20 de febrero 2022 - 5:05hs

LeRoy Robert Ripley (1890-1949) fue un dibujante y empresario estadounidense de gran imaginación que entre otras cosas acuñó para la eternidad la frase “Believe It or Not” (créalo o no) y cuyo apellido quedó asociado a la expresión “es de Ripley”, que comenzó a ganar popularidad en 1918. Believe It or Not se llama el tema cantado por Joey Scarbury que el 13 de junio 1981 llegó a la posición número 2 del ranking de Billboard y que ha sido utilizado en infinidad de comerciales. Créalo o no, el Día de los Enamorados celebrado el pasado 14 de febrero tuvo en Estados Unidos, país en el que más se gasta en esa fecha, un éxito extraordinario, aunque cayera un lunes y la pandemia siga y amague con seguir acompañándonos. Si alguno de ustedes prestó atención a los medios informativos online de ese país, habrá observado sorprendido, como yo lo estuve, que las noticias más leídas en esa fecha estuvieron todas relacionadas con los planes de las parejas de famosos para la noche y los mensajes que se enviaron. ¡Qué invasión rusa a Ucrania o desempleo, ni que ocho cuartos! La palabrería semántica del amor expresado en frases muy acotadas reinó por al menos 24 horas. La cursilería estuvo de parabienes y también el capitalismo en su versión romántica.  

Tal vez porque el año pasado la gente debió celebrar al santo asociado al amor a través de zoom –que se cortaba debido al volumen de gente conectada en plan de conquista–, llamadas telefónicas, o bien mediante mensajitos en las redes sociales, en 2022 la tribu se desbocó por completo y salió a gastar enardecida como hacía tiempo, no menor a dos años, no se veía. Pero primero los mensajes, que de tan tiernos podían cortarse con el tenedor. En su cuenta de Instagram le escribió Barack Obama a Michelle: “¡Feliz día de los enamorados, Michelle! Con una sonrisa que ilumina el mundo, eres realmente única. Hoy y siempre, agradezco tenerte en mi vida”. Michelle no le fue a menos: “Me siento tan bendecida de poder pasar todos los días con este muchacho. ¡Feliz San Valentín, Barack! Por todas las aventuras que tenemos por delante”. En Instagram también, Victoria Beckham a su marido, el exfutbolista: “1998 en Nueva York! ¡Y todavía mi San Valentín 24 años después; aceptado el día que descubrimos que estaba embarazada de @brooklynbeckham! Te amo @davidbeckham”. Rita Wilson a su esposo, Tom Hanks: “¡Feliz día de San Valentín a mi tesoro! Te amo”. 

No hay cura para el amor, canta Leonard Cohen en una canción genial que lo dice casi todo. En eso de ser incurable, el amor es más poderoso que el covid-19, virus para el cual ya encontraron al menos una vacuna con tres dosis. “Ah, el amor”, solía decir un colega, muerto (no de amor) dos días después de jubilarse, cada vez que veía a enamorados besándose con furia y euforia en las plazas. Aunque siguen besándose cada vez más, cuando están juntos y no unidos solo por una pantalla, hoy los jóvenes no van a las plazas ni a ningún otro espacio a la intemperie que en épocas no tan pasadas era ideal para expresar amor, o su sucedáneo previo, el deseo. El 14 de febrero de 2022, el amor, que rompe corazones cuando se marcha y deja a uno de los dos implicados con las manos vacías, tuvo que romper varias chanchitas para sacar los ahorros y pagar las cuentas por lo gastado bajo la presión de Cupido, porque cuando el corazón da órdenes a la razón, las ganas de mantener ilesa a la alcancía desaparecen al instante. Este año los estadounidenses gastaron como locos, porque el amor lo es, loco. Ya lo decían los franceses: l’amour fou. “Amor, Amor” se llama un perfume de Cacharel. Y lo que se gastó el 14 fue de locura. De no creer, créalo o no.  Las cifras del derroche efusivo rozan lo increíble. Díganme si no, y aunque no me digan, es igual de no creer. 

En un mundo en el que insólitamente hay un día dedicado en exclusiva para casi todo, Día de la Secretaria, Día Mundial de las Legumbres (sic), Día Mundial de la Radio, Día del Amigo, Día de los Trabajadores, Día del Canillita, Día Mundial de la Justicia Social, Día Internacional de la Mujer, Día Mundial del Agua, Día Internacional de la Felicidad (ojo, es dentro de un mes, el domingo 20 de marzo), Día Internacional del Jazz, Día Mundial del Atún (otro sic), Día Mundial de las Abejas, día mundial de no sé qué más, etc., estaba cantado que para aquellos que se consideran enamorados debía haber también un día fijo para celebrar su sentimiento, aunque el amor sea lo más móvil del mundo. El Día de los Enamorados no ha perdido vigencia, 2022 vino a demostrarlo. Además, ahora su celebración se extiende por todo el orbe, incluso en países de bajo perfil amatorio en los que regalar una caja de chocolate o un ramo de rosas rosadas o amarillas era visto como un asunto accesorio, importado de yanquilandia. Decía un poeta australiano cuyo nombre olvidé que los Estados Unidos son como la muerte: se meten donde nadie los llama. Son, además, geniales a la hora de vender fechas que con su celebración ayudan al aumento del consumo. El capitalismo controla las flechas envenenadas de Cupido, un Guillermo Tell que cuando apunta al bolsillo nunca le erra. Su puntería es mítica.

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El Día de los Enamorados es, por tanto, una fecha que salva de la ruina a muchos estadounidenses cuyos ingresos dependen del gasto de los demás auspiciado por un sentimiento romántico. Las cifras que dejó el cupidazo de 2022 son, me parece, alucinantes. Se calcula que los enamorados gastaron una cifra superior a los US$ 24.000 millones. Los tres rubros principales en cuanto a cantidades gastadas fueron la joyería (US$ 6.200 millones), la florería (US$ 2.300 millones), y la industria de los dulces, chocolatera sobre todo (US$ 2.200 millones). Los hombres gastaron casi el doble que las mujeres. La fecha no solo ha salvado a mayoristas y minoristas, sino también a la esperanza, la cual ha renacido. De ahí que casi el 60% de los ciudadanos estadounidenses considera que los gestos (y gastos) románticos son ahora de mayor importancia que antes de la pandemia.

Valentine’s Day es la fecha dedicada a los enamorados o a quienes con el amparo de ese día quieran estarlo (habría que ver qué tan alto es el porcentaje de quienes consigue su objetivo). Tradicionalmente, durante los meses y días previos a San Valentín, quienes sufrían aterrorizados no eran los pavos, tal como sucede en el Día de Acción de Gracias, sino los árboles, pues miles eran talados para fabricar el papel y la cartulina con que se hacen las tarjetas alusivas a la apasionada fecha, en la que además de frases de amor empalagosas y chocolates, la gente, aquella que se considera enamorada, intercambiaba besos y abrazos, sobre todo más de lo primero. Por lo general, la fecha en cuestión cae en un día frío por ser invierno en el hemisferio norte, por lo que el intercambio a nivel bucal encuentra una justificación térmica. Son esos canjes justificables. En días 14 de febrero, a toda hora, he visto a parejas de razas varias y estaturas diferentes besarse durante minutos seguidos, algo que los días veraniegos no propician tanto, pues el calor suele venir acompañado de sofocones que obligan a unos cuantos a respirar por la boca como si fueran un pez sacado recién del agua. 

Durante el invierno, en cambio, a nadie con salud suele faltarle el oxígeno, por lo que muchos aprovechan la fecha febril y febrerina para hacerse mutua respiración boca a boca, y algunos consiguen incluso tener éxito.  El aire del amor los salva. Traigo a colación estas imágenes de contenido explícito, pues las tradiciones están cambiando, también a nivel de intercambio y conocimiento amoroso. Las cifras que ha dejado el 2022 en este rubro no hay que atribuirlas únicamente al aislamiento generado por la molesta pandemia. En este reciente San Valentín, las citas amorosas por internet aumentaron 33%, cifra alta que no debería sorprender a nadie, considerando que en nuestros tiempos el 26% de los matrimonios comienza en línea, aunque muchos después pierdan la línea cuando pasan a vivir juntos. No quiero ponerme como único ejemplo.

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