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Educando perdedores

Cuando se trata de definir lo que significa mejorar la educación se descubre que se está persiguiendo una utopía

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17 de octubre de 2017 a las 05:00

En pocos temas hay tanta coincidencia global como en la necesidad de mejorar la educación para aumentar las oportunidades de empleo, la productividad, el output y el valor agregado de la producción. Esa coincidencia cruza todo el espectro ideológico y las diferencias económicas o políticas.

Pero cuando se trata de definir lo que significa mejorar la educación se descubre que se está persiguiendo una utopía, una búsqueda del santo grial, un milagro que consistiría en que toda la sociedad se pusiera de acuerdo sobre cómo encarar el tema y llevarlo a cabo. Aun si ello ocurriese, no es seguro que un mero avance en los planes de enseñanza bastaría para lograr los objetivos enumerados. Tal vez haya que pensar de otra manera.

Cuando Alvin Toffler irrumpió en las últimas décadas del siglo XX con su trilogía emblemática El shock del futuro, La tercera ola y Powershift, una de sus principales predicciones fue que el individuo, acostumbrado a cambiar tres o cuatro veces de empleo en su vida, debería acostumbrarse ahora a cambiar tres o cuatro veces, pero de profesión. Esa afirmación fue revolucionaria y atemorizante además de resultar tremendamente cierta.

Costó mucho trabajo a las sociedades aceptar y digerir esa nueva realidad que, treinta años después, no se termina de asimilar. Las generaciones jóvenes parecen haber entendido algo mejor el punto a causa del desarrollo de los negocios de internet, que los ha acostumbrado a un cierto nivel de improvisación, favorecidos por el financiamiento barato de proyectos que nacen y mueren mientras sus autores van saltando de uno a otro hasta que logran algún éxito.

Ahora el paradigma podría estar virando nuevamente a otro estadio: la desaparición del empleo en relación de dependencia. Esto es una consecuencia de situaciones múltiples. La más evidente es la tecnología, que avanza en todos los campos a una velocidad que hace difícil el cumplimiento instantáneo de la ortodoxia económica, que dicta que los empleos perdidos a manos de la tecnología se recuperan con creces. La impresión 3D y la robótica por caso, tendrán efectos no solo sobre el empleo sino sobre la subsistencia de las propias empresas. Esa destrucción creativa que describiera Schumpeter puede tener un efecto palanca muy alto, con lo que el empleo tardaría mucho más en recuperarse en esta cuarta ola, para seguir a Toffler.

La globalización plantea el problema adicional de que los efectos positivos de la tecnología no necesariamente producen demanda de nuevos empleos en el mismo país en que los destruye, lo que también dificulta el cumplimiento de la ortodoxia de recreación de empleos mencionada y empuja al proteccionismo fatal.

Como si esto fuera poco, los sistemas laborales de muchos países, Argentina, Brasil y Uruguay, para hacer nombres, empeoran incesantemente el ratio de sustitución hombre/tecnología al infinito. En tales condiciones el empleo en relación de dependencia será cada vez más limitado.

Si se aceptan estos vaticinios, antes de pensar en los planes de estudios habría que empeñarse en la formación de individuos para que desarrollaran determinadas características psicológicas, de personalidad y sociológicas, además de emprender su educación curricular.

La principal de esas características a transmitir es la virtud de huir de la cultura del welfare, la solidaridad social o como se quiera llamar. Los individuos que mejor se adaptan a los cambios son los que consideran un desvalor recibir una pensión por desempleo o un subsidio por cualquier causa. Los planes trabajar, de empleo o como se los quiera apodar, no son una alternativa laboral ni deben considerarse como tal. Como ocurriría con una muleta, deben molestar a quienes no tienen más remedio que usarlos. Una sociedad de perdedores resignados no llega nunca a la grandeza.

Estos planes, máxime cuando se eternizan, son desastrosos para la persona, para la familia, para la sociedad y para la seriedad presupuestaria. Además, suben los costos laborales, bajan la participación o nivel de actividad y matan la voluntad y la confianza de cada uno. Por eso son el mayor enemigo del esfuerzo y la productividad, y definitivamente de la creatividad. Y de paso originan un costo fiscal impagable.

Pero el efecto más grave es la pérdida de la confianza en sí mismo del individuo y en sus recursos para enfrentar la vida. Se lo condena así a depender del estado, de la limosna, de la solidaridad. En tales condiciones, la única alternativa a la pérdida de un empleo privado o a la imposibilidad de conseguirlo, será un subsidio o el empleo estatal, otra forma de subsidio.

Un fundamental aspecto formativo es imbuirle la idea al alumno que no hay bienestar sin esfuerzo previo. Este principio es hoy universalmente postulado por los más importantes psicólogos y sociólogos para la formación de los niños. Fomentar su optimismo, su confianza, su ilusión y su capacidad de reacción ante las adversidades inexorables de la vida. Vale también para ser capaz de crearse un trabajo cuando se ha perdido el empleo. Si en cambio se acostumbra a la persona a que la alternativa a perder o no conseguir un empleo privado es el empleo público o un plan trabajar o similar, se la está esclavizando y limitándolo en sus posibilidades.

Al inculcarles a los jóvenes estos principios, también se los estará guiando para que desconfíen de cualquiera que le prometa defender su trabajo y su bienestar sin esfuerzo previo, lo que los hará rechazar el relato barato de la demagogia y el populismo. Logro nada despreciable en cuanto evitará muchos de las deformaciones de la democracia.

Quienes deben realizar este cambio no son los maestros, que suelen estar discapacitados para este tipo de formación, cegados casi siempre por su ideología que les ordena hacer todo lo contrario. Los sistemas inclusivos de educación que tratando de integrar al joven eliminan el esfuerzo previo, la frustración y el fracaso –enormes aleccionadores–en rigor lo están hundiendo en la incapacidad emocional e intelectual para adaptarse a cualquier cambio.

Son los líderes políticos, gremiales y hasta espirituales quienes deberían encarar la reforma. Por supuesto, no lo harán, porque eso sería opuesto a sus propias conveniencias. Al contrario, seguramente asegurarían que esos objetivos son imposibles de lograr y concluirían: “este pueblo es así”. Porque su materia prima principal es ese individuo vencido, sin confianza en sí mismo, perdedor, sin una cultura del esfuerzo, sin la fe suficiente como para creer en sus propias fuerzas y necesitado de limosnas y subsidios. Todo lo opuesto a lo que esta nota propone.

Y luego procederían a sostener que es fundamental adecuar la educación a las nuevas necesidades que plantea la sociedad global, para mejorar el empleo, el bienestar y la dignidad del ser humano y otros recitados similares. Sin tener la menor idea de cómo hacerlo ni la menor intención de hacerlo. Y sin dar a la juventud ninguna oportunidad.

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