17 de febrero de 2015 17:53 hs

Unos años, el director, escritor y productor británico de cine Matthew Vaughn se encontraba ante una encrucijada. Tras reintroducir de forma exitosa la saga de superhéroes mutantes de Marvel en 2011 con X-Men: primera generación –que tuvo a actores de la talla de Michael Fassbender y Jennifer Lawrence utilizando trajes multicolores de manera convincente– y establecer una parodia astuta a estas mismas películas con la irreverente y violenta doble entrega de Kick-Ass y Kick-Ass 2, Vaughn debía elegir cuál sería su siguiente proyecto cinematográfico.

Los estudios Fox, propietarios de la franquicia de los X-Men, manejaban una idea que combinaría los repartos del filme de Vaughn con el de las primeras entregas dirigidas por Bryan Singer a principios del milenio y querían al inglés nuevamente detrás de cámaras. Pero mientras el director, que empezó su carrera en el cine como productor en los primeros filmes de Guy Ritchie, esperaba el guión del filme que luego se convertiría en X-Men: días del futuro pasado (2014), otra historia cayó en sus manos. Se trataba de un cómic y una vez que la leyó, su próximo largometraje comenzó a rodarse inmediatamente en su cabeza.

El resultado de ese periplo creativo es Kingsman: servicio secreto, la última película de Vaughn que llegará a la mayoría de las salas uruguayas este jueves, pero que ya se puede ver en algunos cines en calidad de preestreno. Se trata de una comedia de acción y espionaje entretenida, protagonizada por el actor inglés Colin Firth como nunca se lo vio en un papel de pura destreza física.

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Pero el filme es además el puntapié inicial de un 2015 que aventura el regreso triunfal de las películas sobre agentes secretos, un género que parece recuperar el encanto y locura que supo tener en los primeros filmes de Sean Connery como James Bond.

Comedia de homenaje

Basada en un cómic creado por Mark Millar y Dave Gibbons, en Kingsman Vaughn se propone escribir una carta de amor en formato cinematográfico a las películas de espías divertidas. No obstante, en lugar de reírse del género como lo hizo Mike Myers en las películas de Austin Powers, aquí se rinde tributo a través de una trama original de intriga internacional y acción estilizada, con guiños que van desde el agente 007 hasta El superagente 86 y la serie británica de los sesenta Los vengadores.

Kingsman trata sobre una organización secreta de espionaje de origen británico que, ante la amenaza global de un genio tecnológico (Samuel L. Jackson), deberá reclutar a un joven de la calle para entrar a un programa de entrenamiento competitivo que lo convertirá en el próximo agente capaz de detener el descabellado plan del villano. Será “Eggsy” ( Taron Egerton), el irrespetuoso aunque carismático protagonista, quien deberá seguir las enseñanzas de su mentor, el agente Harry Hart (Firth), para convertirse en un verdadero “caballero”. Es que los espías de Kingsman están lejos de esos casi imperceptibles entre la multitud, que popularizó el autor John le Carré en sus novelas. Estos andan por las calles y pubs de Londes vestidos de manera impecable de pies a cabeza como unos verdaderos dandys ingleses.

Como buena película de espías, también hay encendedores que son granadas, paraguas que son armas, guaridas escondidas de villanos y hasta un esbirro con una deficiencia física convertida en un arma letal, que en este en este caso es una chica con prótesis en las piernas sumamente letales.

Con esta fórmula y ayudado por la fotografía de George Richmond, Vaughn ofrece dos horas de comedia física que no dan descanso al espectador y eso es bueno. El filme utiliza la hiperviolencia en secuencias de acción filmadas de manera espectacular, que convierten cualquier pelea en un ballet de piñas y patadas. Sin embargo, nunca pierde la elegancia que rodea al filme y sus personajes. Pocas veces la explosión espontánea de varias cabezas se vio tan linda en la historia del cine.

A unos días de la entrega de los premios Oscar y con las obras más laureadas del año pasado en cartel, algunos podrían llamar a Kingsman un entrenamiento burdo. No se equivocan: el filme es completamente ridículo. Pero es la ejecución impecable de esa excentricidad lo que hace que la película merezca una oportunidad, al tiempo que motiva la impaciente espera por una segunda parte.

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