9 de octubre 2020 - 21:33hs

Tanto le pidieron al Frente Amplio que hiciera “la autocrítica”, que la coalición de izquierda se mandó un documento de más de 7.000 palabras para intentar descifrar por qué perdió las elecciones y para hallar el camino para volver a ganar.

El debate interno hace bien a los partidos políticos, pero no siempre. Menos cuando se trata de hallar la “culpa” por una derrota electoral, que inevitablemente deriva en mirar al del costado como diciendo: “¡También ustedes lo que hicieron! ¡Cómo no íbamos a perder!”.

Un Plenario o un Congreso sobre “autocrítica” le dará el gusto a sus adversarios (que se lo piden), y más que una contribución efectiva a la mejora de su acción política, puede ser un certamen de ingenio para demostrarse entre unos y otros quién “la tiene más clara”. Aunque también la gimnasia partidaria terminé imprimiendo un impulso positivo.

Tiene riesgos: el sinceramiento conlleva exponerse a problemas mayores a los que se quiere solucionar, y eso rige para dirigentes políticos, jefe y subordinado, compañeros de trabajo o pareja de amor enredado.

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¿Es posible llegar a “un consenso” sobre los motivos de la derrota? No es posible eso en el Frente, porque hasta la propia diversidad de corrientes internas, hace que la mirada política sea desde un ángulo distinto, y entonces la conclusión es diferente o hasta antagónica.

No hay una explicación objetiva y única, por lo que puede ser frustrante el camino a esa fórmula.

Un problema del Frente está en que después de la derrota se engañó a sí mismo.

Leen mal el voto de noviembre como si fuera una corrección del resultado de octubre, y ni reparan que la adhesión que logran en el electorado y que había estado en el 50% antes, y bajó dos escalones, a 45% y a 40%.

En la primera vuelta tuvo 39% del total de votantes, y ahora (aunque no es una elección nacional sino 19 departamentales), recogió 40,4%.

Hay un rasgo de soberbia en el análisis que circula en corrillos de comités de base, que siguen impregnados del aroma de un La Paz sin filtro y la milonga triste de los setenta. Se preguntan por qué perdieron, sin preguntarse por qué ganaron los otros.

Además, no se puede entender por qué perdió, sino se entiende por qué se ganó antes.

Muchos dirigentes creen que llegaron al gobierno por el resultado lógico de un proceso, por el cual los uruguayos comprenderían que nada mejor para el país que un gobierno de la izquierda.

El Frente era “lo más”, pero muchos uruguayos no veían eso porque seguían engañados por los malos (colorados y blancos) y se iban “avivando” de a poco, hasta inclinar la balanza.

No fue así: el FA llegó al gobierno porque primero hubo una mirada estratégica de Líber Seregni para aggiornar la coalición a una sintonía con la mayoría de la gente; y porque hubo una definición táctica de Tabaré Vázquez, con acciones en lo organizativo y en la propuesta.

***

La creación del Encuentro Progresista –cuestionada en la interna- permitió a Vázquez zafar del corsé del Plenario del FA, porque las decisiones pasaban a una mesa “superior” en la que el Frente tenía un asiento, igual que nuevos socios chicos, que respondían al líder.

Como el lema ante la Corte sería el “EP”, lo que hacía el FA quedaba tamizado por lo que manejaba Vázquez. ¿Quién lo iba a cuestionar si había sido exitoso en 1989 cuando nadie creía que se podía ganar Montevideo y además era el político de mayor simpatía en el país? Y todo fuera por llegar al poder.

Sobre la propuesta electoral, también se desligó del aparato militante, porque “el programa de gobierno” del EP o “la plataforma programática” recogía parte del siempre complejo programa del Congreso frentista, pero no todo. Y además incorporaba planteos de los socios (que estaban en el EP pero no el FA).

Para 2004 dio un paso más, y creó la “Nueva Mayoría” que era la sociedad del EP con nuevos amigos (Nuevo Espacio), o sea que era una supra organización del FA al cuadrado.

La jugada final de Tabaré fue levantar a Danilo Astori como referente económico; al que era el más aggiornado de toda la izquierda.

¿Qué fue lo que pasó entonces?

Punto uno: la izquierda ampliada se había corrido al centro, donde estaba el caudal electoral que definía la elección.

Punto dos: la estructura no era el colegiado pesado de mil y una organización de comités, coordinadoras, secretariados, mesas, y similares, sino era un movimiento liderado por una figura popular.

Las decisiones las tomaba Tabaré y todo el mundo boca abajo (sé que exagero, pero es a propósito para mostrar lo que fue ese proceso).

Así ganaron. Y también hay que ver por qué perdieron los otros, pero es otra historia.

En 2005 dejaron de existir el EP y la NM y todos quedaron dentro de la estructura frentista, con el cerco rígido de un plenario (autoridad máxima) en la que inciden los sectores de mayor militancia (“más a la izquierda”).

Lo que pasó después fue un achicamiento gradual, al que el FA no dio importancia.

En marzo de 2008 empezó a perder por izquierda (se fueron el Movimiento 26 de Marzo y la Corriente de Izquierda de Helios Sarthou) y luego no fueron grupos pero sí gente, que derivó en el Partido Ecologista Radical (PERI), o el Animalista, y fundamentalmente “desencantados” o “defraudados” hacia la oposición (blancos, colorados).

De a poco se volvió al colegiado sin líder fuerte que manda o muestra el camino.

***

En 1999, el Frente llegó a ser el partido más votado (39,1% del total de votantes) pero perdió en balotaje.

En 2004 ganó con 50,4% y luego repitió, pero con menos apoyo: 48% en 2009 y 47,8% en 2014.

En esa tercera victoria fue cuando quedó en riesgo y a la elección siguiente, la de 2019, “retrocedió a 1999”, como anunciaba con tiempo el politólogo Ignacio Zuasnabar con sus estudios de opinión pública.

El Frente tenía en “La Huella” a uno de los mejores intérpretes políticos de esos números, Agustín Canzani, y así se los exponía a la Mesa Política, al Secretariado, o en encuentros informales de máximos dirigentes.

Pero no lo querían escuchar.

Hay una hermosa ópera de Verdi (“Un ballo in maschera”, 1858) basada en el crimen de Gustavo III de Suecia, en la que el protagonista “Riccardo” (gobernador inglés de Boston) es advertido en dos ocasiones de que lo van a matar.

Primero lo hace la adivina Ulrica al “leerle” la mano. “Acaba tu vaticinio; dime, ¿quién será, pues, el asesino?”, pregunta el gobernador. “El primero que estreche hoy tu mano”, responde ella.

Riccardo desestima el anuncio y la adivina repite: “No cree en su destino / y morirá cubierto de heridas”.

Segundo lo hace su esposa, mediante una carta en la que avisa que en el “baile de las máscaras” alguien atentará contra su vida. El gobernador igual va al baile para que no crean que tenía miedo, y su amigo Renato lo apuñala.

Riccardo no quiso escuchar los pronósticos ni supo leer aquellas líneas de su esposa. Y perdió.

Hay que saber escuchar, leer y ver.

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