparcimiento en barrios donde el Estado solo llegaba en forma de policía, se quedó sin presupuesto.

Entonces, las políticas y el sentir de la gente siguen siendo los históricos, al influjo de no lograr resultados, cuando los expertos saben que la seguridad pública lleva implícita una trampa argumental: lo que se evita no se puede medir. Las cosas, a mi juicio, deberían estar peor de lo que están, solo que algunas medidas (más patrullaje, más tecnología) lo han impedido.

Pero quiero enfocar el fin de esta columna en esa corriente de opinión cargada de bronca y a veces odio que logra torcer políticas públicas. Y no quiero minimizarla, solo contarle, a quien no lo sepa, que hay otro camino, aunque quizás esté marcado solo para ciertos espíritus que no abundan.

Ya he referido la historia de Smadar, una mujer israelí que tuvo la desgracia de que un día llegara a su casa de la playa Samir Kuntar, un sanguinario terrorista de Hizbulá. Kuntar mató de un tiro al esposo de Smadar y a su hija de 4 años le destrozó el cráneo golpeándola contra unas rocas. Luego fue por ella y por la pequeña Yael, la otra hija de 2 años. Smadar se escondió y le tapó la boca a Yael para que no hiciera ruido, con tanta mala suerte que la asfixió.

Un día, miembros del gobierno israelí le informaron que Kuntar había sido atrapado. Pero otro día se le informó que en un intercambio de prisioneros, Kuntar había sido liberado. La prensa fue a buscar la opinión de Smadar. “Si esto es por el bien de Israel y de los presos israelíes, que así sea”, dijo la mujer, de cuyos labios no salió ni una palabra de crítica o rencor. 

Cada vez que vuelvo sobre esta historia se me hace un nudo en la garganta, el mismo que se me hace cuando oigo la historia de Graciela Barrera, la cara visible de la Asociación de Familiares Víctimas de la Delincuencia (Asfavide). Le mataron a su hijo en una rapiña y ella optó por empezar a recorrer cárceles para contarles a los delincuentes la dimensión del daño que pueden hacer. Los presos la respetan, lloran con ella, le piden que regrese.

No estoy diciendo que los familiares de las víctimas, y mucho menos la “opinión pública”, esa masa informe donde hay gente herida y otra indemne, adopte la postura de Smadar o de Graciela.

Solo lo menciono para dejar constancia de que hay algunas almas que cuando hablan o actúan, encienden por un momento, ciertamente muy fugaz, una luz de esperanza en el corazón de las tinieblas. 

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