6 de julio 2012 - 19:56hs

La idea de Martín Daian era revertir una tendencia perversa, por la cual para ir al cine hay que entrar a un shopping. Se trataba de que la gente del Cerrito de la Victoria pudiera recobrar una experiencia peculiar: la de ir a un cine de verdad, que es solo un cine, al que todos fueran para ver esa película. Pretendía que la gente de la zona pudiera disfrutar de la pantalla grande, pero no como una metáfora, sino de verdad, con una pantalla curva de 12 metros de largo, para que el resultado fuera realmente distinto, especial. Quería devolverle al barrio una magia perdida hace décadas.

Daian no salió a buscar auspiciantes ni descuentos especiales. En 2008 compró el terreno en la calle Ingenieros en US$ 160 mil, pero el cine había cerrado en 1979 y aquello había sido depósito de mercaderías varias y había que hacerlo todo de nuevo. Entonces, gastó casi US$ 300 mil más, para tener “el mejor cine de Montevideo”, tal como él mismo admite sin falsa
modestia.

Y eso porque se fijó en los detalles, porque Daian sueña el sueño del cine propio desde que era niño y no solo colecciona proyectores sino que tuvo un cine en su casa, con proyección y sonido de primera y con unos sillones comodísimos para sentarse a disfrutar de un buen largometraje en 35 milímetros.

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Daian es un obsesivo del cine propio, de la sala perfecta. Es así que el Grand Prix, con capacidad para 742 espectadores, tiene 40 parlantes TVC, con 6.000 watts de potencia y equipos de amplificación que tienen 250 kilos de peso. Y también por eso los detalles están cuidados, desde las butacas hasta el uniforme del boletero.

Ese cine no será realidad porque no hubo forma de obtener las habilitaciones correspondientes, “a pesar de que tengo la voluntad y el dinero para hacerlo”, asegura.
Daian explica que Bomberos aceptó que las condiciones de seguridad del cine son satisfactorias, pero una de las exigencias es la contratación de un bombero en las horas de proyección y cuando quiso hacerlo se le dijo que no había personal disponible.

Según el emprendedor, estaba todo previsto para inaugurar hoy y cubrir una buena parte de las deudas adquiridas en el esfuerzo con las ganancias de las vacaciones de julio.

Ahora, con una convicción similar a la que tuvo para levantar el cine, dice que se lo venderá a quien lo quiera comprar, una iglesia o quien esté interesado. Si hubiera interés solo por el terreno, lo desmantelaría.

Incomprensible
Daian dice que no entiende cómo la voluntad de cumplir con todas las normas y el dinero necesario para hacerlo no sea suficiente para resolver los problemas. A él le parece claro que le están trancando las cosas; “poniéndome un palo en la rueda”, afirma.

Más allá de las puertas de emergencia, los extinguidores y demás protecciones contra incendios, la contratación del bombero cuesta $ 120 por hora, y debería estar 10 horas diarias, a lo cual el empresario dice que había accedido, pero le dijeron que no había bomberos para su cine y que sin bombero no había cine.

Daian dice que el cine en Uruguay no ha demostrado ser un gran negocio, ni siquiera para los que ponen 10 salas en el medio de un shopping. Las cifras que él maneja son de entre tres y cuatro millones de entradas por año y solo en Montevideo hay unas 70 pantallas. “Para dedicarte a esto tenés que estar apasionado por el cine”, dice.

Para la gente del barrio es una lástima grande. Muchos se habían hecho ilusiones de que volvería una alegría que creían perdida para siempre. Para hoy estaba anunciada la función inaugural, estaban reservadas Madagascar 3 y La era del hielo 4, películas ideales para las vacaciones de julio.

Daian tendrá que explicar, hoy a mediodía, a los cientos de personas que seguramente estarán ahí, que no pudo ser; que fue un sueño que casi se hace realidad; que a diferencia de Hollywood, en el mundo real a veces las cosas terminan mal. El Grand Prix tiene todo para recuperar su esplendor. Todo menos un bombero.

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