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El capricho de no reconocer la derrota y un juego que no es de niños

La decisión de Daniel Martínez y de todo el Frente Amplio no estuvo a la altura de la democracia casi inmaculada que la propia colectividad se encargó de cuidar y de nutrir 

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30 de noviembre de 2019 a las 05:03

A veces hace muy bien jugar por un rato a uno de esos juegos de roles. Te permite ver, desde el punto de vista del otro, qué hubieras hecho, cómo hubieras reaccionado y hasta qué hubieras sentido. Hoy les propongo jugar en el rol del perdedor de estas elecciones, pero no desde la piel de Daniel Martínez, sino de Guido Manini Ríos. Síganme el juego unos segundos e intenten hacerlo con un mínimo de honestidad intelectual, lo cual implica de verdad mirar desde un lugar diferente al de tus propias creencias e ideología. Si los 28.666 votos que separaban esa noche a Lacalle Pou de su contrincante hubieran sido los 28.666 con los que hubiera ganado Martínez, y Manini Ríos hubiera sido el candidato que decidía esperar cuatro días para reconocer su triunfo, nuestra democracia tan querida, tan alabada en estos días (con muchísima razón) y tan cuidada en estos últimos 34 años, hubiera sufrido un golpe devastador. ¿Se hubiera mantenido todo un país tranquilo, como estuvieron los uruguayos durante esta casi semana en la que un presidente electo no fue reconocido por su contrincante con nulas chances reales de ganar? Cada uno tiene su respuesta. Yo creo que no.

La decisión de Martínez y de todo el Frente Amplio (sus correligionarios no salieron a criticarlo públicamente, aunque muchos dirigentes se mostraron asombrados el mismo lunes después de las elecciones) no estuvo bien y, sobre todo, no estuvo a la altura de la democracia casi inmaculada que el propio Frente Amplio se encargó de cuidar y nutrir desde el gobierno en los últimos 15 años. Si Lacalle hubiera decidido lo mismo, en caso de ser el perdedor, seguramente se hubiera cavado la fosa de su futuro político. El nuevo presidente es consciente de que a nivel de simpatía pública la ha corrido mucho de atrás y por eso eligió hablar con una tranquilidad cuidada el domingo a medianoche, sin referirse casi a su oponente ni al inédito hecho de que no reconociera su triunfo.

Como dijo Juan Grompone (también ingeniero y de izquierda) en La Tertulia de En Perspectiva, “un ingeniero está acostumbrado a estimar en base a datos imprecisos”. “Estamos acostumbrados a tomar decisiones sobre la base de datos imprecisos. Por eso me asombra la actitud de un ingeniero que frente a 32.000 votos observados y 28.000 de ventaja no reconozca que el triunfo es clarísimo”. Siguiendo este razonamiento, la decisión de Martínez no fue lógica sino emocional, y en las emociones olvidó el sentido profundo de democracia que en estos días vive una merecida primavera y que se puso en alerta cuando un par de militares (retirados y trasnochados) salieron a destiempo y sin lógica a hacer declaraciones inútiles y hasta agresivas.

Solo Martínez podrá saber qué pasó por su cabeza ese domingo de infarto en el que los números le daban una distancia tan corta que incluso, por unos minutos, le pueden haber generado esperanzas de triunfo. El candidato del Frente Amplio tuvo una dura campaña en la que, además de todo lo que sucede en las campañas (recorridas eternas, pocas horas de sueño, polémicas y enfrentamientos) se le sumó un apoyo tibio de parte de algunos de los dirigentes de su propio partido y una mirada culpabilizadora por los resultados de la primera vuelta. Si eso es o no justo sería motivo de otro análisis, pero por ahora tengamos en cuenta solo esto: Martínez fue el candidato de un FA desgastado por 15 años de gobierno, a pesar de lo cual logró números extraordinarios. Tal vez ese cansancio, esa bronca contenida que a veces se nos genera cuando sentimos que nos menosprecian, le jugaron una mala pasada que no dejó que su cabeza de ingeniero le ganara a su ego de político.

Esa noche de emociones extremas Martínez no pensó que su decisión (no reconocer la derrota) podría afectar el clima de democracia y tolerancia del que casi todos los uruguayos nos congratulamos y que el fin de semana se festejó en redes y en Whatsapp con un video viral, en el que militantes de la coalición y del FA ondeaban banderas en la rambla de Montevideo, todos juntos, al son del himno nacional. Si algún dirigente del FA lo pensó, eligió no decirlo públicamente. En todo caso, no parece que Martínez haya sido bien asesorado a la hora de tomar una decisión que al final no tuvo más consecuencias que un ánimo extraño y algunos enfrentamientos en redes, pero que en su origen no es lo que esperaríamos de esta democracia saludable.

En un país en el que casi la mitad de sus votantes eligieron de nuevo al FA, no queda bien, no es simpático ni políticamente correcto decir que no está para nada bueno que el candidato perdedor haya pasado cuatro días para reconocer al ganador. Se inventan mil excusas para arrojar sobre esa decisión un manto de inocencia. Y tal vez hubo inocencia, pero no nos engañemos, sobre todo hubo torpeza y escaso respeto por una tradición que no es caprichosa. Aceptar al ganador la misma noche en que gana demuestra no solo que el perdedor confía en las instituciones democráticas, sino que sobre todo confía en los propios uruguayos que esta vez votaron mayoritariamente por un cambio.

Tal vez en cinco años voten por otro cambio, y si es así, ¿habrá una nueva tradición? ¿Será esta vez algún blanco, colorado o cabildante el que decida no reconocer una derrota apretada? En la historia uruguaya hay muchos ejemplos de votaciones enervantes en las que incluso hubo diferencias de 1.526 votos. En 1926 esa fue la diferencia que hizo presidente a Juan Campisteguy; hubo denuncias de fraude (en un período tan cercano a las guerras civiles que era fácil que otra se encendiera) pero el perdedor fue claro: “Que se lleven todo, menos la paz de la República”, dijo Luis Alberto de Herrera.

Como siempre hay una parte buena de casi todo, la parte buena de esta semana dubitativa fue que testeó otra vez la voluntad democrática uruguaya que, de nuevo, pasó con nota el examen. Hubo trasnochados que hablaron de fraude, hubo revanchistas infantiles que expusieron su miseria con un “¡Habrán ganado pero festejar no los dejamos!” y hubo dinosaurios que salieron a hablar de que los militares esto o aquello, mientras que los militares y sus comandantes mantuvieron el silencio que les requiere su condición y respetaron el mando del actual presidente de la República. Todo esto sucedió porque una democracia no es una colección de seres perfectos que nunca meten la pata, que siempre disienten con educación o que nunca se exceden. Una democracia es un sistema político real, que se traduce en gobiernos reales que deben lidiar con personas y con problemas reales, derivados de la propia y débil condición humana.

Martínez finalmente decidió conceder y lo hizo por Twitter. Si había que elegir una manera de comunicarlo, tal vez no fue la mejor después de cuatro días de espera. Pero siempre hay tiempo para la redención y así fue que el excandidato del FA fue uno de los pocos perdedores de la historia uruguaya que visitó a un presidente electo para saludarlo por su triunfo.

Volvamos por unos instantes al juego de roles. ¿Qué hubiera pasado si Manini Ríos era el candidato perdedor de un balotaje y no reconocía la derrota ante Martínez? Hubiera sido tildado de fascista y otras linduras. Si un desequilibrado y casi desconocido militar retirado generó una oleada viral de miedo con una sarta de incoherentes amenazas, imagínate la que podría desatar un comandante en jefe devenido en líder de un partido que votó más del 10% de los uruguayos y que será senador. 

Algo queda claro luego de esta campaña y de este final de suspenso. Aprendamos de la historia y de sus mejores tradiciones, no sembremos dudas donde no las hay, respetemos al oponente incluso si su pensamiento está en las antípodas del propio, sigamos construyendo democracia. Ojo con jugar con fuego. A veces parece un juego de niños pero siempre, siempre, alguien termina quemado.

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