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El caos de lo racional

Mi única herramienta para entender el mundo es la razón. ¿Habrá más cosas, entre el cielo y la tierra, de las que abarca mi filosofía?

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04 de agosto de 2019 a las 05:00

Las cosas pasan por algo. Lo he escuchado mil veces: las cosas pasan por algo. Y cada vez que lo escucho siento que no es así. O que si es así es irrelevante, porque no podemos estar seguros de qué es ese “algo”.

Está claro que quien lo dice se refiere a algo muy particular y evidente. Como esa persona que estaba por abordar el tren que esa mañana del 11 de setiembre de 2001 la llevaría a su trabajo en el World Trade Center, en Nueva York, y de pronto le pareció ver a una amiga de la infancia que ella creía que se había muerto. La siguió hasta que entró a un tren en la dirección opuesta y cuando la vio dentro del vagón, se dio cuenta de que no era ella. Se bajó en la siguiente parada y abordó su tren. Y cuando subió a la calle sintió un ruido de motor en el cielo que le llamó la atención. Subió la vista y vio el primer avión estallando contra el edificio en el que trabajaba.

Esa persona dice “las cosas pasan por algo” y se refiere a que un poder superior acudió en su ayuda y evitó su muerte prematura, mediante una estratagema dramática. ¿Por qué lo haría? Tal vez porque antes de morir esa persona debía cumplir con una misión secreta, muy importante para el desarrollo del cosmos.

O tal vez no hubo intervención divina sino que simplemente se salvó, como muchos otros ese día y a diferencia de tantos otros. 

Siempre estuvo de moda decir: “las casualidades no existen”. Pero ¿por qué no habrían de existir, si existen tantas cosas? Suceden millones de millones de situaciones y combinaciones de situaciones a cada instante. ¿Cuál es la probabilidad de que usted sueñe que se muere alguien y al otro día descubra que esa persona en verdad se murió? Muy baja. Pero ¿cuál es la probabilidad de que cada tanto le pase a alguien, a alguna persona en el mundo? Créalo: es muy alta.

La gente sueña y la gente se muere. Que en algún momento esas líneas se crucen es muy probable. Que algunos de las miles de personas que trabajaban en los rascacielos derribados se haya demorado por algún acontecimiento inusual o que algún otro haya muerto entre las llamas porque salió a perseguir un fantasma y subió por primera vez a una de las torres, son cosas que pasan.

Y pasan porque pasan, no porque obedezcan a ningún plan secreto. No estaba escrito. No hubo causa y efecto. Si existe un dios me lo imagino como un creador pero no como un jugador que mueve todas y cada una de las piezas en el tablero infinito. Si así fuera, si cada grano de arena que arrastran las olas de todos los mares fuera una manifestación de la voluntad divina, su sentido sería aún más inescrutable que el mero azar.

Yo convivo con mi escepticismo desde que me conozco. A veces creo que estoy cumpliendo con mi destino de antagonista, de discutidor perenne de los hombres y mujeres de fe. “No creo en las brujas y no, no las hay”, vocifero. Me identifico con la crueldad de aquel caballero de la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman, que interrogaba a la mujer a la que habían condenado a la hoguera por bruja. Ella le decía: “Mírame fijo y verás al diablo” y él respondió: “Solo veo miedo”.

Sin embargo debo admitir que envidio a quienes tienen la certeza de que todo está en manos de una voluntad superior, que sabe lo que hace, y que algún día nosotros también conoceremos los secretos del cosmos, ese equilibrio que nuestros sentidos y nuestra mente son incapaces de percibir.

Dicen que la fe mueve montañas y yo creo que no es así, que solo los terremotos pueden obrar ese milagro. A pesar de eso he visto una y mil veces como la fe es no solo consuelo sino soporte y fuente de impulso para abrirse paso en este mundo impredecible. ¿Por qué no me iluminó a mí? Es un misterio.

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