29 de abril de 2014 21:08 hs

La última película del documentalista uruguayo Ricardo Casas suena a reivindicación y a estandarte. El padre de Gardel, que se estrena este viernes en las salas Life Alfabeta y Torre de los Profesionales, además de ser una exploración sobre la prodigiosa vida del coronel Carlos Escayola, jefe político y gran personaje de Tacuarembó, padre del célebre cantor de tangos, es una reflexión visual y estética sobre el Uruguay del siglo XIX, ese territorio casi abandonado por el cine uruguayo.

Salvo mínimas excepciones (Artigas, la redota y la muy lejana Mataron a Venancio Flores, de 1982), el cine uruguayo rara vez mira a esa etapa fermental de la historia patria, en la que sucedieron tantos acontecimientos extraordinarios (muchos de ellos casi desconocidos), tan épicos y tan filmables.

“Parece que no se quiere ver esto”, reclama Casas en charla con El Observador. Y explica que además de la indiferencia temática del ambiente cinéfilo local, también hubo una traducción de este sentimiento en los concursos de fondos a los que se presentó.

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“No ganamos ningún concurso porque nuestra historia era del siglo XIX”, afirma Casas, quien estuvo una década para completar la película. “Fueron siete años de investigación y tres años de rodaje, edición y posproducción. Y en 10 años no he cobrado un centavo”, dice el creador, quien ya ha dirigido dos filmes anteriores sobre personajes del norte uruguayo: Eduardo Darnauchans y Mario Benedetti. “Son curiosas las vueltas de la vida”, resume.

El único apoyo económico lo recibió del Fondo Ibermedia para la posproducción, que se realizó en Porto Alegre a través del montajista brasileño Giba Assis Brasil.

“En el nuevo cine uruguayo que surge a partir de mediados de los años de 1990 es muy difícil de hacer historias del siglo XIX”, arguye Casas.

Fertilidad y siembra

El padre de Gardel no pretende argumentar o dar una explicación científica de la paternidad del cantante, sino describir las circunstancias y los personajes que ayudaron a que este naciera.
“Pero solo con testimonios no se hace un documental, se necesitan imágenes”, dice el director. Para ir a la raíz de la historia, se trasladó a la ciudad de Sabadell, en las afueras de Barcelona, de donde es oriunda la familia Escayola. La investigación no fue fácil: al principio, Casas se encontró siempre con un “no” como respuesta. Pero de a poco aparecieron documentos que obtuvo para intentar explicar la historia del padre de Gardel.

A comienzos del siglo XIX, Josep Escayola, abuelo de Carlos y bisabuelo de Gardel, tuvo 15 hijos de tres mujeres distintas. Dos de ellos, Juan y Pablo, huyeron del hambre, la falta de trabajo y la guerra en Europa y cruzaron el Atlántico hasta recalar en Montevideo. Era 1839 y el presidente Fructuoso Rivera pretendía establecer la capital en Durazno y allí se dirigieron los hermanos.
Juan se casó con una oriental y así nació Carlos. Pero murió muy joven y el niño debió criarse por las suyas. Hizo carrera militar, vinculado al Partido Blanco. Pero como su hermana se casó con el general brasileño Antonio de Souza Netto, se pasó al bando colorado de Venancio Flores, apoyado por los brasileños, tanto en el sitio de Paysandú como en la Guerra del Paraguay. En ambos hechos de armas estuvo Escayola.

Terminada la guerra, en 1866, se instala en Tacuarembó, donde tiene una relación amorosa con Juana Sghirla, una mujer argentina, esposa del cónsul italiano Oliva. Juana era 11 años mayor que Escayola y tenía tres hijas jóvenes. El coronel era, además, el jefe político de la ciudad.
Juana decide casar a Escayola con su hija mayor, Clara, quien muere al poco tiempo. Entonces la madre insiste y casa a su amante y yerno con su segunda hija, Blanca. Pero resulta que Escayola se enamoró de la tercera hija en cuestión, María Lelia, de tan solo 13 años y abandona la relación con su suegra.

Es 1886 y María Lelia queda embarazada, de manera furtiva, por parte de Escayola. Su esposa Blanca no soporta la situación y se suicida, tomando veneno la noche de fin de año. A esta altura, los Buendía de Cien años de soledad son solo una versión insípida de un drama familiar en un bárbaro siglo XIX.

Como su abuelo Josep, como el presidente Fructuoso Rivera y como tantos caudillos de su época, Carlos Escayola tuvo una prole oficial y decenas de hijos ilegítimos. “Se cree que fueron unos 50 sus hijos”, estima Casas.

Si ser un semental es una parte fundamental del ADN Escayola, la otra parte va por el lado de la música. Según Casas, Escayola tocaba la guitarra con la peonada, cantaba en el carnaval y era un gestor cultural muy importante.

En 1891, el coronel inauguró un teatro para traer conjuntos de ópera. Es el teatro Escayola de Tacuarembó. Le encargó la obra al arquitecto francés L’Olivier, quien había construido la primera represa hidroeléctrica de América del Sur en las minas de oro de Cuñapirú.
Escayola logró que los conjuntos de ópera que llegaban desde Río de Janeiro a Montevideo y Buenos Aires recalaran en Tacuarembó para actuar.

Tras esos franceses que descubrieron oro en Rivera llegaron bolicheros, bataclanas y prostitutas. Una de ellas fue Berta Gardes, a quien entregaron al pequeño Carlos, según sostiene la teoría “uruguayista” del nacimiento de Gardel. Gardes luego viajó a Toulouse, porque el oro descubierto se terminó pronto. El resto es historia más conocida.

El padre de Gardel ha recorrido varios festivales nacionales e internacionales y este viernes abre un fascinante libro de historia visual a quien tenga ojos para verlo.

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