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El arte de los deseos: Pictogramas de 3000 años en Atacama

El Alero Taura, una zona con un volcán y un cerro con arenas de dos colores, en el desierto de Atacama, esconde pictogramas de hace unos 3.000 años

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31 de agosto de 2018 a las 14:56

La Llama Celeste que se contempla en la Vía Láctea desde el desierto de Atacama fue representada hace cerca de 3.000 años por los habitantes de la zona sobre las piedras del Alero Taira, un cañón rocoso que esconde una serie de pictograbados en los que comulgan astronomía, magia y naturaleza.

Ubicado unos 75 kilómetros al noreste de la ciudad chilena de Calama, en el cañón del río Loa, los grabados y pinturas rupestres del Alero Taira dan testimonio del diálogo místico de los pastores atacameños con las deidades, a las que pedían fertilidad para su rebaño de llamas representando en las piedras lo que veían en el cielo.

Es el llamado “arte de los deseos” de la zona andina, una forma de comunicación con los dioses en la que se configura sobre las piedras aquello que se quiere tener en abundancia, explicó el arqueólogo chileno José Berenguer, que ha estudiado estas manifestaciones antediluvianas durante los últimos 35 años.

Este conjunto artístico fue divulgado científicamente por el arqueólogo sueco Stig Rydén en 1944, quien describió dos sitios de arte rupestre, ambos ubicados a 3.150 metros sobre el nivel del mar, en las paredes rocosas del cañón que forma el río Loa en pleno desierto.

El sitio principal es el Alero Taira, que se encuentra a unos 30 metros sobre el Loa, en unas paredes de piedra en las que lucen figuras de llamas, aves y otros animales, además de humanos, vulvas, falos y una serie de símbolos que fueron grabados y pintados, mayormente de color rojo, entre los años 800 y 400 antes de Cristo.

La llama, cuya crianza los lugareños habían incorporado a sus medios de vida, junto a la caza y el cultivo, es el animal más presente en las composiciones de arte rupestre de la zona.

La inspiración la encontraban en la constelación oscura de la Yakana, que orbita en la Vía Láctea, y en la que los atacameños veían a la Llama Celeste, la “creatriz” de las llamas.

En menor número aparecen pictografiadas aves con forma de avestruz, flamenco o perdiz, zorros y algún felino, animales presentes en las constelaciones oscuras que orbitan junto a la Yakana, como Yutu (perdiz), Atoq (zorro), Hanp’atu (sapo) y Mach’acuay (serpiente), aunque la visualización de estas dos últimas sobre los paneles de piedra se presta a una interpretación más amplia.

“Es un arte rupestre con una finalidad pragmática. Están intentando conseguir multiplicar los ganados de llamas y lo que hacen es un gran diálogo con la astronomía, con la Vía Láctea”, agregó Berenguer, curador jefe del Museo Chileno de Arte Precolombino.

Ahí ven “no solo las constelaciones de estrellas sino también las constelaciones de nubes oscuras” en las que perciben “representaciones de animales como la llama, la perdiz o el zorro”, detalló el arqueólogo.

La idea de la fertilidad de las llamas impregna cada una de las composiciones pictóricas, si bien la interpretación de que su nacimiento en tierra depende de su “creatriz” en el firmamento, a la que lisonjean plasmándola en las rocas, es solo una de las posibles.

La otra más extendida en el mundo andino es que la maternidad de estos camélidos proviene de los manantiales, de los 16 “ojos de agua” que, a modo de vulvas, surgen en la orilla izquierda del río Loa a su paso por Taira, circunstancia singular en medio del desierto más árido del planeta.

Las representaciones de figuras humanas, vulvas y falos que, en menor medida, aparecen en estas piedras junto a las llamas y demás animales, indican, según Berenguer, que tras estas manifestaciones de arte rupestre subyace no solo la idea de la fertilidad de las llamas, sino también la de la propia reproducción de la sociedad atacameña del momento.

El entorno paisajístico de Taira, que nunca pierde en el horizonte la imponente presencia del volcán San Pedro, incluye otros puntos de atracción, como el Sirawe, un cerro de arenas de dos colores, marrón claro y negro –a modo de ojo– que se mueven con el viento emitiendo extraños bramidos.

La magia, una vez más, se manifiesta en el lugar, donde convive con la naturaleza y la astronomía para sellar el encanto diferencial de Taira frente a otros puntos turísticos más conocidos del desierto de Atacama.

Fuente: EFE

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