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Echar luz sobre PISA (2)

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23 de enero de 2020 a las 05:00

La primera parte de esta nota se puede leer aquí.

El informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes o Informe PISA (por sus siglas en inglés, Programme for International Student Assessment) nos arroja luz sobre cuatro aspectos, entre otros, a la luz de entender la inclusión educativa como la simbiosis de equidad y calidad para apuntar el potencial de excelencia de cada alumno. Como señala el ministro de Educación de Francia, Jean-Michel Blanquer (2018), el desafío de la escuela es darles una chance verdadera a todos los alumnos asentado en la diversidad de sus excelencias.

Un primer aspecto radica en entender la equidad como el grado en que los resultados educativos se relacionan con los antecedentes y las características de los estudiantes (2019). En efecto, PISA cuantifica la magnitud de las diferencias en el desempeño de los estudiantes, ubicados en los extremos de la escala socioeconómica. Cuando las disparidades entre dichos extremos pueden equivaler a más de cuatro años de escolaridad de diferencia entre los alumnos del 10% más socialmente mas desventajado y del 10% mas aventajado, ciertamente se generan circuitos de sociedades paralelas sin puntos de conexión.

Las diferencias pueden ser también analizadas a la luz de la variación de desempeño entre las escuelas. Por ejemplo, si consideramos el desempeño en lectura, la variación entre escuelas es superior al 30% en Uruguay, levemente inferior a las registradas en Brasil y Perú. Asimismo, Finlandia es el país con la menor variación – 7%– de entre los 79 países analizados. Valores del entorno del 10% registran otras sociedades nórdicas como Islandia, Noruega y Dinamarca. Los valores más bajos podrían indicar que estas sociedades logran gestar una propuesta educativa de calidad para diversidad de colectivos e individuos. No se contrapone la equidad a la calidad.

Un segundo aspecto tiene que ver con que la incidencia de los antecedentes sociales en el desempeño del estudiante varía fuertemente entre países. En efecto, PISA lista aquellos países que logran tener sistemas educativos denominados de clase mundial. Esto es, no son sistemas educativos solo funcionales a alumnos que podrían tener condiciones a priori consideradas como más propicias para el logro de buenos resultados. El hecho que dichos sistemas educativos se encuadran en sociedades cultural y socialmente muy diversas – por ejemplo, Australia, Canadá, Corea, Japón, Estonia y Noruega –, nos permite afirmar que lejos de haber un solo modelo educativo exitoso, existen diversidad de ruteros para el logro de resultados de calidad. Quizás los denominadores comunes de estas sociedades están en concebir la educación inscripta en una visión de bienestar, desarrollo, inclusión y cohesión de la sociedad en su conjunto y, asimismo, concebida en clave de largo aliento.

En tercer lugar, PISA nos advierte sobre la relevancia de la política pública como un mediador central en la interrelación entre las características sociales del estudiante y del centro educativo. En muchos países, la mayor cuota parte de la segregación entre escuelas proviene más de dentro del sector público que entre las escuelas públicas y privadas. Cabe señalar que la conjunción de la estratificación social y por centro educativo impacta severamente en los grupos de población más vulnerables.

En clave comparada mundial, Uruguay se ubica en el cuadrante de países que registran altos niveles de segregación tanto de estudiantes desventajados como de los aventajados. En dicho cuadrante figuran los ocho países latinoamericanos que participan de PISA, lo cual es indicativo de una problemática generalizada a nivel de la región y en particular, señala la debilidad de las políticas públicas actuales de cara a combatir la segregación social, territorial y educativa.

En cuarto lugar, PISA nos recuerda que el mejoramiento de la educación no solo implica cantidad de recursos. Ciertamente que la inversión en educación importa y mucho. En efecto, se constata que existe una relación positiva entre inversión en educación y la media de desempeño en lectura. Sin embargo, a partir de determinado nivel de gasto, que se estima en un total de US$ 50.000 destinado para cada alumno entre las edades de 6 a 15 – una media de US$ 5.000 por alumno por año–, no se verifica prácticamente ninguna relación entre inversión y desempeño (PISA, 2019).

También se concluye que lo que importa es la manera en que los recursos son gestionados. El caso de Finlandia es paradigmático ya que es de los 79 países participantes de PISA, el que registra el menor tiempo anual de instrucción y, asimismo, tiene de los valores más altos de desempeños en lectura. Esto contribuye a recordarnos como país que todo esfuerzo orientado a aumentar la carga horaria anual de clase tiene que sustentarse en una propuesta educativa potente.

En suma, los hallazgos de PISA nos fortalecen en la idea que es posible congeniar y alcanzar altos niveles de equidad y calidad en diversidad de contextos y circunstancias. Esto implica, por un lado, abrigar una visión potente y sistémica de la educación, y, por otro lado, tener la voluntad y la capacidad de conectar las diversas piezas y niveles del sistema educativo para apuntalar los aprendizajes de cada alumno cualquiera sea su situación

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