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El debate social y el verdadero destrozo de la marcha anti G20

En torno a los desastres que se dieron quedan preguntas sin responder 

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15 de diciembre de 2018 a las 05:03

Los debates sociales –esos sobre los que leemos y pasamos hablando días enteros– normalmente tienen principio y fin. Con gran razón, el debate sobre los destrozos en la marcha “anti G20” en Montevideo, se centró en las “dos semanas en Valizas”. No es para menos. Incluso hasta el propio fiscal –con valentía– reconoció que hubo “un error de valoración en el momento en que facilitó que –el implicado– venga a Montevideo a firmar. Si la opinión pública entendió que se lo estaba autorizando a vacacionar, no fue esa la intención. El error de valoración era o haber solicitado a la defensa un cambio de domicilio o haber expresado que tenía que concurrir a Montevideo. La investigación fue muy buena, pero se empañó por este resultado que no estaba buscado”.

Para terminar de entender la real implicancia social de este tema creo que el debate debería ir más allá del punto judicial en cuestión. El punto central es que este tipo de discusiones, se disuelven antes de contestar preguntas claves que, al no encontrar respuestas, hacen que muchos de nuestros problemas terminen inconclusos desde una mirada social (más allá de que judicialmente se hayan resuelto). Y quizá aquí radique gran parte de nuestros desafíos como sociedad. 

Tras el fallo judicial, el jueves 13 de diciembre, Telemundo entrevistó a Federico Celsi, comerciante de Grupo Centro, quien no se centró únicamente en criticar el fallo del juez sino que se centra en dos preguntas simples pero que nos deberían interpelar a todos: “¿Quién va a pagar los vidrios rotos? ¿Quién va a pagar el arreglo de lo que han rayado?”.

Concretamente, Celsi señala: “El fallo es un siga, siga, siga la fiesta, no pasa nada. La verdad que es muy desmotivante. Yo quiero concentrarme en algo que es ¿quién va a pagar los vidrios rotos? ¿quién va a pagar todo el arreglo de lo que han rayado? Alguien tiene que hacerse cargo. Más allá de que el fallo es realmente absurdo como pena porque no hay ningún castigo. Encima económicamente… habiendo sido la policía testigo en todo momento de lo que estaba pasando y no se actuó de la manera que quizá cualquiera de nosotros pretendía, que se castigue en el momento a esa persona. ¿Quién va a pagar los vidrios? ¿El Estado? ¿O el juez podría haber determinado que esa persona se hiciera cargo de esa situación?”.

Concretamente, Celsi señala: “El fallo es un siga, siga, siga la fiesta, no pasa nada. La verdad que es muy desmotivante.

Desde una mirada judicial –imagino yo– dirán que no podemos hacer pagar a estas personas que estuvieron ante la Justicia, por el destrozo cometido por muchas personas más que participaron de los destrozos ese día. El punto es que no vemos a casi nadie preguntándose por qué sí es el trabajador quien debe pagar por esos destrozos. 
¿Por qué tiene que pagar los vidrios rotos ese trabajador que una mañana se levantó a trabajar y a media tarde, un puñado de encapuchados le destrozó su comercio porque no les gustaba una cumbre que se hacía en otro país? 
Basta con ver la cara de desilusión del comerciante entrevistado tras el fallo judicial, para darse cuenta del desánimo social que causan estos hechos. ¿Con qué ganas un trabajador se levanta la mañana siguiente, sabiendo que un grupo de desencantados por una cumbre le pueden romper nuevamente su comercio sin que a la policía se le mueva un pelo mientras los hechos se consuman? ¿O que incluso cuando la Justicia actúa de oficio juzgará a algunos de estos encapuchados, no sin antes dejarles dos semanas de flexibilidad para comenzar a cumplir su pena? 

Aquí, una idea concreta: ¿por qué no son estos mismos encapuchados –pero esta vez a cara descubierta– los que van a limpiar las paredes rayadas y ayudar a colocar los vidrios rotos en comercios y embajadas? ¿Acaso no sería esta una verdadera disculpa social y enseñanza para todos? 

En definitiva, todas estas segundas preguntas son las que no solo no encuentran respuestas comúnmente sino las que, peor aún, casi nunca nos preguntamos. Son las mismas que generan esa efervescencia social que solo notamos que existía cuando revienta. Cuando decidimos abrir esa botella que lucía como las otras, pero que estaba cargada de presión. El problema es que, cuando la abrimos, casi siempre ya es tarde. Hoy son solo preguntas y respuestas en búsqueda de sentido. 

Aquí, una idea concreta: ¿por qué no son estos mismos encapuchados –pero esta vez a cara descubierta– los que van a limpiar las paredes rayadas y ayudar a colocar los vidrios rotos en comercios y embajadas? ¿Acaso no sería esta una verdadera disculpa social y enseñanza para todos? 

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