18 de julio 2015 - 5:00hs
Fueron tiempos entreverados y complejos los que se vivieron entre el desembarco de los Treinta y Tres Orientales, en abril de 1825, hasta la jura de la primera Constitución de la República, un día como hoy de julio de 1830, hace 185 años. Y también lo fueron hasta la reñida y fraternalmente quebrada elección presidencial de octubre de ese mismo año, en que se eligiera a Fructuoso Rivera como primer mandatario.

Este quinquenio fundamental en la formación jurídica del país queda en general muy acotado a un período de sombras, tanto a nivel escolar, donde básicamente se recuerdan las fechas pero su sentido cronológico se pierde en la mente de los niños, como a nivel liceal, ya que solo quienes eligen algunas carreras y opciones reciben clases de historia nacional. Por lo tanto, esa información determinante de la historia de Uruguay depende solamente de algún profesor con criterio que se anime a navegar las aguas revueltas del período en cuestión.

Vayamos a lo básico. A grandes rasgos, se puede desbrozar esos cinco años ordenándolos por su carácter bélico. En 1825, los orientales inician una revolución contra los brasileños que dominaban este territorio entonces denominado Provincia Cisplatina. En agosto de 1825, los orientales declaran su independencia de todo poder extranjero y declaran su voluntad de unirse a las Provincias Unidas del Río de la Plata, valga la redundancia. En 1826 se suma a esa guerra tropas de las Provincias Unidas y se entroncan con las fuerzas orientales en lo que se denominó "ejército republicano", que peleó y venció en batallas como Ituzaingó, en actual territorio de Río Grande do Sul. De allí surge el nombre de tantas calles en diversas ciudades del país.
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En el medio, Juan Antonio Lavalleja toma el poder bajo una dictadura, durante un año y poco, y luego por conflictos de Lavalleja con el poder de Buenos Aires, el "argentino" José Rondeau se hace cargo del llamado Estado Oriental. Y todo esto en un territorio partido, con Montevideo aún en poder de los brasileños.

La guerra continuó hasta 1828, en que el Imperio del Brasil, desangrado por una guerra civil que no puede controlar ni en tierra ni en el mar y que amenaza con fundirlo, acepta las condiciones para una conferencia de paz con las Provincias Unidas, bajo la tutela de la mirada inglesa y con la mediación de su enviado en misión especial, Lord Ponsomby. Los orientales vieron cómo en un arco inalcanzable que iba desde Buenos Aires a Río de Janeiro se decidía el destino de una nación que había luchado por décadas por obtener la libertad.

Uno de los artículos de la Convención Preliminar de Paz establecía que los orientales debían redactar una Constitución para regirse tanto a nivel interno como en relación con sus vecinos. Esta Constitución debía ser, antes de proclamada, consultada por los firmantes para verificar que no tuviera artículos que lesionaran sus intereses.

Así comenzaron a reunirse, a fines de 1828, una serie de doctores y juristas con el fin de redactar la carta magna. Entre ellos, se destacaron José Longinos Ellauri (padre de José Eugenio Ellauri, quien sería presidente), Jaime Zudáñez, Juan Benito Blanco, Francisco Solano Antuña, Miguel Barreiro, Alejandro Chucarro, Ramón Masini y Francisco Llambí, entre otros. Basta repasar un poco el nomenclátor de Pocitos para nombrarlos.

La Constitución quedó pronta en setiembre de 1829, pero se juró casi un año después. Según las crónicas fue un día frío pero de sol aquel 18 de julio de 1830. Declaró un Estado católico y aunque lo proclamara, no todos los ciudadanos tenían los mismos derechos, así como el voto y los cargos electivos eran solo para algunos. Había designaciones directas del presidente en los entonces nueve departamentos para los jefes políticos. Todo esto cambió recién en la reforma de 1918, lo que hizo de la Constitución de 1830 la que más ha perdurado hasta ahora en la historia nacional. Dentro de los artículos de aquella vieja Constitución de 1830 que se mantiene se destaca el hogar como "sagrado inviolable", un lugar que se debe proteger y salvaguardar como refugio.
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