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El drama de la pobreza extrema

Si bien es cierto que la indigencia en el mundo se ha reducido desde 1990, es inaceptable que aún continúe con valores altos, lo que muestra que todavía hay mucho para avanzar 

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15 de agosto de 2019 a las 05:01

Es mucho lo que se ha hablado y discutido acerca de la indigencia y del hambre en el mundo, como también de las condiciones infrahumanas en que vive una gran parte de la población. De acuerdo con el Banco Mundial (BM), una persona indigente es aquella que vive con menos de US$ 2 diarios y que, por lo tanto, no alcanza a cubrir sus necesidades mínimas de alimentación, vivienda, salud y educación.
Si bien desde 1990 la población sujeta a indigencia se ha reducido prácticamente a la mitad, lo cierto es que todavía es inaceptablemente alta y, en consecuencia, es mucho lo que resta por hacer para cumplir con el objetivo del BM de poner fin, a más tardar en 2030, a este drama social.

Algunas cifras: a nivel mundial, de un total de 7500 millones de habitantes, nada menos que 770 millones (10,3%) viven en la indigencia. El 50% (385 millones) de ellos se encuentra concentrado en el África subsahariana (con una tasa de indigencia del 35,2%) y un 30%, en el Asia meridional (con un 22,5%). Por su parte, el menor nivel se da en la Comunidad Europea (1,7%), mientras que en América Latina ese índice llega al 5,6%. A nivel país, los tres peores escenarios se dan en Madagascar (81,8%), Mozambique (68,7%) y Nigeria (53,5%).
Del total ya mencionado de 770 millones de personas, el 40% de la población infantil se halla desnutrida. Las enfermedades diezman a esta población; solo a modo de ejemplo: aproximadamente 100 millones sufren de malaria, mientras que no menos de 20 millones están contagiados de sida. Asimismo, más del 75% vive en condiciones sanitarias extremadamente deficientes, la mitad no tiene un adecuado acceso al agua potable y un 60% carece de energía eléctrica. Una amplia mayoría vive en zonas rurales, trabaja a nivel de subsistencia y más de la mitad son menores de 18 años con, en general, severos problemas de crecimiento físico y desarrollo cognitivo debido a las pésimas condiciones de alimentación. Con relación a la educación, se estima que no menos del 60% son analfabetos
Frente a esta dramática realidad, en el año 2000, las Naciones Unidas aprobaron a nivel mundial un programa consistente en establecer metas mensurables y con plazos temporales de cumplimiento para combatir la pobreza, el hambre, las enfermedades y el analfabetismo.

Este conjunto de objetivos constituye la esencia de la actual lucha mundial contra estos flagelos y, a la fecha, conforman el conocido programa Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Ciertamente, esta hoja de ruta se ha ido implementando gradualmente, lográndose determinados avances: la pobreza e indigencia mundiales se han ido reduciendo, al igual que la mortalidad infantil y el analfabetismo. Asimismo, ha aumentado la población con acceso al agua potable y a la electricidad. Sin embargo, y como lo atestiguan los datos mencionados anteriormente, es mucho lo que resta por hacer. Deberían aumentarse sustancialmente los fondos aportados por las naciones desarrolladas a la Agencia Internacional de Fomento (AIF), entidad del BM creada en 1960 para asistir financieramente a las naciones más pobres. A la fecha, la ayuda mundial es del orden de los 15 mil millones de dólares anuales, equivalentes solo al 0,2% del PIB mundial.

También sería conveniente que los fondos en cuestión se canalizaran mayormente a través de onegés que combatan la burocracia y la corrupción existentes en los países receptores de ayuda, flagelos que impiden que una buena parte de los recursos aportados llegue a destino. Asimismo, los programas de ayuda -más allá de la urgente atención de los severos problemas de alimentación y salud- debieran concentrarse también en mejorar la educación y tecnología, de manera que los países pobres no esperen todo de las dádivas externas y comiencen a aumentar su propia generación de bienes y servicios para satisfacer sus necesidades primarias. Caso contrario, más allá del problema humanitario existente, la crítica situación mundial de indigencia podría convertirse en un serio riesgo para la paz y la estabilidad mundiales. El actual problema de los migrantes es un buen ejemplo de ello.

Una reflexión final: se estima que, a nivel mundial, los gastos militares se aproximan a un monto de 1,5 billones de dólares anuales. 
Esa cifra equivale a un 2% del PIB global y es 100 veces superior a los fondos comprometidos con la AIF. Una reducción de solo el 5% de esos gastos liberaría US$ 75 mil millones para el programa ODM; vale decir, el quíntuple del presupuesto actual para la asistencia. 

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