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Carlos Fraschini, Guillermo Cabrera y Sergio Lamorte.

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El drama de los ahorristas: suicidios, escraches y un reclamo que sigue abierto 20 años después

Las historias de quienes perdieron su dinero en los bancos Montevideo y Comercial marcaron un hito de la crisis de 2002; algunos recuperaron lo que era suyo, otros perdieron todo, incluso la vida

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30 de julio de 2022 a las 05:01

Mario Duarte avisó.

A las 10.30 de la mañana llamó a una amiga y le dijo:

—No vamos a recuperar un peso. Yo no puedo comer de la basura. No tengo nada.  

Acababa de cobrar US$ 150 mil por haber sido despedido del molino en el que trabajaba y ahora se enteraba, en junio de 2002, de que el banco donde tenía la plata lo había estafado, que no había nada. 

A las 9.30 de la noche, en el balcón de su casa, se ahorcó. 

Los ahorristas del Banco Montevideo contaron 12 suicidios. Otro de ellos fue un hombre que avisó desde un teléfono público que no podía seguir viviendo y se mató. 
Y hubo otros casos. La mujer que apareció carbonizada en su apartamento, el revendedor de semillas que comerciaba con supermercados y murió de un infarto. El otro hombre al que también le dio un infarto en una reunión de ahorristas, y también murió. El hombre que no pudo pagar la operación de su nieto, y el otro hombre que no pudo pagar su propia operación. 

No hay un solo día en que Alejandro López no piense en toda esa época. No hay un día que termine sin que nombre a los Peirano Basso. 

Había vendido el hotel Arenas, en Punta del Este –hoy el Sunset Beach– y había puesto la plata en el Banco Montevideo. 

El viernes 21 de junio de 2002 se supo que había sido intervenido. El lunes siguiente, la sede de la calle Rincón tenía a una multitud agolpada pidiendo su plata. Los gerentes y los ejecutivos de cuentas no aparecían. Los ahorristas agarraban a patadas el mostrador, pedían a gritos que alguien les explicara, alguno se desmayó. Otros lloraban.  

La plata no iba a aparecer: US$ 16 mil dólares, US$ 50 mil, US$ 100 mil, US$ 300 mil, lo que hubiera en la cuenta. Veinte años después hay 346 ahorristas que todavía reclaman su plata. Nunca la recuperaron.

López se quedó sin nada. Vendió dos relojes para pagar la cuota del Elbio Fernández de su hijo mayor. Vendió su auto para pagar deudas. Su hijo chico empezó en la escuela pública. 

Se quería morir. Se acostó y por cinco meses no se levantó de la cama. Su esposa, que hasta entonces era ama de casa, se encargó de todo. 

Era un momento en que los negocios cerraban, las ollas populares se multiplicaban en los barrios y la pobreza y la indigencia llegaban a niveles históricos. Hubo quien, adolescente, hurgó en contenedores de basura buscando comida y ni siquiera encontró. Fue el momento en que Felipe Gilene (39) entró al anexo del Palacio Legislativo, preguntó por el diputado Ernesto Agazzi y seis horas después, encerrado en uno de los baños, se pegó un tiro con la escopeta de caño recortado que había entrado escondida en su portafolio. Porque debía US$ 45 mil y no tenía cómo pagarlos.

En ese contexto, los ahorristas de la crisis de 2002 que tenían sus depósitos en el Banco Comercial o en el Montevideo eran los que tenían plata guardada y todavía se quejaban, los que comían dulce y lloraban por los dientes picados. En la crisis, eran vistos tan culpables como los estafadores.

Pero era su plata.

Reclamo de ahorristas

Las maniobras 

La primera llama se prendió en Argentina. El corralito bancario en ese país hizo que los argentinos que tenían cuentas en Uruguay empezaran a sacar su dinero. En enero de 2002, el banquero Carlos Röhm, que tenía parte del Banco Comercial uruguayo, fue preso acusado de maniobras contables. La desconfianza se contagió a un nivel en que cerca del 40% del dinero que había en cuentas bancarias en Uruguay fue retirado por sus clientes. 

Los funcionarios bancarios que cerraban las cajas llamaban todas las tardes al tesoro y hacían la misma pregunta: ¿cuánto se nos fue hoy?

Los bancos, cuyo negocio se basa en última instancia en prestar la plata que depositan sus clientes, se quedaron sin efectivo. Llegó, entonces, el feriado bancario del 30 de julio que se extendió por cinco días. Y la pregunta que hacía especular a unos y otros, a ahorristas, a eurobonistas, y a los funcionarios bancarios era cuándo llegaban los aviones con plata del exterior. Pero se demoraban.

La estafa en el Banco Montevideo fue distinta de la ejecutada por los hermanos Röhm en el Comercial, cuentan los ahorristas. Afirman que los hermanos Peirano Basso seleccionaban determinadas cuentas de sus clientes para transferir el dinero a la entidad TCB en Caimán, con la que luego hacían sus negocios. Cuando los ahorristas querían ir a buscarla, la plata no estaba.

Las primeras reuniones de afectados por el Banco Montevideo se hicieron en el salón Frack, en la calle Agraciada. Sobre la tarima, varios abogados proponían opciones para intentar recuperar la plata, mientras cerca de 1.200 personas –cuyas cuentas sumaban en total US$ 97 millones– de un día para el otro se quedaron sin su dinero, discutían a los gritos. Una mujer levantó la voz todavía más.

—Señores, ¡esto no es un remate, es la vida de la gente! Hay que salir a la calle, hay que escrachar, hay que luchar. Pero no tenemos un mango, ¿qué vamos a pagar?

—¡Qué suba al escenario! —le pidieron.

María del Huerto Breccia y la mujer que tenía al lado subieron a la tarima y nunca más bajaron. Se convirtieron en voceras de los 1.200 ahorristas del Banco Montevideo, un número que con el tiempo se fue reduciendo: algunos porque recuperaron la plata, otros porque se fueron muriendo –ellas tenían menos de 50, eran de las más jóvenes– y otros porque se cansaron. 

Como la corrida bancaria había empezado en Argentina, Del Huerto y su compañera viajaron para reunirse con Nito Artaza, en ese momento vocero de los ahorristas afectados por el corralito en ese país. Y él les dio un consejo. 

—Chicas, ustedes tienen que salir a escrachar, se tienen que encadenar, tienen que ir contra todo y contra todos. 

Ellas acataron. 

Escrache en la casa de Jorge Peirano Facio, padre de los hermanos banqueros, en la calle Ponce. Escrache en la quinta de Colón, también de la familia Peirano. Escrache en la casa de Carrasco. Iban de a decenas. Quemaban las plantas con un encendedor, gritaban estafadores, ladrones, devuelvan la plata. Una vez, en la quinta del barrio Colón, el revendedor de semillas, que había confiado US$ 120 mil al banco, le dio una piña a un cuñado de uno de los hermanos Peirano que había salido a hablar. Otra de las ahorristas le pidió a la policía que estaba ahí que, por cinco minutos, mirara para otro lado: agarraron a golpes la camioneta Mitsubishi que estaba estacionada en la puerta y le rompieron vidrios, las cubiertas, la rayaron y le dejaron bollos. Nadie salía de la casa.

En Carrasco, uno de los ahorristas tiró un zapato para adentro del predio para dar contra la puerta. Tampoco lo pudo recuperar. 

En medio de las malas noticias, María del Huerto llamó a la casa de Jorge Peirano Facio. Atendió un mayordomo:

—Está descansando —le dijo.

—Qué suerte que tiene que descansa. Que venga al teléfono.

En esa conversación, corta pero intensa, Peirano Facio le dijo a la mujer que no se preocupara, que la plata la iban a tener. 

El 6 de agosto, Dante Peirano Basso, uno de los hermanos banqueros, se reunió con cinco ahorristas. Tenía puesta su campera de gamuza marrón con la que dos días después entró en la cárcel.

Dos de sus interlocutores eran Víctor “Chocho” Mucia, que también era funcionario del banco, y el ahorrista Álvaro Pérez, que según recuerdan 20 años después algunos de quienes estaban presentes, preguntó: 

—Dante, ¿qué va a pasar con esto?

—Quédense tranquilos, mi hermano (Juan) se fue a Estados Unidos a buscar el dinero. No vamos a dejar de cumplir. En unos días queda solucionado.

—Dante, ¡no seas hijo de puta! Fui a tu escritorio y te dejé 150 lucas arriba de la mesa y no me diste ni un solo depósito.

—Callate, Álvaro.

—¿Cómo hago ahora para recuperar eso?

—¡Te estoy diciendo que te calles! —insistió Dante.

Pérez sacó una sevillana y se le tiró arriba. Los otros tres ahorristas intentaron separarlos.

Otro de los damnificados fue el exministro de Relaciones Exteriores Héctor Gros Espiell, que era amigo de Jorge Peirano Facio y le había depositado US$ 300 mil en el banco. Fue a verlo a la casa.

—Jorge, ¿qué te llevó a ti a hacer esta estafa por segunda vez? Quiero una explicación, yo perdí todo.  

La conversación terminó con las palabras de Peirano Facio:

—¿Viniste solo o te hago llevar por mi chofer? 

Por segunda vez, Gros Espiell se refería a la maniobra que terminó con el cierre del banco Transatlántico y el Mercantil en las décadas de 1960 y 1970. Lo que pasó en esa reunión lo contó a los ahorristas con los que tenía más confianza. 

Banco Montevideo, durante la crisis de 2002.

Crisis con otro tinte

La situación del Banco Comercial fue distinta. Cuando se decretó el feriado bancario, Sergio Lamorte se vio sin el capital de giro que tenía para hacer funcionar su negocio, el Hotel Palladium. Fue a la sucursal del banco en el World Trade Center, que le quedaba a dos cuadras, y le planteó a la gerenta Raquel Portella que él no quería que el banco cerrara, que estaba dispuesto a que le reprogramaran el dinero. Estaba con Carlos Fraschini, el gerente del hotel.

La mujer mandó un mail a todas las sucursales del país: que había ahorristas organizándose para plantear una reprogramación de ahorros. Llevó 10 minutos que el teléfono empezara a sonar. Y no paró.

Hicieron la primera reunión el 12 de agosto al mediodía. Esperaban a 50 personas, llegaron mil. La sala de conferencias del hotel, el hall y la vereda estaban repletas de personas buscando la manera de recuperar su dinero. 

Entre ellos, siempre estaba Alicia Volpe, que era la primera en llegar. Se ponía adelante del todo, al lado de la mesa con galletitas y la jarra de café. La vaciaba. Los organizadores le servían más.

Tenía 72 años pero aparentaba otros tantos: era flaquita y estaba algo encorvada. Siempre llegaba sola. 

Había puesto $ 300 mil y vivía con los intereses que eso le generaba. Después del feriado bancario, no tuvo de dónde sacar. A veces iba al despacho de Guillermo Cabrera, que trabajaba como director en el Ministerio de Vivienda, y él le daba plata. Otros ahorristas a veces le hacían un surtido. Su hermana, cada tanto, la ayudaba. 

No tenía hijos, se había divorciado de un diplomático, y vivía en un penthouse que no era suyo, en Libertad y Cavia. 

Cinco años después se incendió su apartamento y los bomberos la encontraron carbonizada en el baño. Sobre una mesa había quedado una factura a nombre de su hermana para pagar. No llegó a recuperar su dinero. 

Carta de Atchugarry y el empujón

Guillermo Cabrera no encuadró su título de arquitecto. Sí encuadró, por ejemplo, la carta del ministro Alejandro Atchugarry que recibió en su casa. 

Cabrera, que había ahorrado menos de US$ 100 mil en el Banco Comercial como respaldo para su jubilación, se enojó tanto cuando escuchó al ministro decir que los ahorristas afectados eran “un grupo insignificante”, que se puso al hombro una recolección de firmas para mostrar cuántos eran: llegó a 1.872. Con la certificación de un escribano, se las llevó al Ministerio de Economía.

A la noche, recibió la nota: “Aunque no era necesaria un acta notarial, agradecemos la información que nos han hecho llegar, y no tengan dudas que la situación de los ahorristas es una de nuestras principales preocupaciones”. 

La carta de Atchugarry a Guillermo Cabrera

Veinte años después, miran con extrañeza cómo el sistema político se atribuyó la  salida de la crisis, sin lugar para los ahorristas, que empujaron con la idea de que les reprogramaran sus ahorros y aceptaron una capitalización para que los bancos siguieran abiertos. 

Como testigo de ese empuje también quedó encuadrada una carta. Fue lo que escribieron los ahorristas, en conjunto, el domingo anterior a que abriera el Nuevo Banco Comercial, que se refundaba con los activos del Montevideo. Hablaban de Mañana lunes, y sobre el sacrificio más caro del capital, del tiempo, de la confianza y de la esperanza que implicaba el nuevo comienzo.

El reclamo sigue vivo

Aunque la mayoría de los ahorristas recuperaron su dinero, hubo otros que perdieron todo: los eurobonistas y los 346 cuyos fondos fueron desviados del Banco Montevideo al TCB –según entienden, sin su consentimiento–. Para el Estado, el consentimiento lo habían dado al no reclamar cuando venían modificaciones en sus estados de cuenta.

Aunque muchos creen que ellas se enriquecieron a costa de los ahorristas –y ellas se ríen de eso– María del Huerto y su compañera en la batalla de los 346 ahorristas empezaron un juicio en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, un trámite que empezó en 2003 y que en dos años deberá tener una resolución.

El reclamo también sigue vivo en redes sociales. Hay dos cuentas, una en Facebook y otra en Instagram,  donde se publican escraches contra la familia Peirano: si van a casamientos lo publican, si acceden a fotos de reuniones familiares lo publican, salidas al aire libre de la familia, las publican. 

Alejandro López, que de su hotel Arenas pasó a vivir con depresión y ahora vende celulares, nunca se curó del todo: “Me quedé sin nada. Destruido. Destruido, destruido. Me robaron todo lo que tenía. Los Peirano me arruinaron la vida. Cuando veo cómo ellos siguen viviendo y lo poco que hizo el Estado para poder recuperar todo lo que ellos nos sacaron, me genera mucha indignación. Hasta el día de hoy sigo sufriendo”.

 

*El nombre de Mario Duarte es ficticio a pedido de las fuentes consultadas.

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